San Sebastián era la piedra angular del arco entre Fuenterrabía, a un lado, y Zarauz, al otro. Se decía que en Fuenterrabía afincaban los políticos porque tenía la frontera cerca. Zarauz cobijaba al postín rancio, donde se jugaba a la castiza "canasta" frente al bridge de los otros. En Fuenterrabía el embajador norteamericano Cabot Lodge era la cúpula del poder y gloria de nueva añada. En Zarauz estaba Fabiola de Mora y Aragón, junto a un rey Balduino que pescaba "cimarrones" con Felipe Artola, Ignacio Oriol o los grandes duques de Luxemburgo, y una corte itenerante de comida a la carta y criados de librea marcaba la pauta protocolaria de una Sociedad que se bastaba así mismo y lo hacía sin disimulo.
El restaurante de moda era Nicolasa, con sus tapas "para probar". En el Olimpo estaban los almuerzos de la condesa de Elda con los sirvientes y las mesas en la playa, rodeada de envidiosos mirones. En la playa, es decir, Ondarreta, los encargados de los toldos expertos conocedores de los laberintos familiares, asignaban a cada cual uno de los tres tipos de toldos y saludaban a la Sociedad con la frase repetida invariablemente por todos sus antecesores desde 1.887. "Hoy rico mar, buen día baño". Eslogan incomprensible de viejos "casheros" adaptándose a la lengua de los señores. Los jóvenes venían de las clases de natación que daba Yoldi en el Gabarrón, tomaban el aperitivo en Don Pepe y se aprestaban a superar unas tardes aburridas entre la visita a la boutique Fancy, los guateques y la entrada en Alkalde, que como la misa de doce en la iglesia del Buen Pastor eran los únicos contactos entre los ciudadanos de San Sebastián y la Sociedad.
¿Quiénes formaban la Sociedad? En los tiempos modernos ya no se necesitaba a Saint-Simón, ni siquiera a Proust, bastaba con Concepción Escobar Zita desde las páginas grisáceas de Hogar y Moda, o Jesusa Calonge desde el ABC, o Puri San Martín en el despresigiado vocero Luna y Sol, que como la nueva Sociedad había nacido en 1.944, con las firmas de Agustín de Foxá., Fernández Flórez, Pombo Angulo o Gonzalo Ruano, y moría en 1.968 con un director en funciones llamado Alberto Delgado. Una irresistible caída que marcaba el correr de los tiempos. Las visitas del yate Azor, los vaivienes de la política y el avance de la liberación económica habían dilatado el tamiz social que pasaba por granos finos mucha sal gruesa.
El Gran Casino fue inaugurado en al temporada de 1.887 y no hubiera sido capaz de albergar dos meses más tarde el gran Aurresku Real con el que se homenajeó a la reina. Se hizo en la plaza de la Constitución. Catorce parejas, concienzudamente seleccionadas entre lo más granado de la Sociedad, bailaron ante María Cristina y sus hijos. Laffite, Satrústegui, Mercader, Gaytán de Ayala, Larrauri, Echagüe... Apellidos "de siempre" que volvería a estar, algunos, en 1.964, o en el 66, aunque ya no se bailaran aurreskus sino "balses del emperador", marcando así indeleblemente la beatería de los nuevos tiempos. Ya no se baila en la plaza de la Constitución porque había recibido el nombre de "18 de Julio", y porque la Sociedad no conocía otro sitio que no fuera el Club de Tenis. El Gran Casino estaba arrumbado y el Gran Kursaal amenazaba estarlo.
No había lugar para expansiones folklórikas si se descontaban algunas licencias invernales, cuando la Sociedad ya se había ido.Fue entonces cuando un periodista entró en un diario donostiarra y quiso ocuparse de "cultura vasca". "No va atener usted tema", dijo el director. La única cátedra universitaria de euskara estaba en Salamanca y se había creado en 1.952 para satisfacer "la manía" de Antonio Tovar sobre lengua vasca, "una reliquia cultivable con carácter extraordinario", según especifica el decreto ministerial.
Quienes se encargaban de darle a San Sebastián sus apelativos exactos eran dos escritores. Baroja, aquel panadero en chancletas, había dicho de ella que "no le interesa la ciencia, ni el arte, ni la historia, ni la política, ni nada".¨Únicamente interesa el rey, la reina, los balandros, las corridas de toros y la forma de los pantalones". Comentando estas viejas frases, un joven donostiarra, Enrique Mújica Herzog, escribía en la prensa madrileña de 1.952: "Ya no hay rey, ni reina, a los balandros les ha sucedido el futbol, pero la ciudad sigue siendo más o menos igual".
San Sebastián tanía nuevos reyes y reinas, balandros más hermosos que nunca, corridas de toros que comentaban críticos tan filosóficos como un hermano del profesor Zubiri - de quién se decía en los círculos bien informados que además de "metafísico" sabía "vasco"-. Mientras la fina pluma de César González Ruano se posara en San Sebastián, a la mierda los insolentes. Don César, más que pluma era plumín, y pasaba por el más agudo comentarista cortesano en una época en que no había corte. Hoy pocos recuerdan a este atidado caballero como no sean sus víctimas de la época nazi en París o los escasos discípulos que aún le deben el café con leche y una recomendación poco entusiasta.
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he pasado a saludarte.
un abrazo
y buenas tarde.
Pepe,
Gracias amigo; como siempre, se agradece tu visita.
Un abrazo.
Hola, interesantes antecedentes...lo más lamentable de todo es que cambian los matices, pero el fondo se mantiene...
Un abrazo.
Laurencia,
No hay nada nuevo bajo el sol, cómo bien dices... tan sólo los matices.
Esa Sociedad de la que esbozo unas pinceladas era una sociedad decadente, entretenida en contemplarse el ombligo y sin capacidad para poder apreciar los cambios que ocurría a su alrededor. Con las lógicas diferencias, la misma de los últimos años del Imperio Austro-Húngaro o la que se ve reflejada en la pelícla "Muerte en Venecia".
La otra, la que vino tras el final de la guerra civil, al igual que todo lo que tuvo lugar durante el régimen franquista, era tan sólo una mala copia de ella. Ni había "clase" ni "estilo", tan sólo un vano intento de una y de otro, y toneladas de "caspa" y de miseria intelectual y moral.
Besos.