A veces se dan casualidades sumamente curiosas y hoy se ha producido una de ellas. Llevo unos días tratando el tema de la desaparición y asesinato de Galíndez a manos del régimen de Trujillo y, mira por donde, esta misma tarde he tenido la oportunidad de visionar una película que si no trata directamente el caso, sí tiene que ver con Trujillo y uno de los capítulos más sórdidos de su mandato, el asesinato de las hermanas Mirabal, y que representó, dada la trascendencia internacional que tuvo, la pérdida de la protección del Departamento de Estado norteamericano y consecuentemente el inicio de su declive político que concluiría con su asesinato.
La película no deja de ser eso, una película, y en algunos de sus detalles tal vez resulte demasiado "coloreada" como ocurre con la mayoría de las películas históricas pero refleja con fidelidad parte de lo que supuso esa Dictadura, una de las más sanguinarias de las muchas que se han dado en el continente americano, lo cual tiene su mérito si se tiene en cuenta el grado de crueldad que ha adornado a la mayoría de ellas. Fue República Dominicana durante más de treinta años algo más que un cortijo y un espléndido negocio en manos de la familia de Leónidas Trujillo -se dice que a su desaparición el 70% del campo y el 50% de la industria le pertenecía- y que basó su poder en el control de la prensa, la complicidad de la alta burguesía y la connivencia de la Iglesia católica de la isla. Pero también hubo algo más que en el film se silencia, la protección de la Administración norteamericana que cerró los ojos a sus múltiples asesinatos mientras Trujillo representó ser un peón válido a sus intereses. También se dio un régimen de terror que atemorizó enormemente a la población dominicana, a la oposición porque no se atrevía a enfrentarse a él por temor a las represalias, y a los partidarios porque si desaparecía el dictador ellos quedarían "con el culo al aire". Todas estas circunstancias posibilitaron la duración de la Dictadura y me recordaban a la Dictadura Franquista que padecimos aquí, con el agravante de que la nuestra fue más sanguinaria, más prolongada y que el dictador murió en la cama mientras que Trujillo cayó bajo las balas del huracán que él mismo había provocado.
La película lleva por título "En el tiempo de las Mariposas" -así llamaban a las hermanas Mirabal-, y me atrevería a recomendar su visión si no fuera porque estas historias del pasado, por lo que se ve, tan solo interesan a una minoría. Craso error según mi modesta opinión, es del pasado cómo podremos interpretar el presente y es del pasado cómo podremos comprender los peligros que nos amenazan en el futuro. En todo caso, el innumerable número de victimas que causaron estas nefastas dictaduras no se merecen el olvido y sí la justicia que pueda representar el recordarlas, ya que la otra apenas les alcanzó y no pudo, en todo caso, devolverles la vida. Mientras tanto, la mayoría de sus torturadores y asesinos "salieron de rositas" y los primeros responsables, los dictadores o sus familias, pudieron disfrutar de las inmensas fortunas acumuladas durante "los años de plomo" de sus mandatos.
1) Las hermanas Mirabal (Las Mariposas)
2) Tumba de ellas.
Continuemos pues, con el asunto Galíndez:
Silencios
Puede decirse que, a lo largo de estas décadas, el misterio Galíndez ha sobrevivido al paso del tiempo alimentado con el secreto mismo impuesto por las autoridades estadounidenses, con el silencio esquivo del PNV, con la eliminación de los archivos gubernamentales en la República Dominicana y, quizá, también con la vocación ahistórica -una prueba más- de la democracia española. Demasiado secreto en torno a un hombre que trató de sostenerse en el vendaval internacional desatado tras la guerra civil española y que encontró una muerte horrenda a manos de los sicarios de Leónidas Trujillo, el dictador de la República Dominicana. Todavía hoy, al amparo de la doctrina de la 'seguridad nacional' estrenada precisamente con este caso, el Departamento de Justicia norteamericano continúa guardando en secreto más de 10.000 folios, pese a que buena parte del material ha sido desclasificado, siempre con cuentagotas y reservas, como si el contenido amenazara todavía la reputación de los supervivientes y el buen nombre de la Administración, como si los ecos de aquel gran escándalo no hubieran desaparecido enteramente. Los informes puestos a la luz, y de manera bien efímera, por cierto, en Internet, ocultan las identidades de muchos de los agentes implicados en el caso y prácticamente de la totalidad de los componentes de la red vasca de espionaje que sirvió a EE UU desde las capitales latinoamericanas y europeas.
