Ventana de Opinión. El Eje del Mal.
Noam Chomsky Sin Permiso
Terrorismo internacional: la lista de los más buscados
El asesinato de Klinghoffer's se vivió con una verdadera sensación de horror, y es celebérrimo. Se convirtió en tema de una ópera aclamada y en guión de una película hecha para la televisión. Pero también causaron horror los asombrosos comentarios de condena al salvajismo de los palestinos: "bestias bicéfalas"( según el Primer Ministro Menachen Begin), "cucarachas drogotas correteando en una botella" (según el Jefe del Equipo Raful Eitan), "como saltamones, comparados con nosotros", seres cuyas cabezas deberían ser "convertidas en picadillo golpeándolas contra el canto rodado y las paredes" (dijo el Primer Ministro Yitzhak Shamir). O simplemente, llamados araboushim, el equivalente de nuestro "judío" o de nuestro "negro".
Así, luego de una exhibición particularmente depravada de terror militar y de una intencionada humillación en la ciudad de Halhul, en la Ribera occidental, en diciembre de 1982 (¡disgustó hasta a los halcones israelíes!), el conocido analista militar y político Yoram Peri escribió consternado: "hoy, uno de los objetivos de nuestro ejército [es] demoler los derechos de personas inocentes simplemente porque son araboushim que viven en territorios que Dios nos ha prometido a nosotros", tarea, ésta, cada días más perentoria, y que se lleva a cabo con creciente brutalidad desde que los araboushim comenzaron a "levantar cabeza" un par de años atrás.
No es difícil averiguar si los sentimientos expresados con motivo del asesinato de Klinghoffer fueron sinceros. Basta investigar la reacción ante los crímenes israelíes respaldados por los EEUU. Pensemos, por ejemplo, en el asesinato de dos inválidos palestinos en abril del 2002, Kemal Zughayer y Jamal Rashid, a manos de las fuerzas israelíes incursionadas en el campo de refugiados de Jenin, en la Ribera Occidental. Los periodistas británicos encontraron el cuerpo aplastado de Zughayer y los restos de su silla de ruedas, junto a lo que quedaba de una bandera blanca que sostenía en el momento de ser asesinado, cuando trataba de huir de los tanques israelíes que se lanzaron sobre él partiendo su rostro en dos pedazos y seccionándole brazos y piernas. Jamal Rashid terminó aplastado en su silla de ruedas cuando una de los enormes palas excavadoras suministradas por EEUU destruyó su casa en Jenin, con toda la familia dentro. La diferente reacción, o por mejor decir, la falta absoluta de reacción, es la rutina, y resulta tan fácil de explicar, que no precisa de mayores comentarios.
Coche Bomba
Sencillamente, el bombardeo de Túnez en 1985 fue un crimen terrorista infinitamente más grave que el secuestro del Achille Lauro, o que el crimen del mismo años en que la participación de Moughniyeh`s "podía ser establecida con certeza". Pero incluso el bombardeo tunecino tiene competidores para el premio en el concurso de las mayores atrocidades terroristas en el Oriente Medio del año cumbre que fue 1985.
Uno de los aspirantes fue el coche bomba colocado en Beirut a la salida de una Mezquita y programado para que explotara cuando los devotos se retiraban de su plegaria del viernes. La bomba mató a 80 personas e hirió a 256. La mayoría de los muertos eran niñas y mujeres que salían de la Mezquita, aunque la ferocidad de la onda expansiva "carbonizó a bebés en sus cunas", "mató a una novia que estaba comprando su ajuar", e "hizo volar por los aires a tres niños que regresaban a casa desde la Mezquita". También devastó la calle principal del suburbio densamente poblado de Beirut oeste, como informó hace tres años Nora Boustany en el Washington Post.
El objetivo era el clérigo Shiita Sheikh Mohammad Hussein Fadlallah, quien logró escapar con vida. El atentando fue perpetrado por la CIA de Reagan y sus aliados saudíes, con ayuda británica, y autorizado concretamente por el Director de la CIA William Casey, según el relato del periodista del Washington Post Bob Woodward en su libro El Velo: las guerras secretas de la CIA 1981-1987. Se conoce muy poco más que los meros hechos, gracias a la escrupulosa aceptación de la doctrina, según la cual no hay que investigar nuestros propios crímenes (a menos que resulten demasiado conocidos como para negarlos y la investigación se limite al círculo de una pocas "manzanas podridas" subalternas que, se calla por sabido, actúan "incontroladamente").
