El Rey de los Cruzados (II)
Hacerse perdonar
Sugerir un interés común entre la extrema derecha y los antisistema no sólo es una infamia, supone sobre todo una estupidez que dice mucho y mal de quienes torva e interesadamente la propagan. Se trata de posiciones completamente opuestas, radicalmente incompatibles. Los ultras quieren que el rey Juan Carlos I abdique en su hijo el príncipe Felipe para fortalecer la institución con savia nueva no comprometida in nuce con la dictadura franquista. De ahí que deseen hacerla vitalicia más allá de la figura de su "contaminado" pionero. Los antimonárquicos, por el contrario, buscan poner fecha de caducidad al régimen para impedir precisamente la salida sucesoria. Propiciar semejanzas entre ambas actitudes, continuismo y ruptura, es de la misma ralea que ese ejercicio de prestidigitación que pretende que la monarquía reinante fue refrendada por el pueblo español al mismo tiempo que se aprobó la Constitución en referéndum.
Tantas veces como sea preciso hay que insistir sin desfallecer en que la aprobación del paquete legal (reforma política, elecciones del 77, amnistía, Carta Magna del 78 y Pactos de la Moncloa) se consumó en un clima de violencia estructural, con una opinión pública en continua catarsis, acojonada por los atentados de incontrolados bajo control que ejecutaban una bien monitorizada estrategia de la tensión para, según el Gobierno de entonces, cargarse la negociación de la reforma democrática. Un ambiente político distorsionado que impedía actuar con independencia de criterio. Conviene decirlo ahora que se utiliza esa misma fórmula (en ausencia de violencia) para frustrar cualquier intento de salida política al "contencioso vasco".
Seguramente para hacerse perdonar esa claudicación, el PSUC y el PCE (valedores aún de la teoría del todo o nada constitucional), sin cuya aquiescencia no habría sido posible la reinstauración monárquica, lanzan ahora manifiestos a favor de una república federal y en solidaridad con los jóvenes represaliados. Las "primeras elecciones democráticas" de junio del 77 tuvieron lugar cinco meses después de la matanza de los abogados de Atocha, en Madrid, y a sólo dos de que Santiago Carrillo y todo el Comité Central aceptaran la monarquía del 18 de Julio, anuncio que escenificaron colocando una bandera nacional en la sala de prensa donde iban a comunicar su legalización por el gobierno a cambio de repudiar a la república.
El autor de la mejor y más completa historia del PCE, Gregorio Morán, reflejó así la coronación comunista. "Al día siguiente, en el Comité Central, Santiago (Carrillo) cambió radicalmente de tono. Adolfo Suárez y él habían llegado a un acuerdo secreto que concretaba en un papel los términos explícitos que debía aprobar el PCE (…) A continuación Santiago pasó a leerlo como si se tratara de una idea suya: En lo sucesivo, en los actos del partido, al lado de la bandera de éste, figurará la bandera con los colores oficiales del Estado…Consideramos la Monarquía como un régimen constitucional y democrático. Estamos convencidos de ser a la vez enérgicos y clarividentes defensores de lo que es nuestra patria común" (Miseria y grandeza del Partido Comunista de España 1939-1985, 1986,542).
Por no hablar de esa amnistía que trataba a todos igual, vencidos y vencedores, víctimas y verdugos, mercenarios y obreros, que al ser aceptaba por PCE y PSOE convirtió lo que fue un brutal golpe de Estado militar y una cruel dictadura que se despidió matando en un lamentable "enfrentamiento entre hermanos". Patente de corso que tanto juego iba a dar asegurando la continuidad de los cargos y haciendas de aquellos salvapatrias, hasta el punto de que incluso 30 años después les permitiría celebrar la humorada eligiendo en pública subasta al sucesor del dictador, Juan Carlos I, como la personalidad más importante de toda la historia de España. Obscenidad que está a punto de rematarse con una doble victoria pírrica de los enterradores de la primera democracia española: la próxima canonización de 10.000 mártires de la II República por el Vaticano y una ley de Memoria Histórica socialista que asimila civilmente los caos de persecución en la retaguardia contra religiosos confabulados con el levantamiento militar y la represión. El mismo país y los mismos jueces que blasonan de haber terminado con la impunidad de la dictadura de Pinochet y sus torturadores.
Ignoran los que corren actualmente a enterrar la huella reveladora de aquellos años que la cuestión monárquica no es un juego ni una bandera de conveniencia. Si lo tomáramos a chanza tendríamos que residenciarla en el negociado de los fondos de reptiles (José María Ruiz Mateos, Mario Conde o Javier de la Rosa…), la sección de contactos (Maria Gabriela de Saboya, Olghina de Robilant…) y tantas otras gabelas sometidas al secreto de un sumario que encubre las astronómicas financiaciones de yates Fortunas y veleros Bribones del tercer monarca más rico de Europa, según la prensa económica más seria. Pero trascender eso sería salirnos por la tangente y no reportaría más provecho que montar un vodevil cutre o rodar un thriller garbancero.
No hablamos de los reyes de la baraja, por más que el real envite tenga mucho de juego de tahúres y pueda desmoronarse como un castillo de naipes al primer soplo de verdad. Lo que está en cuestión es el ser mismo de nuestra deficitaria y jibarizada democracia, la única revolución pendiente. Y quienes ven la crítica como una espada de Damocles sobre sus estatus quos, deberían recordar que en 1930 los "gamberros" del Pacto de San Sebastián también se negaron a comulgar con una monarquía desacreditada por su cohabitación con el golpista Primo de Rivera, desencadenado con su gesto "una algarada" que condujo a la II República. La primera democracia que ha tenido España. Eso que sesudos oráculos que suelen contarnos cómo paso califican hoy de pura "ensoñación".
No cabe darle más vueltas. Se mire por donde se mire, para las nuevas generaciones liberadas del fantasmagórico besamanos de la transición, esta monarquía y su corte de los milagros es una ruina. Un edificio sin cimientos, levantado con materiales de derribo por un constructor sin escrúpulos bajo la dirección técnica de un arquitecto desalmado, cuya permanencia representa una amenaza real para sus habitantes. Mantener semejante púrpura agrietada representa un peligro público. Su destino inexorable es la piqueta.
Por dios, por la patria y el rey, ¿moriremos nosotros también?
”









isabel61 dijo
No te canses ni yo tampoco. Está visto que son herederos franquistas y ya has leído lo que ha dicho Mayor Oreja. "Con Franco muchos vivimos muy bien". Así qué ya sabes, bajo esas premisas a hacer recuento histórico, que en Alemania muchos alemanes vivieron muy bien con Hitler en Rusia con Stalin y en Argentina con Pincohet. Acabáramos de una vez y dar tantas vueltas para llegar a ésto.
Besitos
15 Octubre 2007 | 11:37 PM