Años de perro:
Los años setenta, 1.975, que los resume y los concentra a todos. El año1.975 empezó con unos días fríos que se calentaron de noticias. El 4 aparecían los encartados en la muerte de Carrero Blanco, seis caras, seis, que habían ayudado a dar un paso de baile al curso de la historia. Y otros rostros, anónimos, de obreros de Potasas se encerraban en Navarra y peleaban por algo tan obvio como el derecho a trabajar. Y la Guardia Civil dejaba el día 21, a una familia de Portugalete, un muerto a la puerta y una esquela. Enero de 1.975 fue frío y fue sangre: un mes más de los años setenta, los años de perro.
Dos millones y medio de habitantes tiene Euskadi a comienzos de 1.975. Un tercio son emigrantes. Todos están en perfecta situación para mirar hacia atrás porque sienten esa almorrana molesta, constante, inconfesable. Duarnte años nos hemos estado rascando pero, ahora, la realidad se ha convertido en "esta bonita almorrana".
La causa y el efecto, la gracia y la risa, la bala y la herida. Qué fue primero, la muerte del guardia civil Gregorio Posadas, un modesto cabo ametrallado en una calle de Legazpia. O la liquidación con las manos en alto de un joven en presencia de medio Lequeitio, mientras gritaba "¡Que se desangra...una ambulancia..que se desangra!. Y no alcanzó a terminar y cuando llegó la ambulancia fue para recoger a los dos: José Benito Mújica, veintitrés años, mecánico ajustador, y Miguel Martínez de Murguía.
Más importante que verificar escrupulosamente que el cabo Posadas terminó su vida en febero de 1.974 y que los dos militantes de ETA dejaron de existir en septiembre de 1.972, más imprtante, digo, es saber que hubo un día en el que alguien decidió, sin necesidad de escribirlo en un papel, que era preferible un etarra muerto que encarcelado y también hubo un día que otros decidieron que ya no había diferencias entre jefes de tribu e indios a pie, que la guerra era contra todos, fueran generales, cabos, sargentos o números.
Posteriormente se elevó un grado el delirio de la lucha y entonces ocurrieron hechos como la muerte de Alfredo San Sebastián a la puerta de un cuartel de la Guardia Civil, en Plencia, "por levantar la voz", o el de Luis Arriola, en Ondárroa, por "cantar canciones vascas", y ya nadie se sorprendió de nada, se embotó la capacidad de gritar o llorar, y fueron muriendo estanqueros, chóferes, confidentes de a duro y bocadillo, militantes fuera de toda sospecha, viejos condes... El procedimiento quirúrgico de los diversos equipos médicos para tratar la almorrana fue matar al enfermo.
Si la historia dicen que la hacen los hombres, en Euskadi hay que precisar que también suelen colaborar los muertos. Porque los hombres que podían en este país hacer historia, muchos de ellos, son ya cadáveres. En los setenta, primero fue Eustaquio Mendizabal Txikia. Luego Moreno Bergareche Pertur, después Beñarán Ordeñana Argala...La historia se convierte así en un ovillo sucio, viscoso, en el que hablar de "movimientos sociales" parece una pedantería intolerable. La hstoria está marcada también por la huella de hombres como Txikia, Pertur o Argala. Si hablamos de ellos como personas apenas si pasaríamos de unas líneas, y si no lo hacemos escribimos imaginándonos los hechos. A veces han sido más importantes por lo que significaron y movieron que por su personalidad de líderes. Quizá ser líder es sobre todo eso. En un principio el punto de arrastre de una visión histórica fue Txikia.
Eustaquio Mendizabal, más conocido por Txiquia, murió de un tiro en la sién cerca de la estación de Algorta, en Vizcaya, a las seis y media de la tarde 19 de abril de 1.973. Había cogido en Bilbao el tren que le llevaba a Plencia y se despidió de dos amigos un día gris, plomizo, con una aire pesado e irrespirable: "Oraindile Bilbo zitein honetan hilko gaituzte" (En este Bilbao sucio todavía vamos a morir). algo le hacía temer a este ex benedictino, implacable, bizco, valiente hasta la osadía, que en los tres primeros meses del año había escapado dos veces del cerco policial. Subió al tren. Empezó a notar que el presentimiento se hacía realidad; le seguían. En una estación del recorrido subió Peixoto -un camarada- y en cada parada iban apareciendo más sospechosos. En Algorta saltaron al andén y echaron a correr, cada uno por un lado, Se lanzaron tras Txikia; sabían a lo que iban, se apoderó de un coche a punta de pistola y el chófer se lanzó del vehículo en marcha. Quedó solo e intentó hacerlo funcionar.