El nacionalismo sionista (XII).

El Holocausto y el Estado de Israel (I).

Más allá de la significación del Holocausto para la ideología liberal-democrática, aludamos a la importancia de la diferente significación del holocausto para el judaísmo y para el sionismo.

Pues la Shoáh fue sin duda la tumba de la Ilustración. Pero fue también algo mucho más trascendental, mucho más inaceptable y escandaloso, la muerte deseada, planificada y racionalmente ejecutada de seis millones de seres humanos. Buena parte del pensamiento occidental de posguerra ha dedicado lo mejor de su esfuerzo a intentar entender cómo fue posible -cómo sigue siendo posible- ese deseo, esa planificación y esa ejecución racional del asesinato masivo, del crimen inventado por la Modernidad: el genocidio. Buena parte de la teología judía de posguerra ha dedicado sus esfuerzos intelectuales a intentar encontrar un sentido religioso a la muerte de seis millones de judíos: ¿querida, consentida, desconocida, por el Dios que les había "elegido"?. Algunos de los supervivientes del Holocausto intentaron desesperadamente encontrar un sentido cualquiera, al menos darle un sentido, aún cuando sólo fuera narrativo, a una experiencia vivida como la quiebra de todo sentido, como la perdida de la inteligibilidad y de la humanidad misma, como la muerte sin retorno ni redención posible.

Pero ¿es posible acaso encontrarle un sentido a la muerte, darle una utilidad a la muerte?, ¿puede edificarse algo sobre seis millones de muertos? Sin duda, hay algo en el mundo moderno que se construye sobre los muertos, que los necesita como mártires, como los únicos testigos posibles de su evanescente existencia: las naciones. Y la nación judía que la demanda sionista del Estado judío exigía encontró en el Holocausto los muertos que necesitaba, aunque para ello tuviera que convertir en mártires a quienes sólo fueron víctimas que nada quisieron testificar con su muerte indeseada.

Para el sionismo político, el Estado judío era la solución pragmática al problema social que planteaban los millones de judíos que la Europa antisemita se negaba a emancipar y asimilar. Los nazis encontraron otra solución racional a ese problema: su eliminación. Como resultado de su eficacia, al final de la guerra, de cada siete judíos que vivían en Europa seis habían sido asesinados. Cierto que la mayoría de los que quedaron vivos y de los que habían logrado refugiarse temporalmente en la Unión Soviética no quiso quedarse en un continente que se había convertido en la tumba de sus familias y de su pueblo, pero no deja de ser un trágico sarcasmo que el Occidente democrático se "convirtiera" mayoritariamente a la solución sionista del "problema judío" sólo después de que la "solución final" nazi casi lo hiciera desaparecer de Europa. Como escribe W. Laquear: "El Estado judío surgió en el momento en que el sionismo había perdido su razón de ser: dar una solución al sufrimiento de los judíos de Europa oriental".

El racionamiento sionista llevaba implícito que el Estado judío había de convertirse en el "hogar nacional" al que la mayoría del pueblo judío había de retornar, y que ese retorno, al disminuir ostensiblemente el número y la importancia de los judíos en el "exilio" europeo, disminuirá proporcionalmente el antisemitismo que tomaba esa omnipresencia como pretexto. Sin embargo, como constata Walter Laquear, Israel

"ha servido como un hogar nacional para menos de la quinta parte de los judíos del mundo; sólo unos cuantos de los simpatizantes del sionismo fueron a Palestina; sólo una parte infinitesimal de los judíos de estados Unidos, Inglaterra, Francia y Alemania (antes de 1933) se ubicaron en el hogar nacional judío".

Por otra parte, el sionismo y el consiguiente conflicto con los árabes en Palestina y por Palestina, suscitó o, donde ya lo había, intensificó el antisemitismo en el mundo árabe, muchas de cuyas comunidades judías remontaban sus orígenes a 2500 años atrás y no habían sentido nunca la necesidad de un "hogar judío" en el que buscar "refugio". En 1945 había 870000 judíos viviendo en países árabes, y las graves presiones y persecuciones que padecieron en 1947 y 48 impulsaron a muchos de ellos (580000 entre 1948 y 1972) a emigrar a Israel. Sería absolutamente simplista atribuir sólo al sionismo el antisemitismo árabe-musulmán de la segunda mitad de siglo (como había ocurrido antes en Europa, el nacionalismo encontró también, en los países árabes, al judío como su perfecto "otro", aliado además, identificado incluso con el imperialismo occidental contra el cual se define aquél), pero es indudable que el Estado de Israel y el consiguiente conflicto árabe-judío de Oriente Medio han incrementado extraordinariamente el antisemitismo entre los árabes y musulmanes de todos los países, aunque no sea siempre fácil desentrelazar los vínculos entre antisionismo y antisemitismo.

Mucho más problemática es la influencia de la creación del Estado de Israel en el aumento o disminución del antisemitismo euro-norteamericano en relación con la mayoría abrumadora de los judíos, los judíos de la Diáspora, que se han visto obligados a su vez a afrontar un problema nuevo de múltiples aristas: su relación con el Estado de Israel, la compleja situación derivada del hecho de que todo judío tenga, en virtud de la "ley del Retorno" una doble nacionalidad potencial, la de la nación a la que legalmente pertenece y la israelita a la que le da derecho su condición de judío. Paradójicamente, esa ley constitutiva del Estado de Israel ha dado por primera vez fundamento empírico-legal a la tradicional paranoia antisemita que sospechaba de la fidelidad del judío a toda nación que no fuera la "nación judía"

No deja de ser paradójico, por tanto, que el mismo hecho que priva de sentido pragmático al sionismo político secular, el Holocausto, constituya el más sólido fundamento ideológico para la conversión al sionismo de la mayoría de los judíos y para la decisión política de la ONU de crear el Estado de Israel. Paradoja que se incrementa aún más a la luz del manifiesto desconcierto religioso del judaísmo, tanto ortodoxo como liberal, ante la Shoáh

(Fuentes: J.Aranzadi: El escudo de Arquíloco)