Antes de que termine el mes de agosto empiezan las detenciones. Unos en Madrid (Eguía..), otros en Barcelona (Pérez Beotegui Wilson). Algunos aprecen "suicidados". Algunas semanas más tarde seguirán las detenciones y los "suicidios". Desde Múgica Arregui Ezquerra, jefe del Frente Militar, al último militante de base, si no ha escapado a tiempo, no queda nadie. La policia piensa con razón que la plana mayor de ETA político-militar ha sido desmantelada.
La operación ha contado con dos ayudas inestimables; la inexperiencia clandestina de ETA ,-frente a la de la policia mucho más bregada-, y la labor de un militante que lleva trabajando desde varios años para la Dirección General de Seguridad. La organización le conoce por Gogor, la policía por Lobo. Se llama Miguel Legarza Eguía, veintitrés años.
Se estableció en las conciencias directivas del Estado que ETA estaba desmantelada. Y se dio un paso más lejos. Volvieron a condenar a muerte y a ejecutar, porque creían que había que darles el golpe definitivo y demostrar que si bien todo se tambaleaba, aún se era tan fuerte como para dictar sentencias capitales.
El 27 de septiembre morían fusilados Paredes Manot Txiki y Angel Otaegui (Ramón García Sánz, José Luis Sánchez Bravo y Jose´ Humbero Baena, igualmente fusilados). Un día como otro cuaquiera, cuando nadie pensaba que esas cosas podían suceder, cuando todo estaba a punto de cambiar, cuando la libertad casi se tocaba con los dedos y la democracia era cuestión de meses, en Euskadi se acordaban de los años cuarenta, o de 1.963, con la muerte de Julián Grimau. Lo que no se habían atrevido a hacer en Burgos allá en 1.970, lo hicieron en 1.975. La sociedad bien es verdad que estaba cansada de tanta muerte, pero también estaba convencida de que estas cosas ya no eran posibles: las movilizaciones ante lo que se avecinaba apenas si se notaron (por contra, la indiganición internacional fue inmensa, por todas partes hubo acciones de protesta, embajadores que intervenían, firmas de intelectuales, manifestaciones multitudinarias, la Embajada de España en Lisboa fue asaltada). Se notarían las consecuencias. (La reacción del Régimen, la misma desde los lejanos cuarenta: manifestación en la plaza de Oriente en Madrid, fascistas y pueblo cantando el cara al sol brazo en alto, el discuso de siempre: la conjura internacional de masones, judios y comunistas empeñados en acabar con España, el país defensor de los valores cristianos de occidente. Frente a éstos, por encima de ellos, en un balcón la figuar decrépita del tirano, Franco, y junto a él el príncipe Juan Carlos "haciendo méritos para su pueblo", méritos que le llevarían unos meses más tarde a convertirse en rey "de todos los españoles").
La sangre corrió a raudales y cuando Franco dejó de existir los dirigentes en libertad de la rama "político-militar" de ETA hicieron el balance de dónde estaban y cuántos, y resultó que sólo les quedaba un comando. Pero también había que contar con los berezis, los "especiales", los que sólo hacían eso de la acción armada y que estaban dispuestos a ir por todas y liquidar a quien hiciera falta, que no por nada el Régimen les llenaba de razón.







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