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La Coctelera

La Vida ....... El río que nos lleva.

17 Febrero 2008

Ventana de Opinión.

Gaza.-Un final previsto, ( II )

Uri Avnery

Traducido por Carlos Sanchis. Revisado por Caty R.

Un oficial militar es un técnico entrenado para ejecutar un trabajo determinado. Ese trabajo no es pertinente para luchar contra un movimiento de liberación, a pesar de su adecuación superficial. El hecho de que un pintor de brocha gorda trate con colores no lo convierte en un pintor de retratos. Un excelente ingeniero hidráulico no se convierte en un fontanero experimentado. Un general no entiende la esencia de una insurrección nacional y por consiguiente no llega a enfrentarse con sus reglas.

Por ejemplo, un general mide su éxito por el número de enemigos muertos. Pero la organización combatiente clandestina se vuelve más fuerte cuantos más combatientes muertos puede presentar ante el pueblo, que los identifica con los mártires. Un general aprende a prepararse para la batalla y ganarla, pero sus rivales, los combatientes de la guerrilla, evitan por completo la batalla.

El gran Che Guevara definió bien las fases por las que pasa una guerra clásica de liberación: «Hay un bando parcialmente armado que al principio se refugia en algún lugar remoto, de difícil acceso (o en una población urbana, agregaría yo). Asesta un golpe de suerte contra las autoridades y se le unen unos pocos campesinos descontentos, jóvenes idealistas, etc., después contacta con la población y lleva a cabo ataques por sorpresa. Cuando nuevos alistamientos engrosan sus filas se enfrenta a una columna enemiga y destruye sus elementos principales. A continuación el bando organiza campamentos semipermanentes y adopta las características de un gobierno en miniatura…» y así sucesivamente.

Para tener éxito desde el principio, los insurgentes necesitan una idea que encienda el entusiasmo de la población. La población se une a su alrededor y les proporciona ayuda, cobijo e información. De esta fase en adelante, todo lo que hagan las autoridades de la ocupación ayuda a los insurgentes. Cuando los combatientes por la libertad mueren, muchos otros avanzan e inflan sus filas (como hice yo en mi juventud). Cuando los ocupantes imponen un castigo colectivo a la población sólo refuerzan su odio y su ayuda mutua. Cuando tienen éxito capturando o matando a los líderes de la lucha por la liberación, otros líderes ocupan el lugar, como la Hidra de la leyenda griega, a la que le crecían nuevas cabezas por cada una de las que Hércules cortaba.

Frecuentemente las autoridades de la ocupación tienen éxito, causan una fractura entre los luchadores de la libertad y consideran que han conseguido una importante victoria. Pero todas las facciones siguen combatiendo al ocupante por separado y compiten entre sí, como están haciendo actualmente Fatah y Hamás.

Lástima que Polk no dedique un capítulo especial al conflicto israelopalestino, pero no es muy necesario. Podemos escribirlo nosotros según nuestro entendimiento.

Durante los 40 años de ocupación, nuestros líderes políticos y militares han fracasado en la lucha contra la guerra de guerrillas palestina. No son ni más estúpidos ni más crueles que sus predecesores -los holandeses en Indonesia, los británicos en Palestina, los franceses en Argelia, los estadounidenses en Vietnam o los soviéticos en Afganistán-. Nuestros generales sólo los ganan a todos en arrogancia; en su creencia de que son los más inteligentes y en que la «cabeza judía» inventará nuevas patentes en las que todo esos goyim (no judíos) nunca podrían pensar.

Desde el tiempo en que Yasser Arafat tuvo éxito ganándose los corazones de la población palestina y uniéndola alrededor del deseo ardiente de liberarse de la ocupación, la lucha ya estaba decidida. Si nosotros hubiéramos sido sabios, habríamos llegado a un acuerdo político con él en aquel momento. Pero nuestros políticos y generales no son más sabios que todos los demás. Y por eso seguiremos matando, bombardeando, destruyendo y desterrando, con la estúpida creencia de que golpeando sólo una vez más, la tan esperada victoria aparecerá al final del túnel; sólo para descubrir que el oscuro túnel nos ha llevado a un túnel todavía más oscuro.

Como pasa siempre, cuando una organización de liberación no logra sus objetivos, surge otra más radical a su lado o en su lugar y se gana los corazones de la población. Hamás, igual que las organizaciones adscritas a Fatah. El régimen colonial que no alcanza un acuerdo a tiempo con la organización más moderada al final se ve obligado a llegar a un acuerdo con la más extrema.

El general Charles de Gaulle tuvo éxito haciendo la paz con los rebeldes argelinos antes de alcanzar esa fase. Un millón y cuarto de colonos escucharon una mañana que el ejército francés iba hacer el equipaje en una fecha determinada y que se iba a casa. Los colonos, muchos de ellos de cuarta generación, se apresuraron a salvar sus vidas sin obtener compensación alguna (a diferencia de los colonos israelíes que salieron de la Franja de Gaza en 2005). Pero nosotros no tenemos ningún de Gaulle. Estamos condenados a seguir eternamente.

Si no fuera por las terribles tragedias de las que damos testimonio todos los días, podríamos sonreír ante la patética impotencia de nuestros políticos y generales que se apresuran aquí y allá sin saber de dónde puede venir su salvación. ¿Qué hacer? ¿Matarlos de hambre a todos? Eso ha llevado al derrumbamiento del muro en la frontera de Gaza con Egipto. ¿Matar a los líderes? Ya hemos matado al jeque Ahmed Yassin y a muchos más. ¿Ejecutar la «Gran Operación» y volver a ocupar toda la Franja de Gaza? Ya hemos invadido dos veces la Franja. Esta vez encontraremos guerrillas mucho más capacitadas que se están arraigando todavía más en la población. Cada tanque y cada soldado se convertirán en un blanco. El cazador bien puede convertirse en la presa.
Así, ¿qué podemos hacer que ya no hayamos hecho?

En primer lugar, conseguir que cada soldado y cada político lean el libro de William Polk, junto con uno de los buenos libros sobre la lucha argelina.

Segundo, hacer lo que todos los regímenes de la ocupación han hecho al final en todos los países donde la población se ha levantado: alcanzar un acuerdo político con el que ambos bandos puedan convivir y del que los dos se puedan beneficiar. Y salir.

Después de todo, el final no está en duda. La única cuestión es cuántos muertos más, cuánta destrucción más y cuánto sufrimiento más hay que perpetrar antes de que los ocupantes lleguen a la conclusión ineludible.

Cada gota de sangre derramada es una gota de sangre desperdiciada.

servido por Jose 2 comentarios compártelo

2 comentarios · Escribe aquí tu comentario

lascosasdepepe

lascosasdepepe dijo

estupendo post, y no mas sangre

un abrazo amigo.

17 Febrero 2008 | 07:50 PM

Jose Dominguez Dominguez

Jose Dominguez Dominguez dijo

Buenas tardes, amigo Pepe,

Sería interesante que, en la parte que nos toca, algunos aprendiesen de la experiencia.

Un fuerte abrazo.

17 Febrero 2008 | 08:28 PM

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Hola, mi nombre es Pepe y vivo en Madrid (España) y mi profesión actual es sobrevivir resistiendo el embate diario de las olas de la vida desde la alta atalaya de mis años. Anteriormente, me gradué en sueños, esperanzas y utopías varias en la Universidad de las Ilusiones.
   
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