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La Vida ....... El río que nos lleva.

16 Marzo 2008

Ventana de Opinión. La Nueva Izquierda.

¿Las dos Españas o la España a la contra? (II )

Jose Antonio Cerrillo Vidal

Rebelión !6 de marzo de 2008

Porque, al contrario que le sucede al PSOE, el PP tiene un voto extraordinariamente firme. A muchos les sorprende que un discurso tan absolutamente conservador y autoritario como el del PP cale tanto en tanta gente. Obviamente se trata de personas con un nivel alto de estudios, empleos relacionados con actividades intelectuales y escaso contacto con otra realidad que no sea la suya. A mí mismo me suele costar comprenderlo, pese a que hace tiempo que tengo bastante claras las causas del fenómeno. Al menos desde que hace unos años trabajé como peón en un par de obras. Entonces comprobé alarmado como la mayor parte de mis compañeros mantenían discursos abiertamente xenófobos, sexistas y homófobos al tiempo que proclamaban su apoyo, casi fanático, al PP. Imagínense mi consternación, yo, joven estudiante de sociología, de tradición familiar de izquierda y formación marxista ortodoxa... ¡los proletarios de derechas! Después pasa uno a leer investigaciones serias sobre la cultura obrera y descubre que, realmente, aún en el máximo apogeo del movimiento obrero el proletariado siempre ha sido mayoritariamente racista y machista, por razones sociológicas perfectamente coherentes eso sí, pero que me permitirán no enumerar ahora para no liarnos más de lo estrictamente necesario.

Es la estructura de clases de la sociedad contemporánea, la del capitalismo post-fordista, la que, como nos muestran Robert Castel o Zygmunt Bauman, nos da la clave de tal giro tragicómico de la historia. Vivimos en la llamada sociedad de los tercios, marcada por el progresivo desmantelamiento de los dispositivos jurídicos de regulación del mercado de trabajo y de las instituciones públicas de redistribución de la renta y protección social que conformaban el Estado del Bienestar Keynesiano o Fordista. La nueva mercantilización de la sociedad da lugar a tres grandes clases sociales, no necesariamente equivalentes estadísticamente: una de excluidos del mercado, pobres de larga duración; otra de clases medias altas integradas en la nueva economía del conocimiento, de alta cualificación, familiarizados con la alta tecnología. Entre ambas se sitúa un amplio grupo de clases trabajadoras en riesgo. Gentes que no pueden prever su futuro porque dependen de los vaivenes del mercado de trabajo, y por tanto piensan sólo a corto plazo. Que pierden poder adquisitivo, por lo que celebran las bajadas de impuestos aunque ello signifique que empeoren los servicios públicos. Que no comprenden un mundo que cambia rápidamente y en el que parecen no tener lugar. Que en buena lógica se caracterizan por el miedo y la ansiedad perpetuas. Esto conduce a la paranoia, a ver la amenaza en todas partes y en ninguna: en el extranjero, el marginado, el diferente, el pequeño delincuente. Por eso entre ellos calan discursos que hablan de seguridad, de orden, de autoridad, de recuperación de tradiciones y grandezas pasadas, de normalidad, de lo que de verdad importa: los precios y no el cambio climático, la vivienda y no los derechos de los homosexuales, el paro y no el lenguaje sexista. ¿Les suena el perfil? Seguro que conocen a mucha gente que encaja en él como un guante. Se trata de un fenómeno mundial que no hace sino crecer: Bush, Sarkozy, Berlusconi, incluso el propio Putin... Todos ellos líderes populistas que manejan a la perfección este discurso simplón y agresivo, pero claro y firme, que tanto llega a estas amplias capas sociales que les votan masivamente, como al PP en España. El regreso de la ultraderecha a los parlamentos de media Europa debe interpretarse también en esta clave.

Y por supuesto, está la herencia de cuarenta años de dictadura franquista, que sigue pesando como una losa: en la cultura política nacional, tan pobre e inmadura respecto a la de otros países europeos; en un intenso desapego por los asuntos públicos; en una simpatía mal disimulada por un estado fuerte; en la preferencia por grandes proyectos desarrollistas. Pero sobre todo porque durante la larga noche franquista se consolidó una mayoría social conservadora entre amplias capas de las clases medias urbanas, pequeños empresarios y parte de la población rural, significativamente en Galicia o Castilla León. Se trata de la parte de la población española que con más fuerza apoyó el régimen de Franco y que tras el advenimiento de la Monarquía Constitucional continúa sosteniendo una ideología tradicionalista, deferente y religiosa. Sobra decir que partido monopoliza casi por entero los votos de este bloque social.

