El Conflicto poliédrico.
El nacionalismo sionista (XXXVI)
Judíos ortodoxos. sionistas mesiánicos y terroristas (VI).
Es cierto que, aunque numerosos, muy activos y cada vez más poderosos, tanto los haredim como los sionistas mesiánicos y los colonos intransigentes son minoritarios en Israel, pero lo que multiplica su importancia y su peligro es su parcial confluencia con la derecha del Likud en la defensa territorial de Eretz Israel y la indefinición ideológica del sionismo laico ante una argumentación que no hace sino sacar las consecuencias últimas de los principios y valores del Estado judío formulados en la Declaración de Independencia. Los odiados sionistas laicos de izquierdas han conseguido construir una sociedad y un Estado, han conseguido derrotar militarmente a los ejércitos árabes y a las guerrillas de la OLP, han sido capaz de desarmar políticamente al terrorismo palestino y de negociar la paz, pero saben que para que ésta se consolide es necesario que Israel renuncie a la utopía de Eretz Israel, que devuelva los territorios "ocupados" y que desaloje los asentamientos; y están empezando a descubrir, impotentes y desolados, que en esa difícil pero imprescindible tarea su principal enemigo no será ni el terrorismo palestino ni el fundamentalismo islámico (los enemigos de su aliado Fatah) sino el mesianismo terrorista brotado y nutrido en sus propias filas, contra el que carece de vacuna y de terapia porque es una enfermedad sin cura que se parece mucho a un exceso de salud. Tanto el aceptar de facto la inicial configuración territorial del Estado de Israel, como el negociar en Oslo "paz por territorios", los sionistas laicos pueden recurrir a sólidos motivos y argumentos pragmáticos, pero la formulación ideológica a la que entonces recurrieron (legitimar el Estado en el "derecho histórico y natural del pueblo judío", y no sólo en el derecho positivo establecido por la ONU; atribuir la soberanía del pueblo judío de Palestina y de la Diáspora, y no a los residentes en su territorio sin distinciones étnco-religiosas), aunque dejaba abierta la delimitación territorial del Estado, sólo permitía decidirla de modo coherente de acuerdo con los únicos principios que podían asignar algún contenido al adjetivo judío: los principios religiosos. El sionismo laico se halla finalmente inerme frente al sionismo religioso porque su fundamento último es religioso.
De hecho, junto a los motivos pragmáticos, el argumento ideológico más convincente -desde el punto de vista judío y sionista- de los partidarios de devolver los territorios "ocupados", es que, de no hacerlo, dada la relación demográfica entre judíos y árabes en los territorios actualmente administrados por Israel (y mucho más en el Gran Israel de los sueños "integristas") habría que renunciar, bien a la mayoría judía que garantiza el carácter judío del Estado., bien a la democracia que respeta la voluntad de la mayoría de la población.
Es muy cierto que ese innegable conflicto entre los valores judíos y los valores democráticos del Estado de Israel les trae sin cuidado a los sionistas religiosos para quienes todo, incluida la forma de gobierno, debe someterse a la Toráh y a sus exigencias de la integridad territorial de Eretz Israel, pero si no fuera así, un sionista mesiánico que quisiera seguir siendo demócrata le haría notar al sionista laico que la población cuya mayoría exige la democracia que se respete en un Estado es aquélla que detenta la soberanía de ese Estado y que, en Israel, esa población es, dado sus principios fundamentales, todo el pueblo judío y sólo el pueblo judío, siendo eso lo que le da la Estado su carácter judío y lo que justifica leyes definitorias de ese carácter, como la "ley del retorno", que siempre estarán por encima de cualquier variable correlación demográfica con la población "extranjera" en el territorio concreto del Estado en un momento dado.
Pero si es así, si todo sionista acepta el carácter judío del Estado de Israel, los principios de su Declaración de Independencia, la "ley del retorno" y sus implicaciones discriminatorias con la población no-judía, e incluso la definición religiosa de la identidad judía, nada menos consecuente que rechazar lo que parece su correlato inevitable: una definición religiosa del territorio judío como territorio del pueblo judío, nada menos consecuente que rechazar lo que parece su correlato inevitable: una definición religiosa del territorio judío como territorio del pueblo judío tal y como aparece delimitado en la única fuente de legitimación posible para un judío, la Biblia, es decir su religión, su cultura, su historia y su Ley. Y si el pueblo judío tiene "derecho histórico y natural" a su territorio, Eretz Israel, como lo tiene a su Estado, las posibles consecuencias discriminatorias y antidemocráticas (para otras poblaciones "extranjeras") que puedan derivarse del ejercicio de ese derecho no son esencialmente distintas a las derivadas de la "ley del retorno" y no afectan para nada a la democracia para los judíos que exige el carácter judío y democrático del Estado de Israel. El trato que con esa población se tenga -si se les conceden derechos, se les traslada, se les elimina o se les mima- es un problema de generosidad por parte de la población soberana, pero no un problema de demografía tal y como ésta es entendida (y subordinada) en todo Estado con una legitimación étnico-religiosa.
No hay nada de inconsecuente ni de contradictorio con los valores sionistas de un Estado judío y democrático (primero judío y después democrático) en la defensa de la integridad territorial de Eretz Israel, en la defensa de la colonización de los territorios "liberados" por población judía de la Diáspora y en la defensa de una política de "ayuda generosa y solidaria" -incluso su amoroso desplazamiento a otros lugares- a la población árabe "extranjera" que ha tenido la mala suerte de estar en mal sitio en un mal momento. Y el sionista demócrata que retrocede ante lo que implica para las poblaciones árabes de Palestina esa asunción consecuente de los valores judíos del Estado de Israel y decida poner por delante los valores democráticos que también propugna, se encontrará bien pronto preguntándose si aquellos son conciliables con éstos y si el rechazo de la política racista para con la población árabe propugnada por los seguidores más o menos consecuentes del rabino Kahaná no obliga asimismo a renunciar a la "ley del retorno", al carácter judío del Estado y a la ideología sionista en definitiva.
Es sin duda un motivo de aplauso y de admiración que un debate ideológico suicida como el que más arriba se apunta haya podido llevarse a cabo en las difíciles condiciones de polarización bélica en que ha vivido Israel. Lo cierto es que la respuesta laica más espectacular a la crítica ortodoxa y mesiánica del sionismo "secular" no ha sido su defensa, sino su autocrítica radical en el terreno en que todo nacionalismo exhibe sus nervios más sensibles: la historia.
(Fuentes: J.Aranzadi: El escudo de Arquíloco)
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Rosana dijo
gracias Jose por siempre dar una vuelta por mi espacio
siento tanto no poder comentar en tus post , pero no están a la altura de mis conocimientos , como para hacer un comentario razonable , te pido disculpas ...
abrazo amigo
4 Febrero 2009 | 01:18 PM