El nacionalismo sionista (III)

Después de lo ocurrido a los judíos en Occidente durante estos dos últimos siglos, después de sobre todo de su exterminio por los nazis, era inevitable que el establecimiento del Estado de Israel apareciera como absolutamente necesario para garantizar su derecho a la vida a millones de seres humanos que se consideraban a sí mismo judíos o a los que consideraban judíos los antisemitas.

Precisamente porque ésa es la única justificación, la más que sobrada justificación pragmático-vital que tuvo, y que quizá sigue teniendo, el Estado de Israel -la de constituir un refugio y una garantía contra el antisemitismo -, y porque creo, sin embargo, que su legitimación resulta extremadamente problemática desde cualquier ideología política secular que no sea un mal disfraz de la religión judía o cristiana, es por lo que pienso que esa necesidad de un Estado judío por motivos pragmáticos de supervivencia es el testimonio más irrefutable del definitivo fracaso ideológico, ético y político de la Modernidad ilustrada, la piedra de toque en las que tropiezan todas las ideologías políticas modernas.

Dicho de otro modo, la creación del Estado de Israel es una consecuencia de la incapacidad de Occidente para resolver "el problema judío" de acuerdo con los principios de la Ilustración, y su reconocimiento por el orden jurídico-político internacional de posguerra no puede por menos que implicar una sanción positiva a una legitimación étnico-religiosa del Estado difícilmente conciliable con los valores y principios de la ideología democrática.

Antisemitismo, sionismo político y territorialismo. (Conflicto entre el sionismo y los valores seculares, democráticos-liberales, de la Ilustración).

El sionismo político, en su modalidad "territorialista" (la reivindicación para los judíos de un "hogar" propio, de una "tierra" en la que establecerse, que no tenía por qué ser necesariamente Palestina), tiene una doble acta de nacimiento, un bautizo ideológico independiente entre los judíos de la Europa oriental y los de la Europa central y occidental: Auto-Emancipación (1882) del doctor Odessa Leo Pinsker, y El Estado Judío (1896) del escritor vienés Theodor Hertzl.

Sión es el término bíblico que designa "la ciudad del gran Rey" (Salmos 48.3), es decir, de Dios en tanto que Rey de Israel. El concepto mesiánico de Sión como una misión sagrada, como la promesa divina del establecimiento de una sociedad justa que incide el reino de Dios en "tierra santa", resuena en las profecías bíblicas ("Y Él reunirá a los dispersos de Israel..de los cuatro extremos de la tierra"; "Y Yo os reuniré de los países donde estáis dispersos...os llevaré a la tierra de Israel") de las que se hace eco la plegaria judía que no dejó nunca de oírse en los hogares de la Diáspora: "El año que viene, en Jerusalén". El concepto y la promesa de Sión es central en el pensamiento bíblico, dominó así mismo el pensamiento talmúdico, inspiró a los pensadores judíos medievales y a los cabalistas y estimuló activamente movimientos mesiánicos como el de Sabbtai Sevi en el siglo XIX. Para la cultura judía de la Diáspora, Sión connotaba el matrimonio "sagrado" del pueblo "elegido" con la "tierra prometida; es decir, Sión no puede establecerse, para un judío religioso, más que en Palestina.

En este sentido, ni Pinsker ni Hertzl fueron estrictamente "sionistas" en sus respectivos manifiestos inaugurales: en la medida en que se limitaron inicialmente a reivindicar para los judíos un "territorio" en el que pudieran vivir libres del antisemitismo (Hertzl discutía abiertamente las respectivas ventajas e inconvenientes que, para ello, reunían Palestina y Argentina), ambos fueron "territorialistas". Los dos se inclinaron pronto por Palestina, y se hicieron por tanto sionistas, aunque Hertzl no desestimó en 1903 la posibilidad de establecer provisionalmente colonias judías en Uganda como medida de emergencia y como paso previo al definitivo asentamiento en Palestina, única tierra que merecía el nombre de Sión.

Sin embargo, para los sionistas de inspiración religiosa o simplemente "nacionalistas", tanto Pinsker como Hertzl siguieron siendo siempre "territorialistas", porque su elección de Palestina como la "patria", el "hogar", el "refugio" de los judíos, como el territorio en el que construir un Estado -o lo que fuere preciso para ponerse a salvo de la persecución y la constante amenaza antisemita- no obedecía a razones de principio, no era algo necesario, exigido por imperativo divino o por la propia naturaleza del "pueblo judío", sino algo libremente elegido por motivos de conveniencia.