Así pues, estos dos grupos sociales -la nueva clase trabajadora amenazada por el orden capitalista neoliberal y el viejo conglomerado de colectivos conservadores- sustentan con solidez al PP, al que votan con fidelidad casi militar. De hecho, la mezcla de elementos ideológicos tradicionalistas y neopopulistas que caracterizan el discurso de los Populares apelan precisamente a estos dos bloques. Discurso convenientemente amplificado por una red de medios de comunicación afines que ha crecido espectacularmente en los últimos años. Federico Jiménez Losantos, Cesar Vidal, Pio Moa, FAES, El Mundo, Cadena Cope, Libertad Digital, Popular TV, La Razón... Aún con sus divergencias internas, todo este entramado mediático e intelectual ha ido tejiendo una cosmovisión conservadora extraordinariamente consistente y al tiempo profundamente sectaria. Poco a poco, casi sin que el resto de Españas se diesen cuenta de lo que estaba sucediendo hasta que ha sido demasiado tarde, su mensaje ha ido encontrando una audiencia más y más receptiva. Enfrentándose a la hegemonía que desde el advenimiento de la libertad de prensa habían representado los medios de las otras Españas, en especial la PRISA vinculada al PSOE, esta revolución intelectual conservadora ha dado sentido y voz a un porcentaje alarmantemente grande de la población española, que tiende cada día más a escorarse hacia la derecha más cavernícola. Cerrada y circular, esta ideología cala en tanta gente porque da respuestas en una era de incertidumbres. Por eso, quienes la profesan no quieren saber nada de opiniones ajenas: les basta con la suya, no vayamos a desestabilizar nuestras trabajadas certezas. De lo que se desprende que es posible emitir cualquier consigna, por contradictoria que sea, que será asimilada a pies juntillas, con fanática devoción. Qué importa que me salte todas las reglas no escritas del juego político si luego afirmo que es el adversario quien me excluye y mis votantes me creerán. Da igual si digo que el mercado de trabajo se encuentra intolerablemente precarizado, que nadie se acordará que soy el principal responsable. Tanto da lo absurdos que sean los argumentos con los que trate de justificar la participación de ETA en el 11-M, que aún así muchos se los tragarán y los defenderán como si fuesen suyos. A mí me han llegado a decir que Zapatero "le da todo a los gays, todo para ellos", ¡porque se legalizó el matrimonio homosexual! Cualquier mensaje, por disparatado, alejado de la realidad y contradictorio que resulte es inmediatamente asimilado por la base social conservadora sin apenas cuestionamiento. Discurso de orden y autoridad, que niega legitimidad alguna al otro - la única razón posible ha de vencer antes que convencer- y en el que cualquier gesto de diálogo, de entendimiento, de democracia en suma, es interpretado como una debilidad. ¿Recuerdan a la muchachada popular abucheando como locos cuando Mariano Rajoy anunció que había llamado al candidato socialista para felicitarle por su victoria electoral?, ¿a aquellas ancianas insultando a voz en cuello a Zerolo? Son sólo algunas imágenes que ilustran esto que les digo, pero seguro que a ustedes se les ocurren unas cuantas más.

Asistimos así a un empobrecimiento de la ya de por sí débil cultura política nacional que entierra casi definitivamente el mito de la Transición. Pero que da un margen de maniobra considerable al PP, seguro de apoyarse en un electorado muy fuerte y muy fiel. ¿Cuál es el problema? Que hasta ahora no es suficiente para conquistar el gobierno. Todavía queda un resto de población que el PP necesita para auparse a la Moncloa: el centro liberal, moderado, tecnocrático, de clases medias-altas urbanas con educación superior, el que representan Rato y Piqué, o PNV y CIU en Cataluña y Euskadi. En 1996 y 2000 los Populares consiguieron conquistar este segmento electoral merced a una impecable imagen gestora, pero la deriva derechista en la que desde entonces se embarcó Génova les ha alejado del voto popular. Esta es la ventaja con la que por el momento cuenta el PSOE, único partido nacional que insisto, por el momento, es capaz de acumular los votos de centro que, por pocos que sean, continúan teniendo la llave del gobierno. Pero, ¿qué pasaría si esto deja de ser así?, ¿qué sucedería si un nuevo partido como UPyD arranca los suficientes votos centristas como para que el PP alcance la victoria sin necesidad de recurrir a esa población?, ¿o si el PP da con un líder del calibre de un Sarkozy que arrastre por sí solo a una mayoría social? Y lo que es peor, ¿y si ese bloque de clases trabajadoras vulnerables que escuchan el discurso neopopulista conservador sigue creciendo hasta suponer la mayoría de la población española? En ese momento el PP podrá permitirse gobernar sin necesidad de pactar con nadie, tendrá libertad y cobertura legal para, por ejemplo, que el Plan Hidrológico Nacional "se haga por cojones", frase literal de cierto ex ministro como recordará el lector. Decía Miguel Ángel Rodríguez el pasado domingo en uno de esos multitudinarios debates con las que las televisiones trataban de "analizar" los resultados electorales, que el PSOE había ganado las elecciones creciendo exclusivamente por la izquierda, en alusión al enorme descenso de votos de IU y ERC. Y quizá tuviese parte de razón. Parte porque él presuponía, o mejor dicho quería vender el cuento según el cual el PP sí había conquistado el voto centrista, lo que entre otras cosas, tiende a consolidar la idea de que su partido no se ha derechizado, sólo refleja lo que es natural, evidente por sí mismo. Y eso, evidentemente, no es cierto. Pero no deja de ser verdad que el PSOE, como ya hemos dicho, ha conseguido la victoria sólo por la voluntad de gran parte de la ciudadanía por evitar que el PP ganase las elecciones. ¿Cuánto tiempo seguirá siendo así?

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Hola, mi nombre es Pepe y vivo en Madrid (España) y mi profesión actual es sobrevivir resistiendo el embate diario de las olas de la vida desde la alta atalaya de mis años. Anteriormente, me gradué en sueños, esperanzas y utopías varias en la Universidad de las Ilusiones.
   
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