"Monarquía, Estado e Iglesía, una entente blasfema"
Julián Zubieta Martínez
Rojo y Negro 6 de Enero de 2010
Los vicios de la triple entente, también se instalaron en el espacio geopolítico asignado a la frontera hispánica, cuyo resultado más reciente nos condujo al desastre del siglo XX en territorio español. Además, con una repercusión ineludible en la actualidad.
La instauración de la República redujo considerablemente la actuación de los poderes mencionados, incluso con la desaparición de alguno -nos habían tocado en suerte los borbones-. Por ello, la sublevación de los descontentos activó la guerra civil. El resultado, la dictadura franquista. Con el franquismo, la Iglesia tenía la posibilidad de intervenir de nuevo, de reprimir, sin que resultase contradictorio su comportamiento con el autoritarismo totalitario del régimen impuesto bajo el fuego bélico. El comportamiento eclesiástico contradecía brutalmente cualquier voluntad formalmente democrática dentro de las fronteras estatales. El mecanismo era sencillo -lo llevan haciendo durante siglos- : todo el aparato del poder (justicia, ejército, economía) adoptó una función conservadora y reaccionaria y, así, ponía automáticamente sus instrumentos al servicio de una Iglesia mancillada. Un ejemplo más del poder de adaptación o de permanencia, mejor dicho, de estos poderes.
En la actualidad, esta tremenda capacidad de transformación camaleónica que tienen estos tres verdugos de la sociedad, hacen un nuevo juego de prestidigitación círquense : la Iglesia se ha conjuntado con la Monarquía -no olvidemos que el rey juro las bases del movimiento franquista- y el parlamentarismo democrático acepta, de buena gana, el envite. Existe un doble o triple nexo en estas relaciones : por un lado, la Iglesia acepta la monarquía hereditaria del franquismo, concediéndole su consenso y apoyo, sin los que, hasta hoy, la monarquía -antes de origen divino- no habría podido subsistir ; aunque para ello la iglesia ha tenido que admitir y aprobar -con mucho recelo y demostrando públicamente su desacuerdo, sobre todo, en los temas referidos al divorcio, al aborto, la orientación sexual...- la exigencia liberal y la formalidad democrática travestida de legalidad constitucional. Elementos que sólo ha admitido, y digo sólo, a condición de obtener del poder la tácita autorización de una educación concertada y un predominio religioso prioritario en la sociedad. A lo que, como M. Vicent indica : "la democracia y sus representantes han accedido de muy buen grado".
El juego es sibilino y sutil, los actores desarrollan en la tarima del escenario su papel con una excelsitud admirable. El Estado aporta los medios económicos, mediante concordatos con la Iglesia y con la partida presupuestaria a favor de la corona. El pacto de la entente se reafirma, mediante la ocultación, por parte de la Iglesia, del sentido antidemocrático de un Estado elitista. Aquélla ejecuta su papel histórico e histriónico con brillantez, su sentido inquisitorial invade cualquier progreso social, tapando la actuación entre bambalinas de un estado que confía su neoliberalismo capitalista, en las instituciones instaladas en la corrupción sistemática, concediendo el papel de marioneta de cartón a la corona, favoreciéndola, a su vez, con la instalación de los privilegios reaccionarios.
Por fin, la alianza faústica prevalece entre Iglesia, Estado y Monarquía, un conjunto que en ningún momento es contrario a la reacción. El fondo de sus expectativas se fragua en el pragmatismo del poder, la triple entente agradece, maquiavélicamente, la justificación de que le fin puede justificar los medios. En este caso, guerras, tiranías, hambrunas, esclavitud, expropiaciones y demás actos injuriosos y blasfemos, son cometidos por los representantes de Dios, de la razón y de la pureza real, en contra de sociedad. Su engaño nos invita a participar en sus actos de reafirmación, saben de sobra que la participación de la sociedad en las grandes decisiones políticas es requerida por su pragmatismo. Necesitan una cultura de aglomeración, un consumo globalizado y unas creencias uniformes, para triunfar.
La blasfemia de la entente reclama el orden desde el desorden. Un orden de Estado con la fuerza en manos de los poderosos para controlar, como siempre por medio de la legitimación de sus leyes si hace falta, a los que no se incluyen en su juego, sacándolos de encima con alejamientos, encarcelaciones o ejecuciones.
El fin de estos poderes es siempre la reorganización camaleónica y la homologación totalitaria del mundo. Eso sí, siempre, bajo su entente blasfema







Esa entente tan nefasta desde siempre....:-(
Un abrazo.
Amiga, mía,
Te agradezco la visita y me alegra el verte de nuevo.
Siempre hubo una minoría de espabilados que, amparándose en la fuerza o en lo sagrado, han parasitado sobre la mayoría.
Un cariñosos beso.