El agente Rojas
Contra las versiones difundidas durante años desde el nacionalismo, los documentos desclasificados dan cumplida constancia de que Jesús Galíndez, delegado en Nueva York del Gobierno vasco en el exilio, trabajó efectivamente como informador, al menos del FBI durante 12 años, con el sobrenombre de agente Rojas y el código en clave ND507. Fue un informador valioso, puesto que sus jefes le aumentaron progresivamente su nómina, que pasó de 50 a 125 dólares, más 30 para gastos. Según el historiador alemán, afincado en Euskadi, Ludger Mees, autor de El péndulo patriótico, Galíndez hizo transferencias bancarias por un monto de un millón de dólares durante los seis años previos a su muerte. Es un dato que figura también en El ojo del presidente, escrito por el agente Tony Ulasewiez, quien investigó la desaparición de Galíndez desde las oficinas centrales de la BOSSI neoyorquina (Oficina de Investigaciones y Servicios Especiales). Hijo de un oftalmólogo alavés instalado en Madrid y de una madrileña de ascendencia vasca que falleció cuando era un niño, Jesús de Galíndez Suárez cultivó desde su infancia una idealizada pasión por el País Vasco, alimentada con los recuerdos idílicos de las vacaciones en la casa paterna de la Llanada alavesa. Estudió Derecho Político en la Universidad Complutense y militó en las juventudes universitarias del PNV. Al estallar la guerra se convirtió en el ayudante del entonces ministro de Justicia, el nacionalista vasco Manuel de Irujo, y desde su puesto facilitó el intercambio de personalidades detenidas en uno y otro bando. Cuando Irujo salió del Gobierno, Galíndez fue nombrado, con 21 años, secretario auditor del Tribunal Superior del Ejército del Este. Al igual que cientos de miles de republicanos, huyó a Francia tras la derrota, y de allí, en 1939, se trasladó a la República Dominicana, cuyo presidente, Leónidas Trujillo, practicaba la política de puertas abiertas hacia los exiliados españoles, obsesionado, por lo visto, con la idea de 'blanquear la raza'. Galíndez se convirtió en profesor de la Escuela Diplomática dominicana, en funcionario del Ministerio de Asuntos Exteriores y, sobre todo, en uno de los profesores de Ramfis Trujillo, el hijo del presidente que a sus cuatro años tenía ya el grado de coronel.
Su privilegiada relación con el dictador se rompió en 1946, cuando ejercía de secretario de la Comisión de Salarios Mínimos y fomentó un acuerdo con los huelguistas del azúcar, uno de cuyos líderes fue asesinado. Católico y humanista, el exiliado vasco no soportó por más tiempo la verdadera naturaleza del régimen trujillista y huyó a Estados Unidos por miedo también a las represalias.
José L. Barnería.









mil gracias José por el sensato comentario que has dejado en mi blog
Rescato de tu comentario
"demuestran una hipocresía considerable"
Cierto, amiga mía,
No deseo entrar en detalles pero sería interesante el observar en su intimidad a todas estas personas que parecen escandalizarse. ¡No le des más vueltas, no merece la pena!
Un beso.
gracias José . eres todo un caballero , con un gran sentido del arte , de la ética y la estética
es un honor ser tu amiga
buenas noches José
Te invito si vuelves por mi espacio , a leer el comentario que dejó Hécuba en el post anterior
un abrazo amigo