El nacionalismo sionista (XVI)

Roma y Jerusalén (III)

 

En Roma y Jerusalén Hess no se vuelve atrás de su antiguo proyecto -anunciado en su primera obra, La Historia Sagrada de la Humanidad- de establecer "una Nueva Jerusalén en el corazón de Europa". La novedad es que ahora asigna al pueblo judío una tarea especial y fundamental en la instauración terrenal del Reino de Dios: comenzar esta instauración mediante el retorno a Palestina y sus asentamiento en tierra santa. Esto no supone un abandono de su antiguo universalismo, sino su profundización mediante un regreso al universalismo nacional de los profetas de Israel. "Jerusalén" se levantará en el corazón de Europa, pero al comienzo de su instauración será el establecimiento de un Jerusalén judío absolutamente concreto, un Sión que irradiará por todo el mundo su verdad y su justicia.

En la Gnosis de Hess, el papel que la ley universal del Todo asignaba a Inglaterra en 1847 bajo la forma de necesidad histórico-económica se lo asigna en 1862 a Sión bajo la forma de providencia divina impulsora de la alianza entre el pueblo judío y la tierra palestina. El mismo papel mesiánico, en definitiva, que la Gnosis engelsiana de Lenin asignará a Rusia como "eslabón débil de la cadena imperialista"; el papel de "patria" y cabeza de puente de la revolución mundial, de Sión irradiador de la instauración universal del Reino de Dios en la Tierra.

En la carta IX Hess armoniza su concepción mesiánica de la historia con su nacionalismo racial sobre la base de gnosticismo organicista en que desembocaron sus estudios de geología, biología y antropología:

"Hasta la Revolución Francesa, el pueblo judío fue el único pueblo en el mundo que tenía simultáneamente una religión nacional y una religión humanitaria. Fue a través del judaísmo como la historia de la humanidad se convirtió en una historia sagrada. Me refiero con esto al proceso de desarrollo orgánico unificado que tiene su origen en el amor de la familia y que no será completado hasta que la totalidad de la humanidad se convierta en una familia, cuyos miembros estarán unidos por el espíritu santo, el genio creativo de la historia, tan fuertemente como lo están los órganos de un cuerpo por las fuerzas naturales creadoras".

En ese proceso histórico-orgánico-religioso, son los pueblos, las razas, los protagonistas:

"Del mismo modo que la Naturaleza no produce flores y frutos de carácter general, ni plantas y animales en general, sino que produce tipos particulares de plantas y animales, así también el poder creativo de la historia sólo produce tipos de pueblos....Lo que encontramos en la historia de la vida social es una diferenciación primaria de tipos de pueblo que al principio, como las plantas, existen uno al lado del otro, luego, como los animales, luchan el uno contra el otro y destruyen o absorben el uno al otro, pero que finalmente, para volverse absolutamente libres, no sólo vivirán amistosamente el uno con el otro, sino el uno para el otro, preservando, al mismo tiempo, su tipo peculiar de identidad....La reconciliación de las razas sigue sus propias leyes naturales, que nosotros no podemos ni crear arbitrariamente ni cambiar...El problema principal en la actualidad es cómo liberar a las distintas razas y pueblos oprimidos, y cómo permitirles desarrollarse siguiendo su propio camino...La humanidad es un organismo viviente cuyos miembros son las razas y los pueblos. En todo organismo se están produciendo cambios continuamente. Algunos miembros, bastante importantes en el estado embrionario, desaparecen en el desarrollo posterior. Hay órganos, por otra parte, poco notables en la existencia antigua del organismo, que se vuelven importantes sólo cuando el organismo alcanza el punto final de su desarrollo. A ésta última clase de miembros de la humanidad orgánica (clase que es realmente la verdaderamente necesaria) pertenece el pueblo judío.

Hess deja meridianamente claro que "la realización del ideal histórico de nuestro pueblo en Palestina" incluye la creación de instituciones sociales modélicas"

"El primer mandamiento de Dios, que Él ha implantado en nuestros corazones como creador de todas las razas, la fuente y principio básico de todos los demás que constituyen el patrimonio de nuestro pueblo es que tenemos que practicar nosotros mismos la ley que tenemos por misión enseñar a otros pueblos históricos. El mayor castigo que ha caído sobre nosotros por desviarnos del camino trazado para nosotros por la divina providencia, el que siempre ha sido más opresivo para nuestro pueblo, es que, desde que perdimos la tierra, ya no podemos servir a Dios como una nación por medio de instituciones que ya no pueden ser continuadas y desarrolladas en nuestro exilio actual, en la medida en que éstas presupone una sociedad fundada en la tierra de nuestros antepasados. Sí, es la tierra lo que nos falta en orden a practicar nuestra religión.

