José L. Barbería

Galíndez.
Doble espionaje
Según el escritor y periodista Gregorio Morán, el propio Ajuriaguerra contó a sus colaboradores más próximos que los militantes comunistas en una gran factoría bilbaína habían sido detenidos porque los norteamericanos habían pasado a la policía española los datos de un informe hecho por los nacionalistas. 'El PNV estaba siendo utilizado no para la liberación de Euskadi, sino para la política exterior de Estados Unidos'. El historiador Ludger Mees opina también que si Ajuriaguerra abandonó temporalmente el PNV en 1953 -un hecho silenciado y todavía poco conocido- fue precisamente por la 'falta de control' real sobre las actuaciones de los servicios vascos en Latinoamérica. 'O acabamos con esto o me voy', le emplazó al lehendakari Aguirre. 'Durante la Guerra Mundial, el nacionalismo (el PNV estudió la posibilidad de enviar una Brigada a luchar junto a los Aliados) y el conjunto de las fuerzas antifranquistas pensaron que la derrota nazi traería consigo la caída del franquismo', explica el historiador. 'Fue un momento de euforia en el que el PNV creyó que los americanos podían contribuir decisivamente a conseguir la independencia de Euskadi. El propio presidente José Antonio Aguirre puso en marcha la colaboración con el Departamento de Estado norteamericano', indica. 'La red nacionalista en Europa y Latinoamérica era muy activa y tuvo muchos éxitos en la lucha contra los alemanes, mucho más que contra el comunismo, desde luego, porque aunque se desconocen los informes que suministraba la red vasca hay evidencias de que los servicios secretos se quejaron de la escasa eficacia de la red vasca en Latinoamérica. De hecho', añade, 'en agosto del 46 los norteamericanos les redujeron el dinero a la mitad, y al ver que EE UU perdía interés en ellos, Antón Irala y el consejero del Gobierno vasco en el exilio José María Lasarte propusieron sustituir a los agentes nacionalistas por otros de la misma red vasca, pero con mayor penetración en los ambientes comunistas. Llegaron, incluso, a ofrecerse a trabajar gratis para los americanos'. Ludger Mees sostiene que existe base documental suficiente como para afirmar que la red vasca de espionaje exterior estuvo activa, al menos en Argentina, hasta 1973.
A su juicio, el dinero, muy importante al principio para mantener la organización en el exilio, fue perdiendo importancia en la medida en que la contribución de los colectivos vascos empezaba a cubrir las necesidades básicas. Mucho tiempo después, sin embargo, Juan Ajuriaguerra todavía organizaba algunas trifulcas internas a cuenta de la falta de transparencia de los dineros del partido. En su libro, Ulasewiez indica que, aunque Galíndez residía a unos pasos de la elegante Quinta Avenida, en realidad vivía de una manera casi ascética, y que sus ingresos anuales no superaban los 3.600 dólares, datos que no respaldan la imagen de bon vivant que tenía en algunos círculos.
Pero el detective Ulasewiez escribe también que los informes financieros que Galíndez entregaba anualmente al Departamento de Justicia de Washington acreditaban que entre 1950 y el año de su muerte, 1956, había recibido y distribuido más de un millón de dólares. 'Nadie había sospechado nada puesto que en su ficha como agente del Gobierno vasco en el exilio figuraba entre sus actividades el recibo y la distribución de contribuciones económicas a la causa vasca' (...) 'No obstante, después de su desaparición, el interés de la CIA por Galíndez empezó a suscitar sospechas de que éste era en realidad un pagador de agentes de la CIA camuflados dentro de la resistencia vasca, que operaban en secreto en Europa, Suramérica y Centroamérica. Seguí la pista de la distribución de parte del dinero que Galíndez recogía, y descubrí que mantenía dos cuentas bancarias en Ginebra (Suiza). El banco tenía instrucciones de transferir el dinero a varias cuentas'.
Eso explica, quizá, que un agente de la CIA penetrara en el piso de Galíndez, antes de que se hubiera informado de su desaparición, y vaciara el maletín marrón que llevaba casi siempre consigo. Eso puede explicar también el meticuloso registro y la incautación de archivos practicados posteriormente en la delegación del Gobierno vasco en Nueva York.
Pese a sus intensas actividades académicas -era profesor de la Universidad de Columbia-, políticas y sociales, Galíndez no abandonó nunca sus ataques al régimen de Trujillo. En los meses previos a su asesinato, era casi de dominio público que Galíndez preparaba una tesis demoledora de 700 páginas sobre el carácter criminal del régimen trujillista, tesis publicada tres meses después del asesinato. Buen conocedor de la idiosincrasia de Leónidas Trujillo, el escritor dominicano Bernardo Vega cree que en el ánimo de venganza del dictador debieron de pesar más los artículos en los que Galíndez exponía que Ramfis Trujillo era un hijo adulterino. Es posible. En todo caso, Trujillo trató de hacerse con el libro ofreciendo 100.000 dólares y agentes del FBI aconsejaron a Galíndez que desistiera. El mensaje fue todavía más explícito: 'Si sigues adelante, no podremos protegerte, tendremos que prescindir de tus servicios'. La nueva política norteamericana pasaba por la colaboración y el sostenimiento de las dictaduras anticomunistas y el dictador dominicano gozaba de la protección de los servicios secretos norteamericanos en sus viajes por el extranjero







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