El nacionalismo sionista (XI).
Bruno Bauer, Carlos Marx y Moses Hess ante La cuestión judía.
(II)
Un problema distinto, que aborda la Segunda Parte de La cuestión judía, es la relación de la religión, judía y/o cristiana, con la emancipación humana. Dado que es la respuesta de Marx a esta segunda cuestión la que ha merecido el diagnóstico casi unánime de antisemita, no está demás que pospongamos su análisis al previo conocimiento de los presupuestos teóricos que, a la hora de afrontarlo, comparte con el fundador del sionismo, con Moses Hess.
Con objeto de comparar itinerarios teóricos de Marx y de Hess, comencemos por recoger brevemente el del primero hasta la redacción de la primera parte de La cuestión judía. El punto de partida de Marx es una identificación un tanto sui generis con la autoafirmación "subjetiva" de la libertad característica de las filosofías helenísticas de la "conciencia desdichada" que Hegel había parangonado con el cristianismo. En un principio, su voluntad de transformar la realidad se apoyó en una corrección de la filosofía hegeliana del Estado que asignaba a una "filosofía liberal", contrapuesta a una "filosofía positiva", la tarea de "exteriorizar" su contenido abstracto frente al carácter irracional del mundo, con objeto de que ambos se fundieran en un "momento esencial" de la historia en que el mundo devendría racional y la filosofía adquiriría el carácter de totalidad concreta. La tarea práctica que en consecuencia se le impuso ("mostrar lo racional a lo real" con objeto de que el Estado alcance al fin su esencia: la realización de la Razón") asumió la forma política de la crítica pública a través del periodismo en el órgano de la burguesía liberal alemana, la Gaceta Renana. La supresión de ésta en marzo de 1843 (punto final de la revolución reaccionaria del Estado prusiano) dio al traste con este Marx filósofo racionalista y periodista liberal, sumiéndole en una situación de frustración práctica que había de provocar necesariamente un proceso de revisión crítica de los fundamentos de su concepción filosófico-política, principalmente del sector de ésta en que más directamente había fundamentado su acción: la filosofía hegeliana del Estado.
Como resultado de esa revisión (Crítica de la filosofía del Derecho de Hegel), Marx pasa inicialmente por una fase democrática-humanista, caracterizada por situarse en el campo teórico inaugurado por la inversión feuerbachiana del hegelianismo: Marx extiende al Derecho y al Estado la teoría de la enajenación (reducida hasta entonces al terreno de la religión), y mediante un triple movimiento teórico (crítica de la enajenación en el Estado, crítica de la oposición entre Estado y sociedad civil, crítica de la propiedad privada que genera esa oposición), fundamenta su alternativa política de "verdadera democracia": apropiación por la humanidad de su esencia enajenada en el Estado y consiguiente abolición de la oposición entre Estado y sociedad civil.
En la medida en que la "verdadera democracia" incluye la supresión de la propiedad privada, supone una implícita declaración de comunismo, aunque hasta su marcha a París a mediados de 1843, y como consecuencia del influjo teórico de Moses Hess y del contacto con el movimiento revolucionario francés, no se declarará Marx abiertamente comunista.
Hess lo había sido, como hemos visto, desde el comienzo de su carrera como escritor, y su evolución teórica había consistido básicamente, desde La Historia Sagrada de la Humanidad a La Triarquía Europea, en una sustitución del mesianismo judío por la inversión feuerbachiana de la filosofía hegeliana de la historia. Desde su temprana colaboración en la Gaceta Renana y en los Anales de Ruge, hasta la camaradería en las filas de la I Internacional, pasando por la común militancia en la Liga de los Comunistas y la contribución a algunos pasajes de La Ideología Alemana (los refrentes a Stirner, contra cuyo libro, El Único y su propiedad, había publicado Hess un folleto), Moses Hess fue probablemente, si descontamos a Engels, el más estrecho y prolongado colaborador teórico-político que tuvo Carlos Marx a lo largo de su vida, especialmente en sus primera etapas. Por más que esa complicidad no haya agradado ni a marxistas ni a sionistas, que se han esforzado por menospreciarla, no cabe minimizar el elevado grado de acuerdo que a lo largo de muchos años se produjo entre dos hombres de psicología tan dispar.
Como no cabe ocultar que, hasta 1847, fue Hess el que llevó la batuta del incipiente movimiento comunista y el que impulsó a sus camaradas de la Izquierda Hegeliana, incluidos Marx, Engels y Bakunin, a la adopción de las posiciones más radicales.
En sus artículos de la Gaceta Renana, a diferencia de los demás colaboradores de tendencia liberal o democrática, Hess exponía una doctrina comunista de inspiración feuerbachiana: la humanidad, tras tomar conciencia de que su verdadera naturaleza, enajenada en la religión, es su ser colectivo, debe crear formas sociales en armonía con ella e instaurar el comunismo, en el que la vida individual se confunde con la colectiva. En su opinión, el liberalismo, al limitarse a la lucha política, era incapaz de resolver el problema capital de la época, el problema social: lo que se necesitaba era una emancipación total, social y política a la vez.
