(..)

"Era lógico entonces que, no ya el anticlericalismo, sino el propio laicismo fuera presentado como la encarnación de todos los males. Para El Debate, el laicismo "en el orden religioso es ateísmo; en el filosófico, el positivismo radical; en el ético, la moral independiente; en el político, la República democrática; en lo social, el comunismo (24). La conclusión caepor su peso: cuando no se respeta, a causa de posturas meramente laicas, las alturas del sistema, todos sus elementos peligran al quedar desposeídos de la protección religiosa. O, en palabras de dos futuros diputados cedistas y miembros de las Constituyentes, uno de ellos sacerdote, "es evidente que cuando no se respeta la religión en un Estado, no se han de guardar mayores consideraciones ni a la propiedad, ni a la familia, ni a los derechos de ésta en la enseñanza, ni a ninguna de las instituciones en cualquier orden que integran la vida de la nación" (25)."

"La utilización de la religión por parte del bloque de clases dominantes se remonta, cuando menos, al siglo XIX. Y, bajo una forma u otra, con una u otra gradación, la alianza de la Iglersia y de los diversos sectores de la burquesía supone otra de las constantes de nuestro reciente pasado. Pero no pudo por menos que afianzarse al compás de la dialéctica republicana (..)."

"(..) la religión desarrolló sus contenidos ideológicos hasta abarcar todos y cada uno de los aspectos del sistema social, político y económico. Nada se hallaba vedado a su influencia. Era el mejor freno a las pasiones supuestamente "revolucionarias"; convertía en derecho natural a la propiedad privada, sacralizándola en cuanto instituída por Dios; predicaba la caridad en las relaciones socio-económicas, resignación al oprimido y "justicia social" a su antagonista; exigía un Estado regido por los principios cristianos, con el poder procedente de Dios y con la finalidad de procurar, junto con la Iglesia, la salvación de las almas, y un largo etcétera similar. Endefinitiva, la concepción ideológica dominante de la religión, en la España que iniciaba su nueva singladura en 1.931, la colocaba a modo de arquitrabe de toda la sociedad (..)."

" Por eso, cuando la CEDA decidió aceptar la República, en 1.934 y tras una campaña electoral de alianza con los grupos monárquicos, la ambigüedad derivada de su silencio fue sustituida por otros sonidos mucho más sustanciales. Concretándolos, la CEDA no solo no había no había votado la Constitución, sino que se había comprometido para abolirla; sus representantes parlamentarios obstruyeron el programa de la coalición republicano-socialista, prometiendo anular sus resultados, al tiempo de asegurar la pronta desaparición de los partidos y sindicatos obreros, ofrecieron la amnistía total para los sublevados monárquicos del 10 de agosto. El vaso del recelo terminó por desbordarse cuando Gil-Robles expresó su concepción de la democracia: o era el instrumento para conseguir un nuevo tipo de Estado, por lo que el Parlamento se sometería a sus designios, o simple y llanamente terminaría por desaparecer."

"De ahí que, como fórmula propia, se terminara esgrimiendo la de un Estado autoritario de corporativismo social. Lo cual significaba que, en el orden económico, desaparecerían las luchas de clases mediante el sometimiento de una de ellas a los objetivos de paz y disciplina impuestos por la otra; en el social, los sindicatos obreros se integrarían de modo obligatorio en las Corporaciones, instrumentos éstos colocados al servivio de un "bien común" que se definía tan deletérea como unilateralmente, y en el orden público, cúspide de todo el sistema de dominación antidemocrática, se implantarían las rígidas pautas de un poder autoritario."

"(..) La CEDA pretendió entonces compaginar la labor contrarrevolucionaria que estaba realizando en la represón asturiana y el desmantelamiento de las organizaciones obreras con una labor social inspirada por su reformismo. El resultado no sorprendió a quienes conocían la verdadera naturaleza del partido: las reformas agrarias previstas por Giménez Fernández fueron literalmente desbaratadas en las Cortes por sus propios compañeros del partido, bloqueadas fuera por las entidades patronales en las que los cedistas ocupaban puestos directivos y consentido todo ello por el muy significativ silencio y pasividad de Gil-Robles."

"(..) Su punto de arranque se localizó en las excelentes relaciones que, al parecer, mantuvieron Ángel Herrera Oria, director de El Debate, presidente de la Asociación Católica Nacional de Propagandístas (ACNP) y fundador de Acción Popular, con el Nuncio Tedeschini, que a su vez, representaba al sector mayoritario de la jerarquía española. El "Archivo Vidal i Barraquer" (32) aporta numerosas pruebas de unas actividades complementarias entre ambos para la consecución de un fin común: desde la bendición que los obispos españoles concedieron a Acción Popular hasta la movilización de la opinión pública católica en la campaña del revisionismo constitucional, pasando desde luego por el "plan de actuación parlamentaria" que Vidal i Barraquer dirigió en Madrid, junto con una Comisión de Metropolitanos y teniendo a los diputados católicos por ejecutores, durante el periodo constituyente."

(24) "Lo del día: Laicismo y comunismo", en El Debate, 19-XI-1.931.

(25) "Manifiesto que a sus electores dirigen los diputados de la provincia de Toledo, Dimas de Madariaga y Ramón Molina Nieto", en El Debate, 23-X-1.931.

(32) Cfr.Archivo de Vidal i Barraquer. Iglesia y Estado durante la II República Española, 1.931-36. Publicaciones de la Abadía de Montserrat, Barcelona, 1971, edición a cargo de V.M. Arbeloa y M. Batllori

(..)