El fin de una época: el estado de excepción, y la prensa libre:
Era un viernes. El lunes declararon el estado de excepción en Guipúzcoa y se celebró el baile de las debutantes. Bailaron el vals del emperador con sus padrinos las hijas de los marqueses de Casa Riera (Mercedes y Sandra), y de los marqueses de Aguilar (Blanca), y de los marqueses de Montalvo (Virginia), y de los Domínguez Urquijo (Pilar), y Cristina Pena Rich, y Miriam Santos Suárez Lizaritury. Fue el último vals.
Habrá otros, pero de tapadillo, preludiando el éxodo hacia el sol. San Sebastián dejaba de ser Sociedad y de entonces a acá se convirtió en un ciudad vasca todo el año. Bella, conflictiva y fronteriza. Con Melitón Manzanas, detrás de las treinta coronas que portaba la centuria de la Guardia de Franco madrileña que veraneaba en San Sebastián, en formación, con camisas azules y brazaletes negros, se cerraba un tiempo que había empezado en la gran guerra del 14. La misa gregoriana de requiém que cantó el coro parroquial de Santa María de Juncal estuvo dedicada al jefe de la Brigasa Social y a un mundo que desaparecía. Muchos más lloraron a ese mundo que al muerto.
Las reacciones ante la muerte de Melitón Manzanas fueron fulminantes. Además de declararse el estado de excepción, los órganos de prensa ayudaron lo suyo. Blas Piñar en Fuerza Nueva pedía un "cambio de equipo para cortar de raíz un mal que nos gangrena". El diario Ya se refería paladinamente al "corte asiático" de los etarras para diferenciarlo del occidentalismo del PNV que, al fin y al cabo, pertenecía a la internacional democristiana. El ABC abrió la brecha de los ataques a los sacerdotes vascos a los que acusaba de ser "responsables morales" del terrorismo. Carecían de la más mínima idea de lo que estaba ocurriendo allá arriba, y para eso la prensa del Movimiento repartió una serial que, con la firma de Juan Pérez del Corral, iba a explicar a todos los españoles el fondo y la forma del problema vasco. Se componía de ocho capítulos bajo el epígrafe general de ETA. Un plan diabólico para "argelinizar" el País Vasco. A partir de informaciones policiales se construía una historia de ETA, del nacionalismo vasco e incluso de Euskadi en su conjunto.
Empezaba así: "El conductor del coupé blanco sonrió cínicamente al guardia civil mientras le entregaba la documentación del coche, luego hizo ademán de buscar el carnet en los bolsillos, cambió una rápida mirada de complicidad con su compañero de viaje y cinco segundos más tarde apretaba con rábia el gatillo de una pistola; los cuatro disparos rompieron la alegría bucólica de los verdes prados primaverales de Guipúzcoa...".
Sin entrar en juicios literarios sobre este émulo avant-la-lettre del nuevo periodismo americano, había que ser un botarate para admitir las genialidades que seguían. Se hablaba de "dieciséis sacerdotes implicados en ETA que quemaron las sotanas en señal de protesta contra la jerarquía", sin especificar si estaban vestidos o desnudos, porque entonces no era común ir de paisano. El Partido Comunista Francés había puesto a disposición de ETA sus "campamentos clandestinos de tiro" y "su escuela de terrorismo" sita en Toulouse, donde "se hicieron monitores en las distintas especialidades: robo a mano armada, etc.". Por este camino hasta explicar que la gran adquisición organizativa de ETA era "un instructor en técnicas terrorista, antiguo oficial de la Gestapo alemana".
La palma de oro la ganó el diario Libertad, de la Falange vallisoletana, con el editorial "¡ASCO!": Preferimos un minero asturiano comunista a un cura vasco separatista". La frase condensa toda la demagogia de que era capaz el sistema. Se olvidaban de que esta consigna se había invertido en 1.962... y en el 64, cuando exigían sangre de los mineros asturianos en huelga, fueran comunistas, socialistas o democristianos. Pero el "asco" del Movimiento en Castilla iba dirigido hacia lo que será durante mucho tiempo una razón de estado: "el separatismo vasco no merece escribir sobre él. Sólo merece esto; guerra, su fulgurante y total exterminio".