El PNV y ETA:
El eje sobre el que girará la lucha contra el franquismo tras la guerra civil será el PNV, un partido moderado, de derechas, confesional y por entonces muy conservador en el terreno ideológico, es decir, que seguía puntualmente, sin desmarcarse, los aspectos doctrinales de la Iglesia y el Vaticano. Hasta bien entrado los años sesenta fue el PNV quien constituyó el mayor adversario del Régimen, tanto por su combatividad como por el peso social que mantenía. Tras el nacimiento de ETA y su posterior desarrollo, el PNV siguió siendo un pilar sin el cual cualquier fórmula política de alguna envergadura quedaba coja y se desmoronaba.
La diferencia con el resto de España resulta evidente. Sin entrar en algunos rasgos difrenciales de Cataluña, en España van a ser los comunistas quienes mantendrán de manera preponderante la pelea antifranquista. Mientras la juvntud vasca está en torno al PNV, en España va a ser el PCE la primera escuela política de varias generaciones. No es posible encontrar en España un partido burgués, conservador en lo social y democrático en lo político, que ejerciera algún atractvo y tuviera algún peso en la lucha antifranquista. Este hecho deja una huella significativa en las caracterísiticas de la "resistencia" en Euskadi con relación a España.
Entrados ya en los sesenta va a ser el nacionalismo radical, ETA, quien sirva de acelerador de conciencias en el País Vasco. "Dentro" de o "junto" a ETA, la mayoría de los jóvenes que participarán a partir de entonces en la vida política habrán pasado por esas dos formas: o han militado en ETA o han ayudado a ETA. Y es claro que ETA es un hijo espúreo del PNV, sin que esto sea negativo, sino la constatación de una descendencia y una paternidad no reconocida.
Sí interesa sacar alguna conclusión sobre la situación actual, hemos de comenzar diciendo que ETA se declaró partidaria de la lucha armada a comieno de los años sesenta y que un fenómeno semejante no es trasladable al resto de la lucha antifranquista, que ha condicionado a la futura clase política vasca y la conciencia de este pueblo. Buscar los antecedentes en pasadas épocas sería una extorsión histórica. Desde el nacionalismo vasco a fines del siglo XIX, no ha habido ninguna inclinación hacia la lucha armada, y pese a la tesis utilitarias de algunos historiadores, los llamamientos a la violencia contenidos en algunos escitos de los teóricos del nacionalismo no pasaban de expresiones agresivas, durísimas, pero que nunca traspasaron la barrera que separa la violencia verbal de la lucha armada. El fenómeno de la inclinación del nacionalismo hacia la lucha armada nace, se alimenta y se desarrolla bajo la etapa franquista, y no tiene precedente histórico si no nos remontamos a las guerras carlistas o las peleas del señorío de Vizcaya, que sería tanto como intentar comprender la debilidad de la burguesia española por la ruina de la ganaderia de las Mestas, o la dominante tendencia reaccionaria del Ejército español por la pérdida de Cuba y Filipinas.
La fuerza que fue adquiriendo la lucha contra el Régimen y la reacción represiva de éste multiplicaron las dosis de violencia, introduciendo otro elemento sin el cual es imposible asimilar el grado de tensión social de Euskadi: los presos políticos. Con su corolario de la solidaridad y el objetivo colectivo de la amnistía. Es posible que otro de los rasgos diferenciales de la lucha del pueblo vasco contra el franquismo haya sido la envergadura que adquirió la solidaridad con los presos políticos, con "sus" presos políticos. Incluso por encima de la violencia, incluso digo más, como fenómeno de la violencia, porque radicalizaba y obligaba a tomar posicion contar una situación: el franquismo, que mantenía a sus mejores hjos en prisión de por vida si nos atenemos a las condenas impuestas.
Tengo la impresión de que pocos rasgos ayudaron más a la concreción y firmeza de unos caracteres solidarios, populares, de orgullo social de ser vasco y patriota (abertzale), como el martirologio de los represaliados y encarcelados. No se trataba de líderes innominados, lejanos a la sociedad de donde procedían, sino de Iñaki, Joseba o Xabi, que habían nacido en Arrigorriaga, en Ataún o en Mondragón, donde era uno más y donde su ausencia se convertía en un elemento de solidaridad obligada y de conciencia política.