El modelo de policía política y un indomable, Elósegui:
Para eso estaba la policía. Lindezas aparte, la policía sabía ya lo suficiente como para no engañarse a sí misma y a los españoles. Aquello no podía reducire a la ofensiva comunista o a la masonería. Antes de la tempestad del verano del 68 el jefe superios de la policía de Bilbao había dicho en rueda de prensa (marzo de 1.968): " Se ha iniciado la guerra caliente contra ETA". Pero entonces para ser policía, no se pedían buenos informes sino muchos detenidos. La frase tópica de "Quiero a los culpables, ya" se convirtió en caza al hombre para que unas fuerzas represivas que se consideraban así mismas las mejores del mundo, porque ningún delincuente dejaba de confesar un crimen; lo hubieran cometido o no. ETA era una cuestión que se reducía a pescarlos, torturarlos, hacerlos firmar un papel y condenarlos para toda la vida. La policía se había convertido en actividad de comisarías, y las comisarías no se distinguían por su caoacidad política.
Esto transformó a algunos jefes de la policía en magos de la política. Hacían desaparecer, para bien de la autoridad, los focos malignos de la subversión. Antonio Juan Creix pasaba de mago casi era un taumaturgo. Llegó a Bilbao sin que se hubieran marchitado las coronas de la tumba de Manzanas. Venía de Barcelona, donde aprendió el oficio de "policía político", con dos expertos de la tortura modelo "años 40", Eduardo Quintela y Pedro Polo. Luego se formó en dos universidades policiales tan prestigiosas como Bilbao y Barcelona. Volvía a la primera para sentar cátedra. Los jefes de policía del franquismo o hacían milagros o no ascendían.La condición imprescindible para el éxito milagrero estaba en que los detenidos confesaran lo que debían confesar. No existió otro procedimiento que el fácilmente imaginable. Si luego en Madrid lo creían o no ya no era de su incumbencia. Creix tenía "un brillante historial", lleno de rojos milagros que se tradujeron en medallas, felicitaciones, ascensos y recompensas. Cuando cogió el mando de la zona que abarcaba las cuatro provincias vascas y Santander, llegó un Virrey. Él sería el trazador de la política del Estado.
Una octavilla cayó por ensalmo en aquellos ambientes tan sensibles al término arrasar. La encabezaba una frase: "Melitón Manzanas, Ejecutado". En ella estaban los elementos que conformarían una larga pelea que duró hasta nuestros días: "Ya no podemos retroceder y seguiremos adelante por la única forma de lucha que hoy nos es posible, por el único camino que la violencia fascista nos ha dejado abierto; seguiremos adelante mientras el pueblo nos ayude, nos apoye y quiera que sigamos; mientras nuestro pueblo siga comprendiendo que ser vasco o ser pueblo, hoy, significa lucha. Lucha a muerte. O ellos o nosotros".
Salvo excepciones individuales, sobre ETA existía una ignorancia supina. Incluso el PNV que mantuvo contactos y enlaces dentro de la organización hasta 1.966, y cuyas relaciones, aunque malas, eran familiares y consanguíneas, publicó seis meses después de la muerte de Manzanas: "se sigue sin saber nada en concreto sobre el o los ejecutantes, ni de los motivos que pudieron moverlos". Podía tratarse de un ceguera premeditada, porque antes sostuvieron la tesis del crimen pasional ejecutado por un carabinero herido en su honor. El Partido Comunista había calificado la muerte de Melitón como un acto justiciero", aunque lo hicieran, tratando de tender un puente hacia ETA. Hay que esperar a las vísperas del Proceso de Burgos (diciembre de 1.970) para que propios y extraños se den cuenta de la importancia de ETA. Y sin embargo, de manera zigzagueante, había una evolución políica en la organización que llegaba hasta la muerte de Melitón Manzanas.
En septiembre de 1.970, a menos de dos meses de que el pueblo vasco se ponga en pie, uno de los cuadros más batalladores del PNV, Joseba Elósegui, que hizo la guerra, la cárcel y la resistencia (se llevó del Museo del Ejército en Madrid, una ikurriña que figuraba como trofeo de guerra del bando rebelde), se lanza en el frontón Anoeta de San Sebastián en un todo o nada, incinerándose ante Franco y su régimen (yo, lo presencié), que contemplan algo para ellos inexplicable. Elósegui tenía 55 años y había presenciado el bombardeo de Gernika: no podía reducirse su gesto a la búsqueda de notoriedad o de un aventurero o un enfremo -"El heroísmo de Elósegui nos ha dejado desnudos -escriben en un panfleto conjunto EGI y ETA-, la mezquindad de nuestras autojustificaciones y la mediocridad de nuestra entrega al ideal han quedado manifiestos".
Aspecto personales aparte, la aventura de Elósegui refleja muchas cosas, pero sobre todo una: a pesar de la desesperación, a pesar del sentimiento de que Euskadi está sometida, hay quie va a ofrecer la vida para demostrar la fe en su país. "Me niego -escribió Elósegui entonces- a ver mi casa camino del fracaso." Y esa fe, ese motor, ese sentimiento de que cuando todo está perdido queda la dignidad del gesto, fue quizá lo que lanzó la más grande movilización de masas que conoció Euskasi desde la guerra civil. El Proceso de Burgos.