Hoy, el "general invierno" nos ha dado un respiro y el día en Madrid se presentó soleado, como si el clima local quisiese abandonar ya los fríos del pasado y nos anunciase la cercanía de la próxima primavera, aunque la mucha nieve acumulada sobre la montaña  nos envió su aliento por medio de una brisa fresquita que me aconsejó -uno, tiene ya cierta edad, jeje- el tomar una chaqueta de suave piel italiana para vestirla encima del jersey. Protegido de esta guisa, calzando unas deportivas y con una cámara digital Nikon en el bolsillo me lancé al encuentro con Rodin.

Resulta que hace un par de días, mi querida amiga Giverny me puso al corriente de esta exposición que se celebra en Madrid y no había que perder la oportunidad de contemplar la obra de uno de los genios de la escultura. Tras un par de estaciones de "Metro" por el subsuelo madrileño salí de nuevo a la luz del día frente al parque del Retiro y, sin prisas, me uní al río humano que penetró en ese pulmón vegetal tan necesario para la ciudad.

 

 Como era previsible, no es que el parque estuviese concurrido, más bien se podría decir que estaba "lleno" por un público que cubría todas las edades, todas las clases sociales y no pocas etnias; esto último resulta ser el mejor ejemplo de la grandísima transformación social que ha enriquecido en los pasados años, culturalmente hablando, a nuestro país.

Me detuve a tomar una instantánea a una figura ecuestre levantada sobre cañones y banderas a cuyo pie se puede leer, además de fechas y campañas guerreras, una frase que pretende dignificar al jinete: "Ejemplo de patriotas". ¡Curioso país el mío, que levanta monumentos a un guerrero que participó en empresas militares coloniales y nacionales de dudosa ejemplaridad! Claro está, que fue la llave que abrió de nuevo la puerta a los Borbones. ¡Ésta gente, siempre regresa de la mano de un espadón!

Ecos rítmicos de potente sonoridad guiaron mis pasos hasta un nuevo monumento -¡Otro Borbón, faltaría más!- a cuya sombra reinaba el trueno. Pero bellísimo y domesticado por hábiles y ágiles dedos, y no me importa el confesar que poco faltó para que, embrujado por la fuerza del sonido que se multiplicaba en interminables ecos sobre el anfiteatro de piedra y de bronce, me sumergiese en una danza de raíz ancestral, magnética y primitiva.