Sumido en inquietantes reflexiones sobre el futuro que nos esperaba dejé atrás Los Jerónimos, casa común de los Roucos que siempre han sido; de familias reales en particular -¡de nuevo los Borbones, que les queda muy a mano el Palace y el Ritz!- ; y de gente pija en general, y sorteé con pericia y decisión las largas "bichas" -desde siempre he preferido este término portugués antes que el confuso y con ecos cuasi-eróticos "cola"- para llegar ante otro monumento, y en ésta ocasión me dio la sensación de que estaba perfectamente justificada la palabra. Porque todo un monumento me parece ese señor que, sentado y con la paleta de colores en su mano, observa ese cielo madrileño que tan bien supo interpretar: ¡¡Ni más ni menos que.... el señor Velazquez!!
En fin, casi con los ojos cerrados pasé ante el Real Jardín Botánico -la sombra de los Borbones, como se ve, es alargada- pues no tenía tiempo para detenerme a contemplar la gesta de Shacklelton y sus hombres sobre la banquisa del Polo Sur, y sin más dilación me encontré contemplando la exquisita obra en bronce salida de las manos de don Auguste Rodin. Obra que, para general satisfacción, me permito incluir en algunas instantáneas.







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