"Aldeanos terroristas"
El tercer candidato al premio al terrorismo en el Oriente Medio de 1985 fueron las operaciones "Iron Fist" [Puño de Hierro] del Primer Ministro Peres en los territorios del sudeste libanés ocupados en ese momento por Israel, violando las órdenes del Consejo de Seguridad de la ONU. El objetivo, según los altos mandos israelíes, eran los llamados "terroristas aldeanos". En este caso, los crímenes de Peres se despeñaron por los nuevos derrotaderos de la "brutalidad calculada" y el "asesinato arbitrario", según palabras de un diplomático occidental entendido en estos temas, afirmaciones luego corroboradas por las filmaciones en directo de los hechos. Pero como no le interesaban al "mundo", no fueron investigados. Como de costumbre. Sería legítimo preguntar si esos crímenes caen bajo la categoría de terrorismo internacional o bajo la categoría, harto más grave, de crimen de agresión. Pero concedámosles, de nuevo, el beneficio de la duda a Israel y a sus secuaces de Washington, y conformémonos con el cargo menos grave de terrorismo.
Esas son algunas de las ideas que pueden pasar por la cabeza de las personas de cualquier parte del mundo –que no del "mundo"—, cuando piensan en aquella "ocasión", "una de las pocas" en las que Imad Moughniyeh estuvo claramente implicado en un crimen terrorista.
Los EEUU lo acusan, asimismo, de haber sido responsable de los ataques demoledores a la marina de los EEUU y a las barracones de paracaidistas franceses en Líbano en 1983, ataques perpetrados con un camión bomba y dos suicidas, que resultaron en la muerte de 241 marines y 58 paracaidistas. Y también de un ataque anterior a la Embajada de los EEUU en Beirut, que mató a sesenta y tres personas, y fue particularmente grave, porque en ese momento había una reunión en la que participaban funcionarios de la CIA.
Sin embargo, el Financial Times atribuyó el ataque a los barracones a la Jihad islámica. y no a Hezbollah. Fawz Gerges, uno de los académicos destacados en el estudio de los movimientos Jihad y del Líbano, escribió que un "grupo desconocido denominado Jihad islámica" se atribuyó la responsabilidad. Una voz que hablaba en árabe clásico instó a todos los norteamericanos a dejar el Líbano, o enfrentarse a la muerte. Se ha dicho que Moughniyeh era en ese momento la cabeza de la Jihad islámica, pero, hasta donde alcanza mi conocimiento, hay escasas pruebas.
No hay sondeos de la opinión mundial al respecto, pero es harto probable que se debe de llamar "ataque terrorista" al ataque a una base militar radicada en un país extranjero, especialmente porque las fuerzas de los EEUU y de Francia estaban desarrollando vigorosos bombardeos navales y aéreos en el Líbano poco después de que los EEUU prestaran un apoyo decisivo a la invasión israelí del Líbano en 1982, que acabó con la vida de cerca de 20.000 personas y devastó el sur, dejando gran parte de Beirut en ruinas. Finalmente, el Presidente Reagan suspendió los ataques cuando la protesta internacional tras las masacres de Sabra-Shtila subió a tal punto de tono, que ya no pudo ser ignorada.
Por lo común, en EEUU la invasión israelí del Líbano se describe como una reacción a los ataques terroristas al norte de Israel desde bases libanesas por parte de la Organización para la Liberación de Palestina (OLP), con lo que parece comprensible nuestra crucial contribución a esos crímenes de guerra mayores. En el mundo real, la frontera libanesa estuvo quieta durante un año, a pesar de repetidos ataques israelíes, muchos de ellos sangrientos, tendentes provocar alguna respuesta de la OLP que sirviera de pretexto para una invasión ya decidida y planeada. Los comentaristas y líderes israelíes no confesaron su verdadero propósito en ese momento: salvaguardar el poder israelí en la zona ocupada de la Ribera occidental. No carece de interés el que el único error grave del libro de Jimmy Carter (Palestina: Paz o Apartheid) sea la reiteración de este brebaje propagandístico, según el cual los ataques de la OLP desde el Líbano fueron la causa de la invasión por parte de Israel. Sobre el libro han llovido copiosos ataques, y se han hecho esfuerzos desesperados por encontrar alguna frase que pudiera ser mal interpretada, pero se ignoró este error flagrante, el único. Y con razón, porque se cumple así con el criterio de respetar las falsificaciones doctrinales útiles.
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