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Con algo más de sesenta y cinco años gastados en una vida que podríamos calificar como intensa, pudiera interpretarse que uno ya esta "de vuelta" de todo; que ya nada nos sorprende, que nada ni nadie podrá hacer que se dibuje en nuestro fatigado rostro un gesto de asombro, pero esto no es así y, lamentablemente, siempre queda abierto un resquicio por donde penetrará en nuestro corazón la sombra del fantasma del horror ante la realidad de lo que aún nos queda por ver :

 

Un horror que, como a Kurtz, te invade cuanto más profundizas en el corazón de las tinieblas de la condición humana. ¿Cómo fue posible que se llegase al Holocausto Nazi, y cómo ha sido posible que los pocos supervivientes que se salvaron vivan aún en el horror de la miseria y del abandono? Me explico:

Aquellos que estáis acostumbrados a leerme ya sabéis de mi poca afición a los programas de televisión, como así mismo a que, de tarde en tarde, suelo sentarme ante la pantalla para visionar algún documental o alguna película que merezca la pena. Entiendo que el mejor uso que puede realizarse de ese medio no es el del entretenimiento -si es que esto sea posible en la "caja tonta"- sino en el del conocimiento, y por ello, los momentos que le dedico.

En la tarde de hoy -21 de abril- he visto en el canal Odisea un documental que me ha dejado una profunda impresión; pero antes de continuar hablando sobre el mismo deseo hacer una apreciación. Pudiera parecer, debido a la serie que estoy incluyendo sobre el Sionismo y el conflicto entre el Estado de Israel y el mundo árabe, que peco de antisemitismo. Nada más erróneo, mi crítica -que la hay- es a lo que representa el imaginario sionista y al comportamiento expansionista, racista y militarista del Estado judío a través de sus diferentes gobiernos a lo largo de su corta Historia como nación, pero jamás al ciudadano judío por sí mismo, por el hecho de serlo. Aclarado este punto continúo:

En el documental emitido por esa cadena -tal vez debido a la conmemoración del Día del Holocausto- se pone de manifiesto que, incluso, en un tema tan especialmente espantoso como fue el Holocausto, los gobiernos -en este caso, del Estado de Israel- no tienen empacho alguno en desatender a sus ciudadanos, pero sí en aprovecharse de la carga emocional que este hecho suscita internacionalmente y de las ventajas económicas que obtuvieron de él.

Tras la creación del Estado judío, Ben-Gurión obtuvo y firmó en 1.952 con la entonces República Federal de Alemania el Tratado de Luxemburgo, mediante el cual ésta última aportaba una cantidad de 3.000 millones de francos como compensación a los judíos del Holocausto; además el Estado de Israel ayudaría económicamente a los supervivientes del mismo que se hubiesen trasladado a Israel hasta el día de su independencia, y la RFA lo haría con aquellos que lo hicieron posteriormente a esa fecha. También se creaba una Comisión que vigilaría el cumplimiento del acuerdo y la administración de los bienes proporcionados. Una gran parte de ese dinero fue utilizado para la consolidación de Israel.

Pues bien, pasados los años, los 80.000 supervivientes que residen en Israel sobreviven en unas condiciones lamentables de miseria y de abandono. Ancianos que, prácticamente, perdieron a toda su familia en la Alemania Nazi, que aún conservan en su piel la huella de la tinta china que los marcó como animales, que pasaron por un infierno de experiencias personales, malviven con pensiones que apenas alcanzan los 250 euros mensuales ante el olvido de su Gobierno y la desidia de todos, dándose la circunstancia de que aquellos supervivientes que decidieron regresar a Alemania, el Bundestag les concede, entre otras ventajas, pensiones medias de más de 1.000 euros, la gratuidad de los medicamentos y la posibilidad de obtener una vivienda sin coste alguno en el supuesto de que carezcan de ella, por lo que no es extraño que algunos de los residentes en Israel opten por trasladarse a Alemania. Tampoco es raro, para estos últimos, que algunos recurran a internarse en centros para enfermos mentales con tal de huir de la soledad y encontrar atención médica y alimenticia de la que se ven excluidos.

Dos activistas, mujer y hombre, enterados de esta situación deciden investigar ante el ministerio de Economía de Israel la causa de este abandono y el paradero de las cantidades entregadas para los supervivientes y ante el silencio de la Administración inician un periplo por Alemania, Estados Unidos y Holanda para, finalmente, encontrarse con una intrincada red de intereses formada por diferentes Asociaciones judías, bancos y el mismo Estado judío del que resulta casi imposible obtener datos y mucho menos dinero para los supervivientes. Durante los primeros seis meses de su investigación fallecen 5.600 supervivientes de los que 1.300 vivían en absoluta indigencia.

Pero sus pasos logran descubrir que, mientras en Holanda, el Estado ha abierto un museo en el que se exponen obras de arte y otros bienes procedentes de los robos nazis a sus propietarios judíos y que están a la libre disposición de sus auténticos dueños, en Israel no existe algo semejante e, incluso, el Estado se ha apropiado del terreno rústico de muchos de aquellos judíos que fueron exterminados en el Holocausto y que no ha sido entregado a sus herederos. Más aún, Asociaciones judías establecidas para la administración del patrimonio perteneciente a los supervivientes han establecido un entramado burocrático con elevado sueldos a sus integrantes y abultados gastos en conferencias y actos en hoteles de lujo mientras esos mismos supervivientes no cuentan en Israel, ni con el servicio gratuito para los medicamentos que a su longeva edad necesitan.

Finalmente, tras muchos esfuerzos y debido a la publicidad que dan a su investigación, uno de los bancos en los que se guardan los fondos accede a librar 23 millones de euros lo que permitirá repartir 287 euros a cada uno de los supervivientes que aún viven en Israel.

Si esta historia de por sí ya es patética, la imagen con la que se cierra el documental es desgarradora: Una anciana de 88 años, con un rostro en el que se refleja toda la dignidad y el respeto que nos deben merecer este grupo de personas con vivencias tan desgarradoras, tras haber pasado horas tirada sobre el suelo de su casa a causa de una caída, es llevada -por fin- a una residencia de ancianos y con todo el dolor de su alma nos confiesa: "Creí que era el final para mí. Pero eso no está en mis manos..."

¿Habrá alguna forma más dolorosa y explícita de desear poner punto final a una existencia tan marcada por el horror?