Antes de marchar a París a finales de 1842 e ingresar allí en la Liga de los Justos, que había de convertirse poco después en Liga de los Comunistas, Hess había ganado para sus posiciones comunistas, entre otros, a Bakunin y al fiel amigo y colaborador de Marx, Federico Engels. Hasta su encuentro con Hess, este último había tenido una evolución teórica un tanto errática. Tras desprenderse de las ideas pietistas heredadas de su ambiente familiar y adherirse al liberalismo como fruto de sus contactos con el movimiento literario de la Joven Alemania, su acercamiento a la Izquierda Hegeliana estuvo impulsado por el impacto de la obra de David Strauss, por el influjo de las concepciones políticas del poeta judío, demócrata radical, Börne, y por la impresión que le produjo la contemplación de las míseras condiciones de vida del proletariado (Cartas del valle del Wuper). Su única participación en el combate filosófico de los Jóvenes Hegelianos fueron un par de folletos contra Schelling y largas conversaciones con el grupo de "Los Libres" de Berlín, liderado por Bauer y Stirner; según su propio testimonio, estaba sumido en el desconcierto teórico cuando Hess le convenció de que el comunismo era la consecuencia necesaria y la realización práctica del humanismo de Feuerbach y la única solución satisfactoria del problema social.
El influjo que Hess tuvo sobre Engels fue aún mayor que el que tuvo sobre Marx: algunos de los artículos que Engels escribió en Inglaterra, donde permaneció desde 1842 hasta finales de 1844, enmarcan sus análisis empíricos sobre La situación de la clase obrera en Inglaterra en una concepción general de la historia, heredada de La Triarquía Europea, que postula diferentes y específicos principios de desarrollo de la misma para los distintos países (económico para Inglaterra, político para Francia, filosófico para Alemania); el artículo que marca la culminación del desarrollo teórico de Engels en esta época, Esbozo de crítica de la economía política (1843), que precedió y estimuló las reflexiones de Marx en sus Manuscritos económico-filosóficos (1844), está claramente influido por un artículo anterior de Hess sobre La esencia del dinero, que fue la primera aplicación al terreno económico de la teoría de la enajenación. Durante su estancia en Alemania, en 1845, Engels y Hess colaboraron estrechamente, y los Discursos sobre el comunismo del primero testimonian que por entonces se hallaba más cerca del comunismo filosófico de Hess que del materialismo histórico y el comunismo proletario que Marx había empezado a elaborar.
En París, Hess intentó ofrecer a la Liga de los Justos una elaboración teórica que permitiera añadir fundamento filosófico a un movimiento comunista que él veía, hasta entonces, insuficientemente basado en la miseria de la clase obrera y en el mesianismo cristiano de Wetling, lo cual le valió la enemistad con éste. Los artículos que escribió en 1843 para las Veintiuna hojas de Suiza exponen un comunismo anarquista inspirado a la vez en Fichte (en su concepción del papel eminente de la actividad en la formación y la afirmación de la personalidad humana y en el desarrollo de la historia) y en Feuerbach: para Hess, la alienación denunciada por Feuerbach no es un fenómeno específicamente religioso, sino que tiene un carácter social; por eso, la crítica debe ir dirigida no tanto en contra de la religión como contra la sociedad burguesa y el régimen de propiedad privada que, a través de la búsqueda de ganancias y de la competencia que engendra, aísla a los hombres y los opone entre sí. Para abolir ese mal fundamental es necesario -escribía Hess,- reemplazar la sociedad burguesa por una sociedad a la vez anarquista y comunista, en la cual, por medio de la supresión del egoísmo, del Estado y de la propiedad privada, reinarán la libertad y la igualdad.
La coincidencia de planteamientos con Marx es por entonces absoluta:
"Hay que denunciar simultáneamente y sin miramientos la mentira de la religión y la de la política...La esencia de la religión y de la política reside en el hecho de que reducen la vida real, la vida del individuo concreto, a una abstracción, a un Universal, que no tiene realidad alguna fuera del individuo mismo".
Pero Hess va aún más lejos en su radicalismo: la anarquía, negación de todas las formas de Estado, monarquía o república, que defienden la desigualdad social, será engendrada por la realización conjunta del ateísmo y el comunismo. La Revolución Francesa se habría limitado a sustituir la tiranía del Monarca por la del Individuo: en lugar de reemplazar al monarca por la esencia de la humanidad, por la comunidad humana, lo reemplazó por el individuo aislado, del cual hizo un Dios, manteniendo así, a través del desarrollo de la competencia y del egoísmo, la desigualdad y la servidumbre.
