Ventana de Opinión. La Nueva Izquierda.
¿Las dos Españas o la España a la contra? ( III )
Jose Antonio Cerrillo Vidal
Rebelión !6 de marzo de 2008
Hay quienes opinan, como el director del diario Público Ignacio Escolar, que el PP ha tocado techo electoral en los alrededor de 11 millones de votantes que ha logrado en estas elecciones, que son muy similares a las de comicios anteriores. Es posible. Personalmente soy más pesimista. Porque el bloque de votantes del PP es más sólido y su mensaje potencialmente más atractivo, o al menos más fácilmente permeable. Y lo que es peor, los grupos sociales que forman su base social tienden a crecer, en especial las clases trabajadoras en riesgo que antes mencionábamos. La enorme importancia que tienen en nuestra economía dos sectores fuertemente precarizados y dependientes de los ciclos como la construcción y el turismo así lo indican. Por no mencionar ciertos colectivos inmigrantes, en especial los procedentes de Europa del Este, quienes, por increíble que parezca a tenor del discurso xenófobo del PP, parecen más proclives a este partido que a ningún otro, según los escasos datos disponibles al respecto. También resultará interesante observar a donde ha ido el voto joven, quizás nos llevemos la sorpresa de comprobar que quizá tengamos que dejar de asimilar la juventud a la izquierda. En este contexto, considero que el PP va a seguir teniendo un margen de crecimiento superior a cualquier otra fuerza política, al menos si todo sigue evolucionando como en los últimos años. Y aunque no fuera así y efectivamente el PP se estanque en once millones de votos fanáticos, ¿puede un país sostenerse así?, ¿es posible una democracia en la que una parte importantísima de la población y uno de sus dos partidos mayoritarios se enroca permanentemente en un reaccionarismo exacerbado? Cualquiera de los dos escenarios es poco halagüeño.
Obviamente, el futuro está abierto y muchas cosas pueden pasar para que cambie. Porque una cosa debe tenerse clara. El problema de la emergencia mundial de esta nueva derecha no está en el crecimiento de los grupos sociales que la sustentan. La causa está en la izquierda, por no haber sabido comprender que está sucediendo en el planeta ni como actuar frente a ello. Por haber permitido que la derecha conquiste a las clases en riesgo con el discurso del miedo y no con el del anticapitalismo, la solidaridad y la reivindicación. La izquierda está perdida, despistada no desde la caída del Muro de Berlín como suele decirse, sino desde que se agotase a finales de los 70 el ciclo largo de luchas iniciado en Mayo del 68, fenómeno que curiosamente coincide con la aparición de los primeros gobiernos neocon de Margaret Tatcher en Reino Unido y Ronald Reagan en EEUU. Por supuesto, en la socialdemocracia cabe poco o nada confiar dado que no es otra cosa que una fuerza del sistema, y como tal no puede salirse del guión neoliberal. Cada cierto tiempo trata de vendernos la ilusión de una supuesta renovación que en realidad no es más que retórica vacía: la Tercera Vía de Blair y Schroeder en los 90, el teóricamente nuevo republicanismo del PSOE de Zapatero inspirado supuestamente en el mediocre Philip Petit actualmente, el "we want change" de Barak Obama en un futuro. Todos ellos responden antes al desgaste de los gobiernos de derecha tras años de desvaríos que a verdaderos movimientos de regeneración política. Difícilmente podrían hacerlo desde la comunión con el poder del capital. Todos ellos cómplices de la aparición de esta nueva cosmovisión conservadora, con la que coquetean constantemente y con poco disimulo, lo que no deja de desplazar el centro del debate político hacia donde la derecha más rancia quiere. Un ejemplo tomado de la experiencia española: ¿se sorprende el PSOE del rechazo que suscitó en una parte importante de la población la negociación con ETA para buscar una salida pacífica al conflicto vasco? Era imposible que se comprendiese así como así la complejidad de un proceso como ese cuando el discurso público en torno a Euskadi lleva años marcado por el maniqueísmo, la manipulación y la simplicidad, de las que el PSOE ha participado plenamente. Si se educa a la ciudadanía en esos parámetros no puede esperarse una respuesta diferente, madura.
