Fernando Fernán Gómez nos ha dejado, ha iniciado un viaje sin retorno que no le llevará a ninguna parte sino a la morada donde residen los mejores y desde ahora todos quedaremos un poco más huérfanos; ya no escucharemos su voz profunda y bien timbrada y tampoco le veremos más, pasear su venerable figura, tan solo nos quedará el consuelo de leer sus libros o sus artículos y revisar las numerosas películas en las que actuó, tal vez así se aliviará en algo nuestro luto.

El actor, el director de cine y teatro, el escritor y ensayista, el periodista, el Académico, en definitiva, este hombre renacentista nos ha abandonado.....¡¡Descanse en Paz!!

Pero, mejor que mi palabra, leyamos cómo inició su discurso de ingreso en la Academia de la Lengua y así comprobaremos que fue un hombre de paz:

«Creo hallarme hoy entre personas dispuestas a defender su libertad no con la violencia y la sangre, sino con el pensamiento y la palabra».

Y cómo nos advertía ante la degradación moral en la que está cayendo la televisión demostrándonos el alto valor que le concedió a la ética profesional:

«Es legítimo el deseo de aumentar la audiencia pero tal deseo no justifica el envilecimiento»

Celoso guardian de su libertad y de su intimidad, nos advertía:

« (Tengo) Mal carácter, mala leche y además conviene que lo sepan»; aunque los más allegados a él podrían desmentir estas palabras, al menos, con ellos.

Repasemos unas breves líneas de uno de sus numerosos escritos y veremos el amor que sentía por los libros:

"El libro se abre ante nosotros como se abre de piernas la amante entregada y posesiva. Como abren los brazos para acogernos el amigo y el familiar.En mi prehistoria se abrieron para mí los brazos diminutos, débiles y sucios de los primeros cuentos de Calleja. Ya entre ellos se observaban diferencias sociales. Los más baratos cabían en la palma de la mano, su letra era casi ilegible y tenían las mejillas manchadas de tiznones como de carbón o de tinta de escribir palotes, curvas y garrotes. No parecían pensados para que los leyeran los niños, sino las abuelitas, desojándose, al borde de la cuna. En cambio, los más caros, en octavo, se leían con facilidad y tenían letras de oro en la portada.

"Vinieron después los libros de aventuras. Cuando aún no se ha llegado a la adolescencia, cuando aún no nos han amaestrado y no nos han inyectado en el cerebro la suficiente cantidad de resignación, nos asombra dolorosamente la monotonía de la existencia. ¿Cómo es posible -se pregunta el niño-, haber pasado ocho años padeciendo esta sórdida repitición cotidiana?. Los libros de aventuras, con su mentira piadosa, le abren las puertas de la esperanza.

"(...)Aparecieron después los que algunos consideran enemigos del libro: el cine, la radio, la televisión... son, es cierto, otros medios de difusión de la poesía, y también de la música y de las artes plásticas. Pero, aunque enemigos en cierto aspecto, es dificil que derroten al libro, ni creo que pongan en ello interés, El libro les lleva la ventaja de la corporeidad, de la cercanía. El libro lo tengo, lo poseo, puedo incluso darle achares, no mirarlo, no leerlo y, sin embargo, conservarlo. No es efímero.

Puedo también tenerlo en las manos, acariciarle el lomo como a un perro amigo, hojearlo, sobarlo, puedo besar algunos de sus renglones si me han conmovido. Tanto si es un libro lujoso, encuadernado en suave piel, como si es un libro popular, de los que se doblan y se pliegan sumisos para ser leidos en la cama, con los que uno puede acostarse sin muchas dificultades ( ... )

"Echo una mirada a la biblioteca. Cuántos libros en ella que ha devorado el olvido. Y cuántos que ya no podré leer. Quiero decirles a esos libros que no leeré nunca, que no se sientan despreciados. Sí sé que no los leeré es porque estoy en esa edad en la que al tiempo se le ve volar como a un gorrión asustado, en la que se nos escapa como agua en un cesto, en la que huye como algunos queridos recuerdos. Pero al decir adiós, que un libro me abra sus brazos y repose sobre mi pecho."

Por último, dos visiones de un mismo personaje y que tuvieron el placer de ser sus amigos:

David Trueba:

"Sólo unos pocos privilegiados conocen hasta qué punto Fernando, sentado en una silla, es capaz de convertir una charla en algo más que una charla. Esta película (El sillón de Fernando) aspira a que esos privilegiados no sean tan pocos", escriben los autores a modo de prólogo, antes de mantener la cámara fija y muy cerca del rostro del actor, para lograr que el espectador viva "un sobremesa" con este hombre, de "conversación brillante".

Hizo un repaso de su etapa de noctámbulo impenitente. Y recordó cómo comenzó a tomar whisky a los treinta años: "porque entonces se bebía según tu situación económica y un amigo me dijo que yo había ascendido un peldaño y era hora de cambiar la ginebra por el whisky".

"Fernán Gómez se declaró maniqueo y descreído, le molesta de la vejez que vaya acompañada de enfermedades, ya sean pequeñas o más graves. Afirmó que su mayor decepción es que, a pesar de haber triunfado, no ha podido rodearse de lujos. Y aseguró tener "una sombra de mala conciencia" por no llevar un comportamiento civil acorde con sus ideas. "Hablo de ello, pero no hago nada", comenta este hombre que, ante la pregunta sobre su futuro, respondió tajante: "Mi futuro es esto".

Fernando Trueba:

"Todos queremos trabajar con Fernando. Es una personalidad. Fernando va más allá de ser actor, es su mirada, su voz. Aparte de que sea un actor maravilloso, un director total, tiene algo impagable, que es un ser único. A mí me gustan mucho los actores que son ellos una personalidad. Mis actores favoritos, sean Cary Grant o Jean Gabin, eran antes que nada personalidades. Prefiero a los actores con esa personalidad que a los simples camaleones. No tengo miedo a las personalidades, me atraen."

Jesús Franco:

"Yo sigo pensando que la libertad es el socialismo libertario. Es lo mejor. No digo que sea posible, estamos hablando de cosas que están en el aire. Pero estamos mediatizados por el capitalismo. A mediados de los sesenta, en la Universidad de Salamanca, durante un festival de cine, Fernando Fernán-Gómez y yo creamos un partido político que llamábamos el pabi, el Partido Anarquista Burgués Independiente. Y decíamos que ése era el ideal.

"Íbamos a Salamanca, pero no tragábamos con el marxismo mediatizado y programado por el Partido Comunista. Nos parecía igual de casposo que el franquismo; no igual, pero casi. Entonces, nosotros creamos el pabi. Una de las consignas era: "Al Prado a por bellotas." Y teníamos una sola ley: "Se prohíbe a todo miembro de nuestro partido aceptar las normas de ningún partido, incluido éste." De ese talante es Fernán-Gómez y lo ha seguido siendo."