Si no el racismo, sí al menos el racismo teórico de Hess queda meridianamente claro en el parágrafo V del Epílogo, titulado "La última dominación de la raza":
"Las tendencias de la vida social son, como las concepciones espirituales, creaciones típicas y primarias de la raza. La totalidad del pasado histórico de la humanidad se movió únicamente en el círculo de la lucha de razas y de clases. La lucha de razas es la principal, y la lucha de clases es secundaria. La última raza dominante es la raza alemana".
Hess continúa exponiendo que, gracias al pueblo francés, que ha logrado suprimir los antagonismos raciales y erradicar toda forma de dominación racial dentro de los límites territoriales de su nación, "la lucha de razas está llegando a su fin", y con ella también la lucha de clases, de tal forma que "la igualación de todas las clases de la sociedad seguirá necesariamente a la emancipación de las razas" y se convertirá en una simple "cuestión científica de economía social".
Pero para llegar a esa paradisíaca era será preciso pasar por una guerra escatológica que Hess anuncia con acentos proféticos, como una guerra de razas:
"Parece que una guerra racial final es irreversible, si los políticos alemanes, incapaces de hacer frente a la situación, no intentan oponerse a la tremebunda corriente reaccionaria que, finalmente, envolverá a Alemania en una guerra con las naciones románicas y atrapará a los demócratas alemanes progresistas en una trampa de demagogia romántica...inflamando los instintos de raza dominante en los corazones de los señores de la guerra, que se consideran a sí mismos señores de la tierra por derecho divino y consideran al pueblo como sus esclavos heredados con arreglo a derecho".
Esa escatológica "guerra por la dominación racial" será sin duda muy perjudicial para el progreso, pero como resultado final de "la última guerra racial" no surgirá "ninguna nueva dominación de raza alguna y la igualdad de todos los pueblos históricos del mundo se seguirá como resultado necesario". ( Epílogo,V.pp.199-200).
¿Qué papel le corresponde a los judíos en ese escenario profético? Para Hess, los judíos son:
"una raza, una hermandad, una nación, cuya propia existencia es desgraciadamente negada por sus propios hijos, y que cada golfillo callejero considera como su deber despreciar, en tanto que carece de patria" (V.31); los judíos no son un grupo religioso, sino una nación separada, una raza especial y el judío moderno que lo niega no es sólo un apostata, un renegado religioso, sino un traidor a su pueblo, a su tribu, a su familia" (IV.17).
A Hess le resulta más fácil hacer esas proclamaciones enfáticas que aclararlas, justificarlas o definir mínimamente lo que entiende por "nación". Aparte de sus supuestas características raciales (que Hess entiende claramente como un tipo físico, biológico, inalterable a través de los tiempos), y prescindiendo de su religión, las características culturales de los judíos que Hess describe son más bien las de la negación de una nación: los judíos niegan su propia existencia como nación (V.31). "rechazan a su raza porque oprime la pesada mano del destino" (V.27), "niegan su raza, cambian de fe o de nombre" (IV.14), "tratan de abandonar lo que piensan, es un navío que se hunde" (V.28), son "desleales a sus hermanos" (V.28), y actúan según el principio "Ubi bene, ibi patria" (V.27).
Por eso los judíos no son respetados y, en cierto modo, no merecen ser respetados: los europeos ven a los judíos como una anomalía porque son una anomalía, y la raíz de esa anomalía, la que hace que no sean respetados por más que puedan estar emancipados o asimilados, es que carecen de patria, no tienen tierra, no tienen suelo, y "sin tierra un hombre se hunde en el estado de parásito que se alimenta de otros" (XII.110).
En tanto que paradójica nación que se niega a sí misma, los judíos son poco más, para Hess, que una raza sin tierra. Porque carecen de tierra están condenados a la "anomalía social", al "parasitismo", al vagabundeo, a la autonegación y a no merecer respeto propio ni ajeno: es explicable, por tanto, que se bauticen, que se asimilen, que se disfracen, que se cambien el nombre, que se nieguen a sí mismos. Pero en ese proyecto emancipatorio de asimilación topan con una frontera que lo hace imposible: su raza y las otras razas, su imposibilidad de cambiar físicamente y la determinación racial del comportamiento de los otros pueblos, la inevitabilidad biológica -por ejemplo- de la conducta antisemita de los alemanes.
¿Dónde buscar una salida a este trágico dilema?, ¿en la religión quizá, en el judaísmo? No desde luego en el judaísmo reformado, que no es, para Hess, más que un pseudocristianismo vergonzante. Tampoco en el judaísmo ortodoxo, en los fundamentalistas fanáticos que rechazan todos los aspectos de la vida secular moderna y se niegan a aceptar el potencial emancipatorio de la ciencia. Es preciso encontrar una alternativa a estas dos versiones acartonadas y estériles del judaísmo, una alternativa que -como el hasidismo- ponga en contacto al pueblo vivo con la tradición y sea capaz de extraer la "semilla mesiánica" de la "cáscara rabínica" y ofrecerle una tierra en la que pueda germinar. Esa alternativa es el sionismo y su condición de posibilidad es la conservación de la tradición bajo la religión judía: los judíos no son un grupo religioso, son -lo quieran o no- una raza, son una nación que se niega a sí misma, y serán una hermandad si conservación su religión y recuperan su tierra.
La idea central es muy simple: los judíos no son una nación como los demás, son una nación "negada" -y renegada, una nación de renegados- porque carecen de tierra; luego la regeneración del pueblo judío pasa por la recuperación de su tierra, el "renacimiento nacional" es inseparable de la "reconstrucción de la tierra".
Pero no hay "renacimiento nacional" sin recuperación de la salud social, sin un retorno a la vida comunitaria basada en el trabajo productivo, y la primera condición para curarse del "parasitismo" de los judíos sin tierra es "un suelo nativo común", una tierra propia que labrar.Sin embargo, estas ideas quedan cojas sin otra que le da su pleno sentido y que Hess desarrolló más ampliamente en un tratado escrito en francés después de Roma y Jerusalén, a modo de suplemento de este libro: los judíos verdaderos, los judíos fieles, necesitan la tierra para algo, para cumplir una misión, para "realizar el ideal histórico de nuestro pueblo, un ideal que no es otro que el Reino de Dios en la tierra". Lo que esto significa es que el ideal mesiánico judío no se refiere al otro mundo, sino a éste. Es la tierra, esta tierra, este mundo, lo que ha de convertirse en el Reino de Dios; y es para poder cumplir esta tarea de establecer el Reino de Dios para lo que los judíos necesitan un suelo bajo sus pies, su propio y nativo suelo, una tierra sobre la cual levantar una vida independiente, autodeterminada, una vida de acuerdo con la voluntad de Dios. Hess se opone aquí tanto a la fe mesiánica espiritualista predominante en el judaísmo occidental como a los planes meramente nacionalistas, no-mesiánicos, anti-mesiánico, de restaurar una Palestina judía que sea un estado como los demás, una nación como las demás, que deniegue u olvide la tarea mesiánica supra-nacional de la nación judía.
(Fuentes: J.Aranzadi: El escudo de Arquíloco)







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