Piel Blanca, Corazón de Piedra.

Colofón, ( I I ):
Este 25 de marzo se celebró el bicentenario de la abolición del tráfico atlántico de esclavos por parte del legislativo de Inglaterra. Como todo acto oficial, se celebró con toda la pompa que tan destacada ocasión amerita. El primer ministro británico, Tony Blair, ha aprobado un presupuesto de £20 millones para conmemorar la fecha. Hubo galas, fracs y ternos punta en blanco, champaña a granel, besos, sonrisas, palmaditas en la espalda. Muchas fotografías para la prensa. Luego vendrán los discursos, donde se elogiará, por supuesto, el espíritu benevolente de Inglaterra, que pletórica de humanismo y guiada por los excelsos ideales de la cristiandad, terminó con el tráfico humano, por motu propio, por obra de unos cuantos filántropos desinteresados. Un minuto de silencio. Unas cuantas lágrimas de cocodrilo. Blair ha expresado arrepentimiento por el rol de Inglaterra en el brutal tráfico, como ya lo ha hecho un par de veces, y dijo que el rol de Inglaterra en la esclavitud es cosa del pasado (aunque las riquezas y las miserias derivadas de éste no lo sean), dando a entender que esta potencia purgó sus culpas mediante el decreto de William Wilbeforce del 25 de marzo de 1807, según el cual se abolió el tráfico de esclavos, más no así la esclavitud.
Y por ventura que se han "arrepentido" de la esclavitud, aunque aún los políticos ingleses parecieran carecer de la estatura moral para pedir públicamente perdón (ni siquiera mencionemos las reparaciones o un análisis serio de la verdadera dimensión que tuvo la esclavitud en la historia de Europa). Pareciera ser que los ingleses han tardado un poquito más que lo que tardaron los alemanes en reconocer las abominaciones del nazismo, aunque, comparativamente, la esclavitud haya tenido un impacto mucho mayor, causado mucha más miseria y muertes en total –sin que jamás se haya reparado a sus víctimas, quienes aún sufren las consecuencias sociales y materiales del holocausto africano. Pero bueno, más vale tarde que nunca se dirá.
Por supuesto, no se habló en los discursos oficiales de las rebeliones de esclavos, del cimarronaje, de la Revolución Haitiana. Menos se hablará de las condiciones sociales y económicas que permitieron a Inglaterra abolir la esclavitud, manteniendo su supremacía económica intacta.
Como siempre, se invisibilizó el rol de las masas en lucha. Que no se oiga nada de esclavos alzados por favor. La sombra de los parlamentarios obscurece siempre el tosco rostro del esclavo rebelde. La tinta con que se firmó un decreto ahoga la sangre vertida por miles de cimarrones que conquistaron con sus venas abiertas el derecho a la libertad.
Muy poco, en concreto, se habló del tráfico humano actual, de los miles de seres humanos que hoy, en pleno siglo XXI siguen siendo vendidos, forzados a trabajar y traficados de distintas maneras, al amparo de un sistema perverso, el sistema capitalista, cuyo único objeto es maximizar las ganancias de unos pocos a costa del padecimiento de los muchos.
Lo más notable, como siempre, no ha sido lo que se dijo, sino lo que no se dijo. Esos silencios que gritan desde lo más hondo del alma. Lo importante no será quienes hablen, sino que la voz sofocada de aquellos que no pueden hablar, pero cuyo clamor se hace sentir ocasionalmente como estallido por las fracturas del sistema. Y el caso es que, si los de arriba no hablan, a los de abajo les toca entonces sacar su propia voz, buscar su propia historia. Pues en esa historia reposan siempre las claves para el futuro.
LA ESCLAVITUD: CIMIENTO DE LA MODERNIDAD
"El tráfico de esclavos es la única rama del comercio que presenta perspectivas de ganancia. La necesidad de esclavos de las colonias es tan grande, que siempre serán recibidos con agrado" (Chaurand Fréres, Nantes, 1782)[2]
El tráfico humano, la esclavitud, es un fenómeno que no es nada nuevo. En casi todos los rincones del mundo, desde tiempos inmemoriales, ha existido. Todas las civilizaciones de la antigüedad se sustentaron en la esclavitud. Blancos, negros, amarillos, todos a su momento padecieron de esta abominación de la historia humana. En la Edad Media, los vikingos alcanzaron notoriedad con sus incursiones esclavistas en tierras eslavas y en las islas del mar de Irlanda, y las ciudades-Estado italianas florecieron al calor del comercio de esclavos. No fue sino hasta entrado el siglo XIII que el esclavizar a otros cristianos fue mal visto en Europa.
Paralelamente, los árabes participaron desde el temprano medievo en el tráfico de esclavos desde el Africa subshariana. Con el desarrollo de la navegación en el siglo XV, y con el consecuente impulso a conquistar el mundo que desarrollaron los imperios de España y Portugal, Europa por primera vez entraba en contacto directo con el África subsahriana (los reinos en el Congo, Guinea, Benin, Angola –áreas geográficas mucho más amplias y no tan demarcadas, como las actualmente comprendidas por los países de tales denominaciones). Entonces, poca gente habría tenido la clarividencia para adelantar la inmensa tragedia que habría de desencadenarse durante los siguientes cuatro siglos. Con la incorporación de las potencias europeas al tráfico esclavista, operó una transformación cuantitativa de tal magnitud en éste, que se convirtió en un cambio verdaderamente cualitativo en cómo se desarrolló el esclavismo hasta ese entonces. Efectivamente, el tráfico de esclavos había sido una realidad antes de la llegada de los europeos a las costas de Guinea; pero este tráfico había sido de carácter marginal, uno entre muchos de los artículos del comercio que habían unido a África con el resto del mundo. Durante los siguientes cuatro siglos, la escala de este tráfico se incrementó exponencialmente, con lo que la importancia relativa de éste asumió dimensiones gigantescas que terminaron por desplazar, casi por completo, a otros artículos de comercio africano: África, desde entonces, quedaría reducida a la monoproducción de mano de obra esclavizada. No es necesario ser adivino para imaginar los nefastos efectos que esto acarrearía.
[2] Citado en "The Slave Trade (the History of the Atlantic Slave Trade 1440-1870)", Hugh Thomas, p.486 Ed. Papermac, 1997.
”









cerebrino dijo
Hola Jose:
No soy historiador, solo lector, pero creo que también España se enriqueció con este tráfico vil, y más concretamente ciertas órdenes religiosas.
A Dios rogando y con el mazo dando.
17 Abril 2008 | 01:02 PM