Si es precisa la tierra, y el restablecimiento sobre ella de las instituciones sociales modélicas del antiguo Estado de Israel, para poder practicar la religión judía, es porque esta "religión", tal y como Hess la entiende, no tiene nada que ver con la religión cristiana de la escisión, sino que es una religión de la reconciliación y de la armonía inseparablemente vinculada con la política, es una teopolítica: su ámbito no es alguna esfera del culto y de la teología aislada de la sociedad, sino el mundo de una fe cuyo significado y propósito es transformarse en la actividad social viviente de un pueblo.

Es el cumplimiento final de esa misión lo que debe orientar la tarea de los asentamientos en Palestina.

Este "centro de actividad" en que deben convertirse, para Hess, las colonias judías en Palestina, es algo más que el "centro espiritual nacional" que reclamarán Pinsker y Ahad Ha´am: su tarea no debe ser sólo la "creatividad cultural", sino también la acción social; su objetivo no debe ser sólo "la reconstrucción de las ruinas de nuestro espíritu, sino también la renovación de las grandes ideas sociales de Israel a través de las instituciones de la vida comunitaria; su ámbito de irradiación no debe ser sólo los judíos de la diáspora, "la renovación del espíritu nacional en todos los corazones", sino todos aquéllos que han permanecido fieles a la tarea original y básica de Israel; realizar "los principios eternos" en su propia tierra y preparar el camino para la satisfacción de la esperanza mesiánica. El proyecto de Ahad Ha`am iba dirigido a lograr "la unidad del espíritu nacional", el de Hess, a conseguir "la unidad de teoría y vida", lo cual "sólo puede ser realizado en sus instituciones sociales por una nación que se auto-organiza políticamente".

Ése es, para Hess, el fundamento y el objetivo de "la restauración del

Estado judío" en Palestina, una tierra cuyas especiales condiciones geográficas le asignan una importancia de alcance mundial: "centro geográfico de la civilización". Palestina se halla en "la ruta futura a la India" y ocupa un lugar privilegiado para reconciliar "la cultura moderna occidental con la antigua cultura oriental".

Esa grandiosa visión del futuro de Israel no le impide a Hess tener muy presente cuáles deben ser los primeros pasos -"la fundación de colonias judías en la tierra de sus antepasados"- y cuáles deben ser las condiciones concretas que deben reunir: en primer lugar "la adquisición del suelo nacional como posesión común" por el pueblo.; en segundo lugar, " el esfuerzo por establecer condiciones legales bajo cuya protección pueda prosperar el trabajo", y en tercer lugar, "la fundación de sociedades judías para la agricultura, la industria y el comercio de acuerdo con los principios Mosaicos, es decir, socialistas".

Hess explica -en sus diez Cartas sobre la misión de Israel en la Historia Humana- las primeras etapas de la nueva constitución de Israel:

"Cuando los primeros pioneros Israelitas tomen posesión de su antigua patria y comiencen a cultivarla con el propósito abiertamente admitido de establecer los fundamentos para el asentamiento político y social {entonces habrá llegado el momento} de elegir un gran Sanhedrín con el fin de alterar la ley con las necesidades de la nueva sociedad.

De ese modo comenzará, según la carta X de Roma y Jerusalén, la era Mesiánica:

"Esta época empezará, de acuerdo con nuestra religión histórica, con la era mesiánica. Esta es la era en la que la nación judía y todas las demás naciones históricas se alzarán otra vez a una nueva vida, el tiempo de la "resurrección de los muertos", de "la llegada del Señor", de la "nueva Jerusalén", y de todas las demás expresiones simbólicas cuyo significado ya no puede ser malentendido. La era Mesiánica es la época actual, que empezó a germinar con las enseñanzas de Spinoza y alcanzó finalmente existencia histórica con la Revolución Francesa. Con la revolución francesa empezó la regeneración de aquellas naciones que adquirieron su religión histórica nacional sólo a través de la influencia del judaísmo".

El final de la carta X deja pocas dudas sobre la importancia del mesianismo racial, nacional y socialista (¿nacional-socialista?) en la obra de Moses Hess: "Encontrarás, estimada amiga, que la concepción del mundo aquí delineada es la base permanente de todas mis obras. Nunca he tenido otra desde que empecé a escribir. Es el alma de mis aspiraciones. Su realización es la obra de mi vida".

(Fuentes: J.Aranzadi: El escudo de Arquíloco)