El tinglado de la nueva farsa
Javier Ortiz
Público 22 de Febrero de 2008
Anoche empezó la campaña electoral. Rectifico: anoche se iniciaron las dos semanas legalmente asignadas a los partidos políticos para que hagan campaña electoral. Porque todos sabemos por abrumadora experiencia que hace ya meses que la campaña electoral está en marcha.
La mayoría habla de esa evidencia con hastío: "¡Menudo peñazo nos están dando!". A mí la murga electorera también me aburre, por supuesto. Me abruma su inacabable ritual monocorde, tan propicio a las caricaturas, a las simplificaciones demagógicas y a las referencias personales burdamente faltonas.
Pero lo que me preocupa más de esta larguísima campaña de meses y más meses de mítines por toda España, de espectáculos llenos de gorras, banderitas, pancartas y pins, de vallas callejeras, de publicidad descarada o implícita en prensa, radio y televisión (de omnipresencia diaria, en suma), no es su carácter soporífero sino, muy en especial, el hecho de que ha convertido más que nunca las elecciones, formalidades aparte, en una pugna sólo accesible para los dos partidos que ya tienen en sus manos un muy importante poder decisorio, lo que hace que sus arcas puedan afrontar tamaño dispendio, sea porque están ya bien abastecidas, sea porque pueden estarlo aún más y mejor gracias al apoyo de quienes dan por hecho que seguirán teniendo un peso decisivo en el porvenir inmediato.
Considerando el objetivo de La Moncloa como el crucial, lo que vivimos desde anoche es el tramo final de una subasta que ya ha ido dejando fuera de juego a los que no estaban en condiciones de pujar tan alto.
Es un círculo vicioso: sólo puede aspirar a ser importante mañana quien ya lo es hoy. La maquinaria supuestamente democrática se perfecciona cada vez más para favorecer el bipartidismo a todos los niveles. Del bipartidismo de nuestro tiempo, cuyo modelo más acabado es el de los Estados Unidos de América.
Estamos ante la expansión incontenible de la moderna plutocracia, en la que, como sucede con las grandes corporaciones empresariales, no hace falta que el propio ejecutivo sea muy rico. Él basta con que represente bien el papel que le corresponde en el tinglado de la nueva farsa.







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