Álvaro Díaz, Arsenio.Fusilado:14/07/43(93)

María Teresa y Juan Jiménez 7
La huida.

En el consejo de guerra que se le hizo en Melilla, se pasaron por alto sus aventuras con los carabineros, con los legionarios; no se mencionaron sus cruces ni su adolescencia campesina. Se trataba de acusar a aquel hombre y las acusaciones eran gravísimas: secuestros, asesinatos, robos, enfrentamientos armados con la Guardia Civil, rebelión militar.... El fiscal militar pedía treinta años de cárcel. Como único testigo favorable al acusado acudió un hombre rico de Alhaurín el Grande, una buena persona que años atrás había enseñado a leer a Juan y a muchos otros niños pobres como él. Dijo al tribunal que era un buen muchacho, que no tenía malos instintos, que era aplicado y fiel, que se había portado valientemente en la guerra, que no era culpable.....

Fue condenado a veinticinco años y mientras Juan Cazallero daba muestras otra vez de gran adaptabilidad (llegó a ser como un funcionario de prisiones), María Teresa llevaba como siempre la peor parte en esta distribución de sufrimientos. En los primeros meses, ella se quedó en Alhaurín y procuraba bajar cada semana a Málaga para visitar a su esposo y llevarle comida. Pero muchas veces ni tenía dinero para el viaje ni para la comida.

Algunas gentes de Alhaurín iban también a la cárcel a visitar a Juan. Él recuerda especialmente a "casi todos los señoritos de aquí", que incluso mandaban al director de la cárcel "un gallo, unas botellas de aceite ..", para recomendar al preso del pueblo. Estas visitas y estos regalos contribuyeron a que la vida en la prisión del guerrillero fuera casi agradable. Se portaba bien y los funcionarios le apreciaban.

Al cabo de ocho meses lo trasladaron a Madrid. María Teresa hizo las maletas y, como siempre, se fue detrás de él. "¡A ver, era mi marido; tenía que seguirle a donde fuera !".Por la sección de anuncios de un periódico encontró trabajo como criada, primero en casa de una marquesa cuyo marido estaba encarcelado por estafa en la misma prisión que Juan. Esta coincidencia hizo que fueran las dos juntas –ama y criada- a visitar a sus maridos. Y aunque la marquesa no brillaba por su generosidad, algo de lo que llevaba al aristócrata iba a parar a las manos del guerrillero.

Lentamente iban pasando los años. Liberaron al marqués y trasladaron de cárcel a Cazallero. María Teresa cambió también de casa para estar más cerca de él. "Se fue con una señora que no le daba de comer y sí mucho trabajo; pero estaba a la vera mía" Estaba ya embarazada de su hija María Gloria. Las condiciones del preso habían ido suavizándose progresivamente. Su ejemplar comportamiento en la cárcel no sólo le proporcionaba buenos tratos por parte de los guardianes, sino sucesivas reducciones de pena. Incluso le permitían salir de la prisión para hacer recados a sus jefes. En una tabernilla próxima a la cárcel merendaba casi a diario con María Teresa y – poco después – con su hijita. La mujer compraba antes un poco de pan y un poco de queso o chorizo, o bien se llevaba algunas sobras de la casa en que servía. A veces les acompañaban en estos modestos ágapes funcionarios de la prisión.

El antiguo guerrillero antifascista se había convertido en botones de la prisión. Estaba ya totalmente amansado. Como en el consejo de guerra tampoco pudo probarse que fuera autor de los crímenes que le atribuían – lo cual es sobrada evidencia de que no los cometió – y como su comportamiento resultaba excelente, a los siete años de haber sido condenado salía en libertad merced a un perdón el Día del Caudillo. Juan no lo recuerda con precisión a qué fue debido. De cualquier modo, era en el año 1.965.

A partir de ese momento podía la novia dedicarse a pagar sus deudas y a enderezar su negocio. Todavía hoy (1.977) sale de casa en casa a cobrar los plazos de sus ventas, plazos de una peseta diaria, de un duro semanal por cacerolas, cubos de plástico o invenciones más modernas. Ha terminado la gran huida de Juan Cazallero y él intenta no recordarla con demasiado entusiamo...