Asesinato de un Sueño Libertario (III)

En La Higuera, algunas fogatas iluminan la noche.Tres hileras de soldados se han dispuesto en torno a la escuela-prisión. El Che está bien custodiado. A las 22 horas llega un mensaje radiofónico del coronel Zenteno, comandante de la octaba división, que con su laconismo confirma los temores que pueden albergarse sobre la suerte del jefe guerrillero: "Mantengan con vida a Fernando hasta mi llegada mañana a primera hora en helicóptero". El coronel no sabe que, a esas horas en La Paz, el general Ovando reunido con su estado mayor y el presidente Barrientos están a punto de adoptar una decisión inapelable. La muerte.
9 de octubre de 1.967. Hace un día expléndido. Al amanecer, la joven maestra Julia Cortez, de diecinueve años, ha sido autorizada a entra en el aula convertida en celda. Apenas intercambia unas palabras con el prisoionero, que está atado de pies y manos. Muy pronto por la mañana el helicóptero, pilotad por Niño de Guzmán, deja en La Higuera como estaba previsto al coronel Zenteno, acompañado por Félix Rodríguez alias Ramos, un agente de la CIA y exiliado cubano anticastrista que se considera capaz de reconocer al Che Guevara. Conducidos por el capitán Prado, los tres hombres penetran en la rústica celda. En la penumbra, el Che está sentado contra la pared. Su herida, precariamente vendada, no sangra ya pero nadie la ha curado todavia. Zenteno fracasa en su intento de hacer hablar al prisionero. El agente de la CIA toma algunas fotos improbables, ya que carece de flash. El mayor Niño de Guzmán certifica que cuando Félix Rodríguez intentó interrogar al Che, éste, declaró con voz inteligible: "Yo no hablo con traidores", y le escupió en la cara.
A las 11, siempre por radio y en lenguaje poco codificado, llega la sentencia: "Nada de prisioneros", lo que significa: ejecución inmediata de quienes han sido capturados.Prado aventura la explicación más plausible de semejante decisión. Evitar a toda costa un segundo proceso Debray. "Debray era un personaje de poca importancia en la guerrilla -dirá-, pero la conmoción que provocó su proceso se había convertido en una auténtica molestia para el gobierno, sobre todo en el plano internacional. Era preciso evitar un proceso similar que, tratándose de Guevara, habría sido cien veces más ruidoso".
Así pues, Guevara y Simón Cuba van a morir. Félix Rodríguez casi ha terminado su trabajo, recogiendo un material muy valioso. Pero eso no le basta. La CIA, afirma, quiere para sí al comandante guerrillero. Durante mucho tiempo creyeron que el Che había sido eliminado por Castro, liquidado físicamente, que estaba underground. Pero ahora que se ha demostrado que estaba al frente de la guerrilla boliviana, quieren utilizarlo para desenmascarar la política castrista de subversiónen las Américas. Lo necesitan vivo para hacerlo hablar, exibirle en público, utilizarlo como prueba de la malignidad cubana.
A partir de las diez semanas que pasó en Bolivia, de sus cuatro horas en La Higuera y de algunos escasos minutos que pudo permanecer junto al Che, Félix Rodríguez ha "escrito", con la ayuda del novelisto americano John Weisman un relato que, lejos de ser un testimonio fidedigno, es mera fantasía.
Para ejecutar la orden del estado mayor de La Paz, el coronel Zenteno convoca a los siete sargentos y suboficiales disponibles aquella mañana. Solicita dos voluntarios. Se ofrecen dos sargents: Mario Terán, el de mayor grado (suboficial de primera clase) y Bernardino Huanca. "Comprueben sus armas y ejecución", les dice el coronel. Las armas son fusiles ametralladores norteamericanos M-2 de treinta disparos. Parece, según reflexiona Gary Prado, que los dos hombres no se pusieron de acuerdo en elegir a su víctima. Huanca se encuentra ante la puerta del aula donde permanece Willy; Terán frente a la del Che, después de que lo sacaran de allí unos instantes antes para fotografiarlo bajo el deslumbrados sol de octubre.
Al parecer, Huanca fue el primero en disparar, matando al minero comunista Simón Cuba, Willy. El Che, separado de su compañero por un delgado tabique, reconoce el ruído característico del M-2 y comprende inmediátamente. Casi en el mismo instante ve la pequeña silueta de Terán dibujándose en el marco de la puerta. Ha llegado la hora, tan a menudo evocada, del "sacrificio supremo". Le habría gustado morir con las armas en la mano y en tierra argentina. Era una aspiración profunda, había hablado de ella en Praga, con Ulises Estrada, y se lo repitió unas semanas atrás a Pombo. Pero eso no se elige. ¿Acaso no proclamó: "En cualquier lugar que nos sorprenda laa muerte, bienvenida sea? Pues aquí está, la muy innoble.
Es aproxiadamente mediodía. Ernesto Guevara, el Che, el argentino cubanizado, "ciudadano de la gran patria latinoamericana", se desploma en la remota aldea de La Higuera ejecutada por la ráfaga de un sargento boliviano a quien el mero gesto de apretar el gatillo saca del anonimato. Se contarán nueve impactos de bala en el cuerpo; muchas más en las paredes. El rostro ha resultado ileso. Afirma la leyenda que Terán no se atrevió a disparar de entrada, que fue el Che quién le alentó tratándole de cobarde. Eso es puro cuento ya que no estuvo presente ningún testigo. Pero cuadra bien con las leyendas. Éstas son lo único serio, asegura Regis Debray. La de Guevara era grande hasta aquí. A partir de esa muerte miserable, se hace inmensa.
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salud-y-republica dijo
"Ciudadano de la gran patria latinoamericana"... qué hermoso nombre para un héroe de la gesta revolucionaria.
" Hasta siempre, Comandante Ernesto Che Guevara"
Madame Rosa
9 Octubre 2007 | 01:13 AM