El nacionalismo sionista (XXXVII)

Judíos ortodoxos. sionistas mesiánicos y terroristas ( VII).

Hasta qué punto ha estado el sionismo incubando sus extremistas mesiánicos en las escuelas lo dejó claro Ruth Firer en una tesis doctoral sobre los valores sionistas en los libros de historia del pueblo judío: el reconocimiento de la "necesidad de Eretz Israel como territorio" es uno de los tres valores principales (junto al reconocimiento de "una cultura nacional" y del "pueblo judío como nación") que en esos textos se transmiten; toda la historia judía aparece en ellos sometida a una "ley de la salvación" que permite explicarla por un determinismo, por una tensión, que culmina en la realización sionista. En las escuelas religiosas de los haredim el propósito apologético es explícito y figura en las instrucciones que se dan a los profesores de historia: "Es preciso crear el sentimiento según el cual la fe en la liberación mesiánica de Israel y de toda la humanidad puede servir de clave para la comprensión del pasado y del presente"

La historiografía universitaria inició tempranamente, tras el brutal despertar a la vulnerabilidad que supuso la guerra de 1973, la revisión de los "mitos fundadores" del Estado sionista, pero ha sido sobre todo en las dos últimas décadas cuando, provocando fuertes y apasionadas polémicas, los llamados "nuevos historiadores" han procedido a una sistemática demolición de "mitos" tan arraigados en la conciencia nacional y en la ideología sionista como el de la Massada, el del Mesías Bar Kochba, el de la heroica colonización pionera de Palestina, o el de la guerra de la Independencia que estos historiadores prefieren llamar "guerra de 1948".

Cabe imaginar las ampollas levantadas por la propuesta, acerca de la epopeya de la Independencia, de tesis como las que siguen: la población judía de Palestina no estaba en modo alguno amenazada de la destrucción en 1948; la mayor parte de las víctimas fueron civiles y producidas durante el periodo de "guerra civil"; un acuerdo secreto entre la Agencia Judía y el reino de Transjordania neutralizó a la Legión Árabe, el mejor equipado y entrenado de los ejércitos árabes; la coalición del mundo entero contra Israel es un mito; Estados Unidos y la URSS apoyaban a Israel; la salida de la potencia mandataria es imputable a razones económicas y estratégicas y no a la acción de las organizaciones sionistas clandestinas; las tropas judías perpetraron varias masacres; se dejaron pasar varias ocasiones de paz; etc.

¿Puede esperarse algún efecto políticamente beneficioso de este tipo de demoliciones de la mitología nacionalista? Los negociadores de los acuerdos de Paz de Oslo, tanto los palestinos como los israelitas, han declarado en más de una ocasión que, tras varias sesiones de infructuosa discusión acerca de los respectivos "derechos históricos" de ambos pueblos, sólo consiguieron encarrilar las cosas cuando se pusieron de acuerdo en que era absurdo negociar el pasado y decidieron orillar la historia y los grandes principios para concentrarse en la solución pragmática de problemas concretos. Es posible que liberarse de mitos sobre la propia identidad e historia, y percibir las contradicciones de la propia ideología, contribuya a la actitud mental que exige la búsqueda de la paz.

Frente a la tentación mesiánica que condena a la guerra, el sionismo laico supo recuperar en Oslo el pragmatismo que ha presidido lo mejor de su historia. Lo malo es que lo que a la posteridad ha legado el reconocimiento de Israel por el orden jurídico-internacional de la posguerra no puede ser otra cosa que la legitimación étnico-religiosa del Estado y la supeditación de la democracia -entendida exclusivamente como forma de gobierno- a esos valores últimos étnico-religiosos.

Alexandre Kojève, el filósofo judío cuya interpretación de Hegel ha servido a Fukuyama para proclamar, tras la caída del muro de Berlín, el triunfo definitivo de la democracia liberal como fin de la historia, le hizo un día a su amigo Isaiha Berlin una pregunta retórica que indicaba su rechazo al sionismo: "Los judíos han tenido la historia más interesante de todos los pueblos. Y sin embargo, ¿qué quieren ser ahora? ¿Albania? ¿Cómo pueden?". Berlin, creyente en el derecho de las naciones a su Estado, le respondió: "Para los judíos, ser como Albania constituye un progreso".

Cuándo los demócratas esperaban que, vencido el comunismo, la historia se echara un sueño, una sucesión de pesadillas nacionalistas les han despertado a la evidencia de que, bajo el triunfo aparente de la democracia, bullían los fantasmas étnico-religiosos de multitud de "pueblos" que también creían, como Berlin, que "ser como Albania constituye un progreso". Sólo que ahora podrían legitimar su deseo aspirando a "ser como Israel". ¡Hasta los albaneses de Kosovo se han apuntado al progreso! ¿Po qué no iban a intentarlo también "los vascos"?.

(Fuentes: J.Aranzadi: El escudo de Arquíloco)