Álvarez Muñoz,Alfredo.Fusilado:10/07/40(88)

Maria Teresa y Juan Jiménez 2

"Al entrar en Florida, sobre las 5,30 horas, se dirigirían a la Casa Cuartel para reunirse con otro grupo de hombres pertenecientes a la plantilla del Puesto, aguardando a las órdenes del capitán de aquella compañía a que amaneciese el día. Se adoptaron, punto por punto, las medidas imprescindibles para evitar sobre seguro una posible huida. La preparación fue meticulosa y estudiada detenidamente, valuando y analizándose las noticias poseídas y además los diferentes rumores acerca de que estaba armado, fueran varios los refugiados, etc. La actitud conjunta de la tropa que constituyó la unidad que iba a participar, en resumen, era la siguiente: Que no sería posible estuviera el bandido donde aseguraban se ocultaba. Creer eso era supervalorar su hombría y desestimar su inteligencia ante el absurdo de tomar por escondite un punto interior de la población. Que, como sucedían tantas y tantas cosas raras, si ciertamente aquella era su guarida, aunque dispusieran de un cañón, aunque sumaran cientos, allí estaban ellos decididos a todo".

"LA DETENCIÓN. Con las primeras horas del día quedó distribuida la fuerza. En las bocacalles inmediatas fueron situadas parejas y los pequeños grupos organizados, debidamente autorizados por sus moradores, ocuparon las casas colindantes apostándose en los patios y tejados de tal forma que dominaban el patinillo y la techumbre de la vivienda del maqui, en cuya puerta principal vigilaba con atención otra pareja. Instantes después, se personó el comandante, primer jefe accidental, para practicar el registro del domicilio".

"-Buena persona ese comandante, sí, señor, muy buena persona. Se portó muy bien con nosotros. A mí me dio un cigarro –dice Juan".

"-Yo le pedí de hacerle café, porque estaba malo, y él me dijo que sí, pero luego dijo: "Deje, señora, ya se lo daremos en la comisaría. No se preocupe". Era una buena persona –dice María Teresa. Se refiere a Ramón Rodríguez-Medel Carmona, autor del texto que se toma del número de enero de 1.959 de "Guardia Civil. Revista Oficial del Cuerpo".

"Es sobradamente comprensible el mal rato que pasarían El Tiarrón y su amante, cuando al preguntar Leonor quién era en contestación de las llamadas de la puerta, recibió la respuesta de "¡La Guardia Civil!". Aunque aparecieron indicios el primer registro resultó infructuoso. (...) En el resto de la casa no aparecía nada sospechoso, pero sí algo muy curioso y un poco desconcertantes. Abundaban las imágenes en número y tamaño muy superiores a los usuales en los hogares, antojándose poco apropiadas para albergue de un bandido que, para colmo, vivía, si la confidencia era verídica, amancebado.

"El segundo de los registros dio comienzo por un montón de algarrobas que se extendían a lo ancho y a lo largo del vestíbulo, dejando tan solo una especie de sendero que daba acceso al resto de las habitaciones del inmueble y escalera interior. En altura, las algarrobas rebasaban el poyete de la única ventana del cuarto de entrada, cubierta y adornada con una cortina. El comandante subió por las algarrobas y las recorrió en distintas direcciones a la vez que enterraba los pies e introducía las manos en busca de algún objeto relacionado en cualquier sentido con El Tiarrón. Finalmente, como en prevención, llevaba la pistola en la mano derecha. Al hallarse junto a la ventana, con el cañón del arma alzó la cortina y allí, tapado de algarrobas hasta los hombros con la cabeza reposando en el alféizar, oculta por el lienzo, surgió el bandolero.

"(...) Merece destacarse el temple y valor de la amante, que sin cesar de mimarle durante el trayecto a la capital, insistía recomendándole no hablase, que lo negara todo, que confiara en ella y tuviese aplomo. (...) Semejantes recomendaciones las hacía delante de nuestros guardias y a pesar de la reiterante prohibición de que hablara, pues las más severas amonestaciones la traían sin cuidado (...) Por el contrario, El Tiarrón daba la sensación de que ni sentía ni padecía. Conforme asimiló la idea de su detención y de que ya, después de haber burlado las leyes en tantas diferentes ocasiones, le llegó el momento de perder, siempre preocupado de no perjudicarse, contó alguno de sus movimientos y hechos menos trascendentales.

"Hasta hacía unos meses había tenido un magnífico escondite en el patio de su casa, apropiadísimo para pasar inadvertido una y otra vez. Consistía en un banco idéntico a los que suelen verse en parques y jardines, con una gran losa como asiento, hueca por dentro, con dos asas interiores que empleaba para taparse él mismo al introducirse en la excavación efectuada en el suelo".

" – Era una tabla cubierta de yeso, muy chiquitita, de unos cuarenta centímetros o quizá menos – dice Juan – Yo me metías en el agujero cavado en la tierra y colocaba encima esta tabla. Luego, ella ponía allí arriba tiestos y macetas, debajo del banco.

"Como no ajustaba perfectamente, permitía la entrada de cierta cantidad de aire, el suficiente para mantenerse encerrado durante el tiempo que podía durar el registro. Sin saber por qué, quizá por exceso de confianza, posiblemente por temor a indiscreciones, a lo mejor por querer autogestionarse de que no lo necesitaba, lo destruyó".

"- Eso estaba todo allí cuando le detuvieron – dice María Teresa – Se lo enseñé yo misma al comandante. Se asfaltó ya después de cogerlo.

"(...) Ante aquel extraño y mañanero movimiento de la Guardia Civil, frente al cuartel se congregaron numerosos vecinos, y otros salieron a los balcones. Cuando el Land Rover inició su marcha con los detenidos, sin ponerse nadie de acuerdo, el pueblo prorrumpió en aplausos y vivas al Cuerpo. Así terminó el servicio".

"- Sí, hombre – dice María Teresa – Vivas al Cuerpo... Allí nadie rechistaba, nadie se movía. Todos callados y se quitaron del medio. Eso es mentira. Se están echando flores.

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