No menos culpable es la izquierda real, anticapitalista y antisistema, ya sea desde partidos o movimientos sociales. Seducida, prematuramente en mi opinión, por los valores de la llamada nueva izquierda o izquierda identitaria ha dejado de lado algunos grandes problemas de la sociedad contemporánea para centrarse en otros, sin duda no menos importantes, pero no únicos como en ocasiones parece por la sorprendente agenda de reivindicaciones que de corriente maneja. ¿Cómo es posible que siendo quizá el mayor problema de España no haya cuajado hasta hace menos de dos años un movimiento relativamente potente en torno a la vivienda digna?, ¿por qué no ha recibido atención alguna un movimiento original e innovador como el de los becarios científicos a pesar de ser el único capaz de cambiar en los últimos veinte años no una sino dos legislaciones laborales?, ¿dónde ha quedado la lucha contra las ETT?, ¿por qué no se ha considerado la situación de las personas dependientes y con discapacidad como una palanca de lucha?, ¿cuántas reacciones ha suscitado la privatización progresiva de los servicios públicos?, ¿cuándo vamos a afrontar que hemos de cambiar el modelo de sindicalismo e idear nuevas formas de presión que se adapten a la realidad del trabajo precario?, ¿cuándo vamos a aprender de la experiencia de Ralph Nader en Estados Unidos que siendo el consumo la relación social más importante de las sociedades contemporáneas puede ser también una formidable piedra de toque para la lucha? No niego en ningún momento que el maltrato a los animales, la autodeterminación de los pueblos, la conservación de hábitats naturales en peligro por la depredación capitalista o la solidaridad internacional sean temas que deban ser fundamentales para la izquierda anticapitalista. Sólo que algo falla cuando se manifiestan contra la construcción de una central térmica jóvenes estudiantes mientras los vecinos del pueblo se enfrentan a ellos por que la central creará puestos de trabajo. No quiere decir que haya que ponerse irreflexivamente de lado de esos vecinos, pero sí que no hemos sido capaces de ponernos en su lugar, comprender sus problemas y ofrecerles alternativas. No puede ser que abandonemos el debate sobre el modelo económico, la protección social y las condiciones de vida y de trabajo. Que sólo discutamos sobre lenguaje, interculturalidad, identidad, alimentación, paz, minorías, diferencia... que hablemos más de Cuba, Venezuela, Irak, Palestina o EEUU que de la propia España. En ese sentido me reafirmo: somos culpables de arrojar en brazos de la derecha a muchas personas, por no tener en cuenta las preocupaciones centrales de la mayoría de la sociedad.
Atrapada entre la nube de mosquitos de una multiplicidad de movimientos pequeños, aislados entre sí y en muchas ocasiones preocupados sólo de temas sectoriales, y los partidos que coquetean con el sistema, entre su pasado esclerotizado y una voluntad de llegar al futuro sin pasar por el presente, la izquierda se ha alienado de su base social natural: los débiles, los que sufren, los que tienen miedo, la sociedad civil. Hace ahora cuatro años escribí en este mismo medio un artículo en el que denunciaba que el descalabro electoral de Izquierda Unida respondía a una política errática, dubitativa, poco comprometida con lo que debe ser una izquierda real, más preocupada por lo que pensase el PSOE y en arañar votos y poder que en conquistar la hegemonía ideológica para cambiar la sociedad. También decía que seguir por ese camino, que era lo más probable, sólo significaría empeorar. El tiempo ha demostrado que mis intuiciones eran acertadas. Hoy pienso igual, pero acerca del conjunto de la izquierda, la partidaria y la no partidaria. Es hora de dejar de mirarse el ombligo. De dejar de hacer que hacemos para empezar a hacer. De elaborar estrategias y discursos. De superar la dispersión y apostar por la unidad en la diversidad. De proponer y movilizar y no sólo de debatir entre nosotros. De afrontar los problemas reales de la ciudadanía y apostar por que la realidad no sólo se puede, sino que se debe cambiar. De lo contrario, no tendremos legitimidad moral alguna para llevarnos las manos a la cabeza si se consuma el desastre.
”











pepetxu dijo
Un análisis profundo y didáctico. He leido con atención el artículo que divides en tres enytradas y me parace muy bueno, salvo en algún punto (creo que los nacionalistas volverían a pactar con el PP con tal de estar en primera línea), estoy de acuerdo con el autor, que me parece una persona con las ideas muy claras.
Agradezco, amigo José, que nos pongas delante de los ojos estos interesantes artículos que para muchos, en esta vida ajetreada que llevamos, pasarían desapercibidos.
Salud
17 Marzo 2008 | 01:58 PM