En estos últimos días se repitieron con cierta frecuencia situaciones en las que un pequeño grupo de ciudadanos se manifestaron de forma estruendosa e incluso con insultos y cierta violencia ante determinados políticos cuando estos iban a realizar algún acto público. Por citar alguna de ellas, recordaré la que tuvo lugar en la Facultad de Derecho de la Universidad Pompeu i Fabra en la que se impidió a Dolors Nadal relizar una conferencia; la que se realizó en la Facultad de Económicas de la USC contra María San Gil; la que tuvo lugar en la Universidad Complutense, en Madrid, en contra de Rosa Díez, o la más reciente contra el Consejero Güelmes en el Hospital de Parla, también en Madrid.

No seré yo quién aplauda este tipo de actos; ni diré que me complace el ver esta forma de actuar de las personas, ya sean estas jóvenes o no, pero sí me mojaré y diré que las puedo llegar a comprender. Repito para que no haya error: No las justifico ni me parecen adecuadas, pero puedo comprenderlas.

Y las puedo comprender porque hay otro tipo de agresiones contra los ciudadanos que quedan impunes. Existen otras agresiones más sutiles, más calladas, que se realizan a diario y que no merecen el mismo eco que las anteriores. Son agresiones que no comportan golpes ni heridas, al menos físicas, pero sí son sicológicas y dejan huella en el alma y en la dignidad de las personas, y no las realizan grupos de exaltados, sino personas inpecablemente vestidas, generalmente en disposición de títulos universitarios, realizadas ante los medios informativos o lo que resulta aún más grave, en el Congreso de Los Diputados. Son agresiones realizadas no con las manos sino con la palabra, y están hechas por los políticos, algunos de ellos, los que hoy se rasgan las vestiduras y exigen mano dura. Por ello puedo comprender a esos exaltados ciudadanos, si yo me siento agredido, también lo pueden estar ellos.

Me siento agredido en mi dignidad de ciudadano cuando ciertos buitres de la prensa, que han estado durante años intentando intoxicar a la opinión pública e incluso obstaculizar el sumario y el juicio por los atentados del 11M, hoy intentan convertirse en paladines de la verdad y de la denuncia, y ya de paso, magnificar y pontificar sobre estos hechos para llevarlos a sus intereses políticos, ya que han demostrado sobradamente que su información ni es libre ni imparcial.

Me siento agredido en mi dignidad de ciudadano cuando tengo que ver al que ocupó asiento junto al traidor que encabezó un golpe militar contra la legalidad democrática de este país que originó una cruel guerra civil y posteriormente, una represiva dictadura durante cuarenta años, convertido hoy en "demócrata convencido" y Jefe del Estado.

Me siento agredido en mi dignidad de ciudadano cuando aún los simbolos franquistas llenan nuestros pueblos mientras que los restos de decenas de miles de españoles permanecen olvidados en fosas comunes.

Me siento agredido en mi dignidad de ciudadano cuando desde el Congreso se acepta colaborar en una invasión a un país que lleva causada ya más de seiscientas mil víctimas mortales, amén de los heridos y destrucción consiguiente, y observar cómo hoy, esos mismos que levantaron su brazo para apoyar la agresión, levantan sus voces sin pudor alguno para denunciar la "agresión" que se ejerce contra ellos y en contra de nuestra "democracia".

Me siento agredido en mi dignidad de ciudadano cuando determinados obispos de una Iglesia que colaboró con toda su fuerza con la dictadura y sus crímenes, hoy apelan al "espíritu cristiano".

Me siento agredido en mi dignidad de ciudadano cuando las libertades se van perdiendo, cuando la Sanidad, la Educación, el trabajo, la vivienda, las atenciones a los mayores, están todas ellas en precario y cada vez se va conformando una sociedad para ricos.

Me siento agredido por tantas cosas que puedo comprender perfectamente que otros ciudadanos, con menos paciencia que yo, también se sientan agredidos y manifiesten su descontento de forma ruidosa y aún violenta. La política llevada a cabo durante estos últimos años por el PP ha sido tan agresiva, demagógica y beligerante que no resulta extraño que algunos ciudadanos piensen que estamos en una involución democrática. No sería la primera vez que esto último ocurre en nuestro país, una fractura en la sociedad motivada por una derecha reaccionaria e inmovilista que no acepta la pérdida en las urnas de su secular poder económico y político.