El nacionalismo sionista (IV).
Antisemitismo y sionismo cultural.
Estos problemas están, sin embargo, todavía muy lejos de los dos manifiestos inaugurales del sionismo político, que se presentan explícitamente como una reacción al recrudecimiento del antisemitismo: Pinsker escribe bajo el impacto de los pogroms rusos de 1871 y 1881. Hertzl lo hace traumatizado por el "affaire Dreyfus". Ambos ven en ese antisemitismo revitalizado e ideológicamente renovado (un antisemitismo racista, de fundamento naturalista, biologista, que –más que sustituir- se añade al tradicional antijudaísmo religioso, cristiano) un claro testimonio del fracaso de la política liberal-democrática que, desde la Revolución Francesa, había venido impulsando de modo inconsecuente y con muchas vacilaciones, retrocesos y contradicciones, la emancipación legal de los judíos, la supresión de su discriminación por motivos de religión, y su asimilación cultural, el abandono de su religión y de su "cultura" étnicamente diferenciada, para incorporarse plenamente a la cultura cristiano-liberal y a la Ilustración.
Así como el nuevo antisemitismo biologista pasaba a definir a los judíos por su "raza" más que por su religión, así también –en simétrica respuesta- Leo Pinsker consideraba el antisemitismo como "una aberración psicológica hereditaria", como una "enfermedad incurable" transmitida durante 2000 años y contra la cual eran absurdo los razonamientos y argumentaciones en que confiaban los judíos liberales: eso hacía que, por más consecuente que llegara a ser la emancipación legal, la asimilación cultural fuera imposible y el judío estuviera condenado a permanecer como "el extranjero por excelencia"
También Hertzl, pese a ser él mismo un judío asimilado y u hombre de éxito, consideró que la asimilación no había funcionado y que, pese a las leyes emancipatorias, "la fuerza se impone al derecho" y es "la mayoría la que decide quién es el extranjero: esto, y todo lo demás en las relaciones entre los hombres, es cuestión de poder". Para Hertzl, "la cuestión judía no es una cuestión social o religiosa, aun cuando tome éstas u otras formas ocasionalmente: es una cuestión nacional"; pero con ello no quiere decirse sino que "lo quieran los judíos o no, son un pueblo, un pueblo ligado por su aflicción; sus enemigos lo hacen un pueblo, independientemente de sus deseos".
La reacción al antisemitismo es común a ambos sionismos; el de los judíos de la Europa oriental y el de los judíos de la Europa central y occidental, pero es muy distinto, sin embargo, el grado de emancipación política y de asimilación cultural de unos y otros. A lo largo del siglo XIX, los judíos occidentales, especialmente los judíos alemanes –principales promotores de una Reforma religiosa y una "Ilustración judío-alemana" (Haskalah) que tuvieron en Moses Mendelssohn sus símbolos y su iniciador- intentaron, y lograron, borrar con rapidez toda huella de su cultura étnico-religiosa y convertirse en verdaderos patriotas alemanes o franceses, representantes por antonomasia de la intelectualidad liberal, demócrata, socialista y comunista.
Los judíos reformados convertidos a una "religión racional" desritualizada que fue vista por los ortodoxos como una cristianización progresiva de la Sinagoga, conducente a la irreligiosidad y el ateísmo, sostenían que "los judíos no eran un pueblo, pues habían dejado de existir como nación dos mil años atrás…se indignaban cuando un antisemita como Rüsh decía que constituían todavía una nación". Los sionistas les convirtieron en blanco principal de sus ataques.
Los judíos orientales, por el contrario, principalmente los rusos y polacos, gozaron de un grado de emancipación político-legal mucho menor, por no decir nulo, y lejos de seguir un proceso de asimilación cultural semejante al abrazado por sus hermanos occidentales, protagonizaron una revitalización "nacional" de carácter tanto religioso, continuación del hasidismo emocionalista y mesiánico del siglo XVIII, como étnico-cultural. Renacimiento del hebreo e intensificación de la expectativa más o menos "secularizada" de la restauración mesiánica de Sión.
