La expresión de que en Euskadi no había pueblo sin su preso político o exiliado, da una profundidad a la lucha política muy superior que el estricto recuerdo nuérico de citar que tantos miles de jóvenes vascos lucharon contra la dictadura. Cada pueblo, cada barrio de dos docenas de caseríos, tenía una parte de sí mismo en el exilio o en la cárcel y este elemento conciencia y educa politicamente mucho más que mil panfletos y dos docenas de libros.
La inexistencia de una ruptura política que diera paso a la democracia y la realización de un proceso de transición, que muchos consideraron un hallazgo a nivel español, fue una fantasmagoría a nivel vasco. Porque los dos temas sobre los que amplios sectores del pueblo vasco estaban muy sensibilizados, la amnistía y la represión policial, se mantuvieron prácticamene intocables del régimen anterior a la democracia parlamentaria. En Euskadi se ha sentido la democracia en muchas parcelas de la vida social y cotidiana, pero en esas no.
Si las fuerzas políticas españolas, desde el poder central, hubieran valorado los rasgos diferenciales que habían tenido la lucha en Euskadi, el papel que jugarona organizaciones como PNV y ETA, complementarias y contrapuestas, hubiesen comprendido las consecuencias de la "reforma política". Quizá lo hizieron y juzgaron que había que sacrificar la atipicidad vasca: pero que luego no se queje nadie, que asuman proporcionalmente su responsabilidad. En Euskadi la ruptura con el régimen anterior era una condición imprescindible de la pacificación de la vida ciudadana. Incluso habría obligado a operar con mayor racionalidad a ciertas fuerzas políticas vascas en las que su exacerbada sensibilidad demuestra tanto las tradiciones guerreras como las religiosas, y en algunos casos ambas bajo la forma de cruzadas políticas y patrióticas. Durante cuarenta años, -no olvidar que la guerra civil en Euskadi ternina en 1.937-, se lucha de una determinda manera que no podía cambiar simplemente porque los poderes centrales consideraban que había llegado el momento de adaptarse al sistema parlamentario.
La izquierda española aceptó estas reglas del juego y esta opinión no supuso más que algunas frustraciones personales y alguna decepción colectiva, pero el fenómeno resultó y se cumplieron a corto plazo los objetivos de la reforma. Pero en Euskadi no era esa izquierda la que marcaba la pauta de conducta, sino la otra, la denominada para entendernos abertzale, y esa tenía dos objetivos irrenunciables: la amnistía y la retirada, -pactada o no, que a todo se estuvo a tiempo-, de las fuerzas de Orden Público