Las Brigadas Internacionales.

Uno de los hechos trascendentales originados por la guerra de España fue la presencia de unos cuarenta mil hombres procedentes de cincuenta y tres países, que acudieron en defensa de la República en lo que bien pudiera verse como la última de las grandes cruzadas. Llegados a España desde los confines más apartados de la tierra, los hombres de las Brigadas Internacionales se entregaron con generosa devoción a un ideal por el que muchos hasta dieron su vida.

Tratando de explicar la razón de ser de aquellos voluntarios, uno de los cronistas del batallón Lincoln, Robert Rosenstone, escribiría: «Lo que había en España era un gobierno elegido legalmente, democráticamente, luchando contra un grupo de generales rebeldes y reaccionarios que deseaban impedir la democracia y la reforma social. Lo que había allá era una República a la que las «democracias» occidentales impidieron la adquisición de armamento para defenderse, mientras que los gobiernos de Hitler y de Mussolini despachaban aceleradamente hombres y material a sus enemigos. Es comprensible, entonces, que la lucha de la República española por sobrevivir viniera a simbolizar la defensa de todo lo que se consideraba bueno, justo y decente en la tradición occidental contra la embestida violenta del barbarismo y la maldad».

OSHEROFF (Brigadista del Batallón Lincoln) (V. O.).—Yo nací en un ghetto de Brooklyn. Mi padre era, de oficio, pintor; mi madre, costurera a destajo. Si el sueño del emigrante —calles asfaltadas en oro— existía, mis padres se habían equivocado de país. El lujo era, en verdad, escaso. Sólo lo poseían los ricos de las zonas residenciales, extranjeros para nosotros. Pero al mismo tiempo, nos hallábamos rodeados por otros extranjeros —italianos, polacos, irlandeses— todos juntos, en un país nuevo, tratando de que les fuera bien. Lo único que con ellos compartíamos, además de pobreza, era desconfianza y odio. Cruzar los límites de nuestra vecindad era muy poco aconsejable y siempre peligroso. En nuestro barrio, la gente hablaba mucho más de condiciones de trabajo y de uniones que de sinagogas. A los doce años, presencié grandes demostraciones a favor de Sacco y Vanzetti, dos trabajadores inmigrantes sentenciados a muerte por sus actividades laborales. «¿Por qué tenemos que pelear por estos macarroninis?» —pregunté—. «Porque un buen trabajador italiano es más hermano nuestro que un patrono judío» —me dijeron—. Así crecí, y a mi alrededor el mundo comenzó a ensancharse. En la escuela funcioné bien, pero aprendí mucho más en las calles.

VOLUNTARIOS DE LA LIBERTAD

En julio de 1936, la noticia del levantamiento militar en España contra el gobierno republicano, produjo inmediatamente una reacción de solidaridad entre los pueblos. En Europa, los partidos comunistas jugarían un papel esencial organizando la ayuda internacional a la República. En octubre se constituían comités en casi todos los países convocando a los voluntarios. El gran poeta inglés W. H. Auden, describiría magistralmente la urgencia de la convocatoria:

«Muchos lo oyeron en remotas penínsulas
en las mesetas somnolientas
en las desviadas islas pesqueras
y en el corrompido corazón de la ciudad,
lo oyeron
y emigraron corno gaviotas
o corno las semillas de una flor.
Y cual erizos
se adhirieron
a los trenes expresos
cruzando velozmente
a través de las injustas tierras
a través de la noche
a través del túnel alpino.
Surcando los océanos.
O abriéndose camino con sus pasos.
Así, llegaron,
para ofrecer sus vidas.»

Ya entrada la guerra, en respuesta a unas preguntas de un periodista estadounidense, un oficial rebelde respondió: «Si tus compatriotas vienen desde allá hasta aquí para luchar en una guerra que en nada les concierne, entonces deben darse por enterados de que sus posibilidades de morir son mayores que las de regresar sanos y salvos a sus casas a recibir la reprimenda paternal». Para el oficial franquista, quien sin duda se hallaba al corriente de la desigualdad de la lucha por el imponente apoyo del fascismo europeo a los rebeldes, no debía resultar muy difícil aventurar ese pronóstico. Porque, efectivamente, aproximadamente la mitad de los 3.300 voluntarios norteamericanos habrían de morir en combate, permaneciendo en suelo español para siempre. Y el 80 por 100 de los sobrevivientes, Osheroff entre ellos, resultarían heridos. Pero lo que el oficial posiblemente nunca pudo llegar a entender es el sentimiento de solidaridad de aquellos extranjeros, ni los motivos que les llevaron a abandonarlo todo, país, familia, posición, futuro, para luchar en la guerra de España.