El poder estaba enloquecido con el tema vasco; de ser una preocupación había pasado a obsesión. Llegar al enfrenatmiento con la Iglesia en Euskadi era tanto como hacerlo con toda la sociedad `por persona interpuesta. La influencia de la Iglesia no se reducía sólo a ETA o a los grupos nacionalistas, sino a casi todas las manifestaciones de la vida social, desde las finazas hasta los movimientos sindicales, desde las clases medias a los campesinos. No tenía parangón este fenómeno con el resto de España. En 1.972, mientras el nivel de mayores de siete años que iban a la misa dominical en España era del 34,6 %, en Vizcaya era del 66%, en Álava y Navarra del 75%, y en Guipúzcoa del 76%. El porcentaje de alumnos de la iglesia, sobre el total de la provincia, en la Enseñanza Superor, durante el curso 1.974-75, en España se reducía al 3,7%, mientras en Vizacya pasaba del 30%, en Guipúzcoa del 65% y en Navarra sencillamente era el cien.
Con el estado de excepción de abril de 1.975, la represión contra la Iglesia se hizo criminal, se transformó en "persecución religiosa" al viejo estilo. El caso del cura Eustasio Erquicia conmovió a todo Euskadi por encima de creencias religiosas. Cuando la policia le detuvo el 8 de mayo de 1.975, Eustasio Erquicia era un sacerdote navarro que trabajaba en una ikastola (escuela vasca) de Santuchu, un barrio bilbaíno. cuarenta y ocho más tarde era un moribundo, que entraba en urgencias de un hospital con fisura de cráneo, obstrucción de riñones, rotura de bazo y lo que se denomina "sindrome de bombardeo", porque no se puede especificar la cantidad de golpes que ha recibido sobre todo el cuerpo. Como escarnio, le introdujeron por el ano un palo largo que le rompió el intestino. Los jueces de Bilbao, con una resolución sin precedentes en su historia, iniciaron un sumario el 19 de mayo en el juzgado número 1, sobre el caso del cura Erquicia; sólo uno de ellos se opuso, los siete restantes aceptaron. Hechos como éste evitan escribir cien folios para explicar raices del odio y la violencia.
Se repitió la tentación generalizada de que sólo la violencia podría terminar con ese estado de cosas (curiósamente, 32 años más tarde, se contempla la opción policial cómo única alternativa para acabar con ETA). El partido más influyente de la clandestinidad, el PNV, vovía a quedarse a mitad de camino entre la necesidad de practicar algunas formas de lucha armada y no aliarse con lo que se juzgaba "aventurerismo" de ETA.
La caza se cobra piezas por ambas partes, caían militantes y guardias civiles, y cuando se levante el estado de excepción de 1.975 es porque está a punto un instrumento jurídico que va a regularizar la "excepcionalidad" represiva: la ley antiterrorista (agosto 1,975).
En este marco, el Gobierno del señor Arias Navarro y la policía de los veteranos José Sáinz, Conesa, Creix y Margarida, creen llegado el momento de tirar de la manta y dar un escarmiento definitivo a ETA, y más en concreto a la rama que tiene entonces mayor vitalidad: los "políticos-militares". Guardan un as en la manga.
Inmediatamente después de levantar el estado de excepción, el día 8 de agosto, todos los medios de comunicación esañoles reciben una extraña información. Dieciséis dirigentes de ETA, supuestos autores de "la reciente escalada terrorista", han sido identificados: forman el nuevo liderazgo de la organización: Pérez Beotegui Wilson, Apala, Campillo Alcorta, Martínea Antía Montxo, Félix Eguía.. y se olvidan de algnos para no revelar los conocimientos policiales y no alarmar al enemigo.