La Iglesia de la Cruzada se resquebraja en Euskadi:
Después de las sanciones a varios párrocos, aceptadas por el obispo de Vizcaya, monseñor Gúrpide, sesenta sacerdotes se encierra en noviembre del 68 en el seminario de Derio. Fue un gesto lleno de valor que tradujo ante la opinión pública la ruptura de la Iglesia con el silencio cómplice. El peso de la Iglesia en Euskadi le daba al encierro mayor relevancia. Haría falta superar ciertos tabús que aún se mantienen en la sociedad vasca para reflejar con referencias individuales la traducción de ese peso de la Iglesia en el seno de los grupos sociales y políticos. En ETA, buena parte de su dirección se formó en los seminarios: Onaindía, Azurmendi, Aguirre, Dorronsoro, Matxain... y en algunos casos llegaron a sacerdotes: Lucas Dorronsoro, Jon Echabe, Kalzada, Naverán..y ETA no fue excepción sino regla; en el PNV ocurrió y ocurre otro tanto. Ni el PC de Euskadi ni el Partido Socialista se libran de este rasgo, que tipifica a gran parte de la clase política vasca. Txillardegui, refiriéndose a aquellos años, escribió: "El marxismo, como ideología cerrada y globalizante, se convirtió en filosofía de sustitución de los líderes eclesiásticos, que fueron en los años sesenta un elemento capital en la difusión del marxismo más cristiano y más apocalíptico de toda Europa".
La actitud de los encerrados en Derio causó una conmoción de envergaura estatal. Ya no era sólo el hecho de que algunos sacerdotes se inclinaran hacia el nacionalismo, de que algunos párrocos, como el de Gámiz, se negaran a que la bandera español entrara en la Iglesia -"dentro de la Iglesia, dijo, no tienen cabida símbolos de desunión"- o de que los de Santa Teresa (Baracaldo), Amorebieta, Sodupe, Ondárroa, Baquio... no pagaran las "multas gubernativas"...o de que el de Gorocina no inaugurara locales el 18 de julio.. o de que el coadjutor de la Sagrada Familia de Bilbao apelara a la inviolabilidad del domicilio...Esta vez se trataba de algo más fuerte, que ni el Estado ni la jerarquía eclesiástica tenían fuerza para achicar. Desde 1.966, e incluso antes, los sacerdotes habían ido construyendo una mínima organización que se caracterizaba por dos rechazos: -el sistema político franquista y la jerarquía eclesiástica -y una evidencia- Euskadi como país oprmido-.
El encierro de Derio espuso esto ante la opinión pública. Duarnte una semana los sesenta encerrados se mantuvieron cantando canciones vascas. El obispo Gúrpide, muy enfermo ya, fallece mientras sesenta símbolos repudian su trayectoria de doce años y medio de colaboracionismo entre la Iglesia y la Dictadura.
Le sustituye José María Cirarda. Al tiempo, en San Sebastián, ocupa el Obispado Jacinto Argaya. Es más que un cambio de nombres. Cirarda, vizcaíno de baquio, tenía 51 años. Argaya, de Vera de Bidasoa, catorce más. Desde noviembre de 1.968 se puede decir que el Régimen se ha enajenado la cobertura de la Iglesia para justificar sus actos de homenaje, sus magnas conmemoraciones o sus castigos beneméritos. El poder del Estado en Euskadi será desde 1.968 laico y anticlerical; curiosa paradoja. No hará falta que pas eun año para que el Gobierno decida la detención del vicario general de Bilbao, José Ángel Ubieta, y entonces la animosidad se convertirá en casus belli. En 1.970 la Iglesi vasca no cobijará la celbración de la Liberación de Bilbao.