Pero, tras esta momentánea excursión por el intangible campo de lo espiritual -y, paradógicamente, las consecuencias que su olvido y transgresión puede tener sobre la vil y más real materia- regresemos a los orígenes, a lo terreno y aquello que concierne a una información objetiva e independiente y no a la desinformación, a la manipulación o la propaganda por poderosos que sean los intereses que lo intenten, y para ello viajaremos en el tiempo, a una de las décadas del pasado siglo más controvertidas de la sociedad norteamericana y de su Gobierno; una particular sociedad que es capaz, al mismo tiempo, de ofrecernos magníficos ejemplos teóricos de democracia, de respeto a las libertades individuales y a los derechos de sus ciudadanos y, por contra, fruto de su idiosincrasia y de la génesis de la misma, un patrioterismo pueblerino, un puritanismo que roza el esperpento, un entramado militar-industrial con poderosísimos intereses y poder, y una concepcción capitalista que hizo decir a uno de sus presidentes que "El mayor negocio de EE.UU. son sus negocios", mostrarnos, en la praxis, todo lo que un Estado de Derecho nunca debe hacer.
Entre lo envidiable se encuentra el espíritu democrático de la Primera Enmienda a la Constitución de EE.UU. "El Congreso no aprobará ninguna ley (...) que coharte la libertad de expresión o de prensa" (1.791). La ley inglesa que prescribía como " libelo sedicioso" toda critica que se publicara contra su gobierno aunque fuera veraz y acertada y que pudiera causar agitación en el pueblo, fue puesta en entredicho cuando un jurado colonial dictaminó que John Peter Zenger (en 1.735) no podía ser acusado de sedición porque las críticas de su periódico contra el gobierno británico eran ciertas. La Revolución Americana tuvo su orígen, en parte, por la Ley del Timbre de 1.765 que pretendía recabar impuestos para poner fuera de circulación los periódicos independentistas -algo que se repetiría un siglo más tarde en la Metrópoli para intentar poner contra las cuerdas a los periódicos que abogaban por los derechos de los trabajadores-, cuando, precisamente, este era el único medio para transmitir noticias, difundir consignas y aunar voluntades. Tras un duro debate político a través de los periódicos fue sancionada la Primera Enmienda en una época en la que estos medios se distinguían por su sectarismo partidista y estaba llena de ataques personales, lo que demuestra aún más, el espíritu democrático que guiaba a los legisladores al tomar esta decisión. "El que no está con nosotros está en contra nuestra" -¿ os recuerdan estas palabras algo dicho por cierto político norteamericano no hace mucho? Por cierto, no será esta la única vez a lo largo de la serie en la que nos encontremos con situaciones del pasado perfectamente asimilables en la actualidad-, manifestaba la Gazette of the United States que era partidaria de George Washington en su misión de oponerse a la "furiosa locura" de los que criticaban las políticas de la administración, entre ellos, "políticos" como Thomas Jefferson.
Entre lo detestable, el ambiente de histeria colectiva que vivió la sociedad norteamericana pocos años después de finalizada la Segunda Guerra Mundial. Una histeria general cimentada en el miedo y que fue aprovechado por los agentes políticos más reaccionarios e intransigentes de la misma para, en aras de la supuesta "sacrosanta" Seguridad Nacional, convertir al país en un inmenso cenagal de vergonzosas delaciones, crueles "purgas" políticas y profesionales, injustificadas acusaciones sin pruebas, ilegales redes de investigación de actividades personales, antidemocrática conculcación de los derechos civiles, etc., y una neurosis sistemática fruto de la inseguridad que subyace en el inconsciente de la población norteamericana y que destruyó familias enteras, que llevó al paro y a la ruina moral y económica a decenas de miles de norteamericanos y que puso ante la picota de la opinión pública la lealtad hacia la nación y la democracia a personajes tan significados como, entre otros, A. Einstein, B. Brecht, R. Oppenheimer o Ch. Chaplin.
Si bien el periodo más virulento de esta locura hay que situarlo tras la victoria del Partido Republicano en las elecciones para la Presidencia y el Congreso de 1.952 que llevó a la Casa Blanca al general D. Eisenhower y a la Secretaría de Estado a John Foster Dulles -accionista de la American Fruit Company y hermano de Allen Dulles director de la CIA que derrocó a Mossadegh y a Jacobo Arbenz, -circunstancia y hechos que merecerían cada uno de ellos la dedicación por mi parte de una serie de posts-, lo que catapultó al Senador republicano por Wisconsin Joseph McCarthy a dirigir el todopoderoso Comité de Actividades Antiamericanas y le permitió realizar una campaña de persecución y acoso sobre personas e instituciones de la Administración declaradas antinorteamericanas por ser "comunistas" aunque tan solo se tratasen de liberales demócratas o simplemente progresistas, por medio de juicios, pruebas y testimonios muchas veces falseados u obtenidos mediante coacción que acabaron con la carrera profesional de no pocos ciudadanos americanos, la situación ya venía existiendo desde años antes en lo que se llamó "la Caza de Brujas" sobre intelectuales y profesionales del cine y del teatro acusados de "conspiración comunista".







estupendo post.
un abrazo
Buenas noches, amigo Pepe,
Gracias por tu comentario, confío en que los siguientes posts de la serie también colmen tus espectativas.
Un abrazo.