En 1843, Hess envió a los Anales franco-alemanes un artículo, La esencia del dinero, que sólo llegó a publicarse en 1845, pero del que tuvieron amplio conocimiento, mucho antes de su publicación, tanto Engels como Marx, que reflejan su influencia en los artículos que escriben en esa época. Hess partía nuevamente de la idea fiechteana de que la actividad constituye lo esencial de la vida humana, pero ahora la concebía bajo la forma de actividad social, de trabajo. El desarrollo del trabajo es el desarrollo de la humanidad, que no ha tenido hasta ahora un carácter racional: la actividad social tuvo al principio un carácter inorgánico, debido al aislamiento de los hombres, después, cuando se estableció la propiedad privada, adquirió, en la antigüedad, la forma de la esclavitud; finalmente, en la sociedad moderna, la del asalariado, que es una nueva forma de esclavitud. La Revolución Francesa eliminó al suprimir las corporaciones, el vínculo entre la vida colectiva y la vida individual, y convirtió al individuo aislado y egoísta, en un fin en sí mismo, mientras que la sociedad, la colectividad, quedó reducida a la categoría de simple medio, de instrumento del que se sirve el individuo para realizar sus fines particulares. Escribe Hess:
"El individuo ha sido elevado al rango de fin, la especie rebajada al rango de medio; es la inversión de la vida natural humana...Sobre esta vida se basa la concepción natural que en la vida de la especie ve la vida real y en el individuo un simple medio de realizar ésta. Es una concepción invertida del mundo, que predomina en el régimen del egoísmo, reino de un mundo al revés".
Ese aislamiento y esa oposición entre los individuos engendró una lucha general entre los hombres, una exasperación de la competencia y el triunfo del egoísmo, sancionado por los Derechos del Hombre, que proclaman que el hombre verdadero es el individuo aislado y egoísta.
En la sociedad burguesa, donde la colectividad fue así destruida, se produce, bajo otro aspecto, la misma alienación de la esencia humana que en la religión
El dinero es para la vida práctica, en el mundo invertido, lo que Dios para la vida teórica de este mundo, es la fuerza alienada del hombre, su actividad vital vendida en pública subasta. El dinero es el valor humano expresado en cifras, el síntoma de nueva esclavitud, el estigma indeleble de nuestra servidumbre. Los hombres que podemos comprar y vender sólo somos esclavos. La esencia del mundo moderno del negocio no es más que la realización de la esencia del cristianismo...No había más que elevar la alienación práctica de la vida, como la alienación teórica, a la altura de un principio, para instaurar en la tierra el reino del egoísmo celestial. Y así se hizo. Se sancionó el egoísmo práctico, haciendo de los hombres individuos aislados y declarando que el hombre verdadero era el hombre abstracto...la propiedad fue igualmente santificada...Cualquiera que sea nuestra liberación teórica de la conciencia de este mundo invertido, mientras no nos liberemos prácticamente de éste mundo, deberemos alienar continuamente nuestra esencia, nuestra vida, nuestra actividad; para poder proseguir nuestra miserable existencia necesitaremos comprar incesantemente, al precio de nuestra libertad, nuestra existencia individual".
Así como la supresión de la religión permite que el hombre recuperar su esencia alienada en Dios, la supresión de la propiedad privada y de la dominación del dinero devolverá al hombre su verdadera naturaleza, mediante la organización de la vida colectiva. Esta organización, piensa Hess, es posible desde ahora, debido a que los hombres que dominan las fuerzas de la naturaleza pueden, por medio de la instauración de un orden social nuevo, por el establecimiento del comunismo, regular racionalmente la producción, y con ella la vida social.
Hasta aquí hemos dejado hablar a Moses Hess. Si ahora volvemos la vista a la Segunda Parte de La cuestión judía de Marx, no dejará de llamarnos la atención la repetición de los mismos temas (la denuncia de los derechos humanos como derechos del individuo burgués, egoísta y aislado, frente al carácter ilusorio, religioso, de los derechos del ciudadano; La Revolución Francesa y la constitución del Estado político como proceso paralelo a la disolución de la sociedad burguesa en individuos independientes, etc.) e incluso de las mismas fórmulas.
"La necesidad práctica, el egoísmo, es el principio de la sociedad burguesa y se manifiesta como tal en toda su pureza tan pronto como la sociedad burguesa alumbra totalmente de su seno al Estado político. El Dios de la necesidad práctica y del egoísmo es el dinero... El dinero humilla a todos los dioses del hombre y los convierte en mercancía. El dinero es el valor general de todas las cosas, constituido en sí mismo. Ha despojado, por lo tanto, de su valor peculiar al mundo entero, tanto al mundo de los hombres como al de la naturaleza. El dinero es la esencia del trabajo y de la existencia del hombre, enajenada de éste, y esta esencia extraña le domina y es adorada por él... La concepción de la naturaleza es forjada bajo el imperio de la propiedad y el dinero es el desprecio real, la degradación práctica de la naturaleza".
Hay una cosa que, ciertamente, no esperaríamos encontrar en Moses Hess y que aparece profusamente en el artículo de Marx: algunas frases que habría que reinsertar en los puntos suspensivos del párrafo más arriba citado, como:
"El dinero es el celoso Dios de Israel, ante el que no puede legítimamente prevalecer ningún otro...El Dios de los judíos se ha secularizado, se ha convertido en Dios universal. La letra de cambio es el Dios real del judío. Su dios es solamente la letra de cambio ilusoria".
(Fuentes: J.Aranzadi: El escudo de Arquíloco)







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