La Campaña del Sinaí ( II )

El orgullo viene antes de la caída. La euforia de Ben-Gurion tuvo una vida corta. Tan pronto como la campaña había concluido Israel se vio sometido a una intensa presión por parte de las dos superpotencias para que se retirara de inmediato e incondicionalmente de la península del Sinaí y de la franja de Gaza. El 5 de noviembre, Nikolai Bulganim, premier soviético, envió sendas cartas a británicos, franceses e israelíes amenazándoles con u ataque con misiles y prometiendo el envío de voluntarios en ayuda del ejército egipcio. La carta a Ben-Gurion contanía un lenguaje particularmente agresivo, acusaba al Gobierno de Israel de "jugar de manera irresponsable y criminal con el destino del mundo" y de poner en duda la existencia misma del estado de Israel. Ben-Gurion escribió en su diario que la carta podría haber estado escrita por Adolf Hitler. La misiva fue acompañada de una guerra de nervios y rumores de preparativos para una intervención militar soviética. Envió a Golda Meir y a Simón Peres a París para conocer la opinión de Francia y, si resultaba posible, obtener una garantía de apoyo. Golda Meir descubrió rápidamente que Christian Pineau tomó muy seriamente la amenaza soviética y que no podía asegurar apoyo alguno. Ella sacó a colación una idea que Ben-Girion había mencionado en Sèvres: la producción conjunta y paritaria de petróleo en el Sinaí. Según su propio relato, Pineau la miró a los ojos, como si fueran los de una loca, y dijo: "los pilotos soviéticos están sobrevolando Siria. Los rusos quieren intervenir en Oriente Próximo, ¿y usted aún está pensando en el petróleo del Sinaí?".

Ben-Gurion acarició durante un breve espacio de tiempo la idea de recurrir a Estados Unidos en busca de protección, aunque el presidente Eisenhower estaba profundamente enojado por el engaño de los tres países. La Administración Eisenhower insistió en una retirada incondicional israelí. Se dijo a Eban en privado que si Israel no se retiraba se cortaría toda la ayuda oficial del Gobierno norteamericano así como la ayuda privada de los judíos norteamericanos, y que Estados Unidos no se opondría a la expulsión de Israel de la ONU. La amenaza de estas sanciones económicas llegó cuando Estados Unidos ya había apartado su escudo protector sobre Israel -así como sobre el Reino Unido y Francia- ante una posible represalia soviética. Ben-Gurion estaba decepcionado, pero aceptó retirarse. Se había equivocado por completo en su lectura sobre la situación internacional y ahora tenía que pagar el precio.

El 8 de noviembre, el Gobierno pasó siete horas en difíciles y tensas discusiones. Existía un auténtico miedo a que estallara la guerra mundial como consecuencia del ataque soviético con misiles. El nivel de tensión no tenía precedentes en la historia de Israel, y paralizaba al Gobierno. Su decisión fue dejar que Ben-Gurion decidiera. Optó por la retirada -en principio- del Sinaí. Estaba a punto de anunciar la retirada incondicional e inmediata de Israel cuando Eban intervino para hacer una propuesta. Su idea era condicionar la retirada a un acuerdo satisfactorio que desplegara fuerzas de la ONU para retomar el control de la zona. Ben-Gurion estaba muy asustado al constatar que Israel estaba completamente asilado frente a las amenazas soviéticas. La presión alcanzó su punto álgido cuando el secretario general de la ONU habló de muy graves consecuencias para Israel. Finalmente aceptó las sugerencias de Eban. Resultaba insólito que Ben-Gurion, siempre de la opinión de que no importaba lo que los Gentiles dijeran, parecía muy asustado ante lo que los gentiles dijeran en esta ocasión. Eban, el discípulo de Moshe Sarett, hizo la lectura correcta de la situación internacional, y fue quien intervino para salvar los restos del naufragio.

A las doce y media de la noche del 9 de noviembre, un extenuado y abatido primer ministro anunció a su pueblo la decisión de ordenar la retirada en una emisora radiofónica. La euforia del discurso de la victoria se había disipado sin dejar huella. El tercer Reino de Israel había durado tres días.

La lucha por salvar algo del desastre de la campaña del Sinaí duró cuatro meses y fue concebida por Abba Eban. Las directrices eran concentrarse en dos objetivos: asegurar la libertad de navegación de Israel a través del estrecho de Tirán y el mar Rojo, y asegurarse de que el Negev no volviera a verse expuesto a incursiones terroristas desde Gaza. En realidad, Ben-Gurion no quería mantener la franja de Gaza, puesto que allí residían 350.000 árabes contrariados y belicosos. Quería utilizar la ocupación de Gaza como baza de negociación para conservar Sharm el Sheij. Finalmente se vio obligado a retirarse de Sharm el Sheij y de la franja de Gaza. Para Dayan fue un trago amargo. Dio órdenes para que se destruyeran todas las instalaciones militares egipcias antes de la retirada final a comienzos de marzo de 1957. Eban, por otra parte, pensó que los dos objetivos se habían alcanzado cuando leyó el memorando de Dulles el 11 de febrero. Estados Unidos prometió apoyar el derecho de Israel a enviar sus propios barcos y cargueros sin trabas a través de los estrechos de Tirán; admitieron que si Egipto renovaba el bloqueo, Israel estaría legitimado para "ejercer su derecho inherente a la legítima defensa recogido en el artículo 51 de la Carta de la ONU".; y aceptaron mantener las fuerzas de la ONU en Sharm el Sheij y Gaza hasta el momento en que la retirada no suponga una renovación de la beligerancia.

(Fuentes:Avi Shlaim:El muro de hierro)