Fue el rechazo al "proyecto Uganda" en el séptimo congreso sionista (1905) lo que dio origen a la escisión de los "territorialistas" más consecuentes que, liderados por Israel Zangwill, fundaron en Londres la Organización Territorial Judía y proclamaron que los intereses vitales del pueblo judío no se encontraban en Palestina ni había conexión orgánica alguna entre el sionismo y Palestina. Hasta su disolución en 1925, la OTJ organizó una expedición a Angola e investigó la posibilidad de asentarse en Tripolitania, Texas, México, Australia y Canadá, sin que ninguno de esos proyectos prosperase. Diez años más tarde, se organizó la Liga de la Tierra Libre, un movimiento "neo-territorialista" que estaba dispuesto a aceptar la autonomía cultural y religiosa de los judíos sin insistir en la independencia política. El líder de los "terriorialistas", Israel Zangwill, fue posteriormente uno de los más duros críticos de la "ignorancia" sionista de que Palestina no estaba vacía: en su opinión, si no se compensaba adecuadamente a los árabes por las tierras que ocupaban los emigrantes judíos en Palestina, el futuro no vería "el surgimiento de un Estado judío, sino sólo de un Estado de fricción".

Como se ve, los primeros sionistas estaban muy lejos de proclamar el derecho del "pueblo judío" a un indefinido "territorio palestino": ni el derecho divino, ni el derecho natural, ni el derecho histórico, ni un inexistente derecho positivo de las "nacionalidades". Tan lejos como estaban de reclamar un derecho equivalente los pobladores árabes de Palestina, carentes por entonces -como los judíos- de modalidad alguna de autoconciencia "nacional": ni árabe, ni musulmana, ni -mucho menos- "Palestina". Tanto el nacionalismo sionista como el nacionalismo árabe -y, bastante más tarde, el nacionalismo palestino- habrían de configurarse en el transcurso del conflicto entre judíos y árabes en Palestina; como efecto, en gran medida, de ese conflicto generado por la creciente migración judía, generada a su vez por el antisemitismo europeo en una cadena de causas y efectos que conviene no cortar arbitrariamente para no perder de vista dónde se sitúa la responsabilidad inicial.

Esto no quita que, desde el principio, los sionistas previeran que "la cuestión árabe" iba a ser uno de sus principales problemas. Ya en 1862, en Anhelando Sión, el rabino Hirsch Kalischer, discutiendo las posibles objeciones a su propuesta de colonización judía de Palestina, se preguntaba si no robarían los bandidos árabes las cosechas de los campesinos judíos. En 1905, el agricultor y maestro Itshak Epstein planteó con claridad en el séptimo congreso sionista que la cuestión árabe era el problema más importante que tenía que afrontar el sionismo, y que la mejor solución era una alianza entre árabes y judíos, "esos dos viejos pueblos semitas". El filósofo sionista Martin Buber sería uno de los más decididos defensores de esa política de alianza árabe-judía, hasta el punto de convertir "la actitud de Israel hacia Ismael" en test de la autenticidad de Sión; fue uno de los fundadores, en 1925, del grupo Brit Shalom (Alianza de Paz), cuyo objetivo era la creación de una simbiosis pacífica de judíos y árabes en Palestina como pueblos con derechos iguales en una comunidad binacional.

En el polo opuesto se situaban quienes, como Lichtheim, proclamaban con claridad, desde 1914, que "las aspiraciones nacionales de los sionistas y de los árabes palestinos eran irreconciliables". Fue el revisionista Jabotinsky el que llevó al extremo esta postura y la formuló con la máxima crudeza: no sólo había un "conflicto natural" entre árabes y judíos, sino que además ese conflicto estaba destinado a agravarse por la necesidad de obtener, mediante la colonización militarizada, una mayoría judía en el Estado judío a crear; y los "territorialistas" –añadía- no podrían evitar un problema similar en cualquier lugar que escogieran como "refugio" y "hogar" de los judíos perseguidos, porque "no hay lugares vacíos en el mundo, y los judíos encontrarían oposición de la población nativa hasta en Uganda"

En medio de ambas posturas, Weizmann declaraba en 1917 que "las relaciones con los árabes no ocupaban todavía un lugar preponderante en la lista de prioridades sionistas", pero que, en cualquier caso, "los sionistas no podían entrar al país como junkers; no podían ni querían darse el lujo de echar a otro pueblo….No quiero que en Palestina tratemos a los árabes de la manera como los polacos tratan a los judíos". Política de buenas intenciones, sometida a las exigencias de la diplomacia, que se esforzaba por evitar la contestación de preguntas tan incómodas como las que el sociólogo Gumplowicz hizo a Hertzl: ¿quieren fundar un Estado sin derramar sangre?, ¿a quién pertenece Palestina?

La fórmula sionista oficial ante el problema de los derechos territoriales, desarrollada en la década de 1920, es una muestra perfecta de la ambigüedad ideológica del sionismo al respecto: Palestina pertenecería, por un lado, a los árabes que la habitaban y, por el otro, a todo el pueblo judío, no sólo a la parte que residía en Palestina. Martín Buber creyó encontrar una solución al callejón sin salida en que desemboca la discusión sobre los derechos territoriales en términos históricos (los judíos actuales han llegado a Palestina después que los árabes actuales, pero los antepasados de éstos llegaron después que los antepasados de aquéllos): lo que daría derecho a la tierra no sería la mayor o menos antigüedad en su posesión, sino lo que se hace con ella (una especie de "legitimidad de ejercicio", opuesta a la "legitimidad de origen").

(Fuentes: J.Aranzadi: El escudo de Arquíloco)