Ya en la temprana fecha de 1862 (el mismo año en que aparece Roma y Jerusalén, de Moses Hess), Hirsch Kalischer, rabino de Thorn, un pequeño pueblo del extremo nordeste de Alemania, publicó en hebreo un pequeño folleto, Drishat Tsión (Anhelando a Sión), en el que, apoyándose en la Biblia, en la Mishnah y en el Talmud, en general, defendía la heterodoxa opinión de que la redención de Israel no había de llegar como un milagroso y repentino advenimiento del Mesías, sino como resultado de los esfuerzos progresistas de los propios judíos. También en la década de 1860, el ruso Peretz Smolenskin, en una serie de artículos publicados en el periódico hebreo Hashajar (El amanecer), atacó la asimilación cultural y la Ilustración judía –especialmente a Mendelsshon- y defendió que los judíos seguían siendo un pueblo, una nación, si bien una nación espiritual que tenía en la Toráh (el Pentateuco) el fundamento de su nacionalidad; en su opinión, la fuente del antisemitismo era la falta de respeto de los judíos por sí mismos, y sólo un renacimiento nacional en la diáspora podía combatirlo eficazmente. En sus últimos ensayos, propugnó la emigración a Eretz Israel y la fundación de colonias agrícolas para "restablecer la unidad real del pueblo judío". También Ben Yehuda, que dedicó su vida al renacimiento del hebreo, llegó finalmente a la conclusión de que no había futuro para ese idioma en la diáspora y de que sólo podría florecer si la nación revivía y retornaba a su patria.
Por diferentes vías, el renacimiento cultural de los judíos de la Europa oriental desembocaba en un sionismo "práctico" –así se llamó al que enfatizaba la necesidad de la emigración a Palestina y de la colonización agraria- que encontró su formulación programática más clara en el ensayo de Pinsker Autoemancipación, y que acabó plasmándose en el movimiento Jovevei Tizón (Amantes de Sión). Este sionismo "práctico", cuyos iniciales fracasos en Palestina llevaron a Asher Ginzberg, Ahad Ha`am, a formular lo que se llamó sionismo "espiritual" (la postulación de que Palestina no debía ser la base política o económica del pueblo judío, sino su "centro cultural y espiritual"), se diferenció inicialmente del sionismo "político", centrado en la actividad diplomática, que caracterizó a Hertzl y a los principales líderes occidentales del movimiento sionista que Weizmann presumió de conciliar ambos en lo que llamó sionismo "sintético"
Vemos pues que, desde sus orígenes en Pinsker y Hertzl hasta su triunfo final que sólo el exterminio nazi posibilitó, el destino del sionismo político estuvo estrechamente ligado a los avatares del antisemitismo europeo. Una de las múltiples paradojas de ese destino es que lo que finalmente hizo aparecer como necesario el establecimiento del Estado judío fue la más extensa exacerbación del antisemitismo precisamente allí donde la asimilación cultural de los judíos había alcanzado sus cotas más altas: Europa central y occidental, especialmente Alemania. A lo largo de toda su historia, el sionismo había buscado, y encontrado, su base social de apoyo, su fuerza de masas, allí donde la ausencia de emancipación legal, el antisemitismo y la situación social marginal de los judíos hacían que la "cuestión judía" tuviera una sólida base objetiva, sociopolítica, religiosa y "nacional": la Europa oriental, especialmente Rusia y Polonia. De allí procedía la práctica totalidad de los emigrantes a Palestina, los sionistas "prácticos", y era principalmente la resolución del problema de los judíos orientales lo que buscaban los sionistas de Europa occidental, que eran en su mayoría judíos irreligiosos, "desnacionalizados" y culturalmente asimilados, muy poco dispuestos a cambiar su condición en la sociedad de los gentiles por el incierto destino de la emigración a Palestina.
(Fuentes: J.Aranzadi: El escudo de Arquíloco).







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