Álvarez Madrigal,Ramón.Fusilado:16/05/40(87)

María Teresa Ramos y Juan Jiménez Sánchez, 13 años escondido en Alhaurín el Grande, (Málaga).
La Captura:

Aquella madrugada del 24 de septiembre de 1.957 estaban los dos acostados en la cama. Los registros nocturnos eran ya ocasionales y menos intensos. Hacía dos años que habían logrado imponerse al miedo y tenían abandonadas alguna de las precauciones con las que habían vivido una docena de años: no necesitaban ya comer y dormir en el suelo, porque los guardias llamaban a la puerta y ellos disponían de unos segundos para organizar el escondrijo en un agujero del patio o bien bajo las montañas de algarrobas secas que cubrían dos tercios de la casa. María Teresa y Juan estaban tranquilos en su lecho. El último hombre de las partidas de la sierra malagueña, el único superviviente de los grupos que habían actuado en la zona de Mijas, Coín y Alahurín, ni siquiera pensaba en sus amigos muertos, porque eran demasiados los amigos que habían ido muriendo en los últimos veinte años. Unos en la lucha contra los nacionalistas. Otros, en la lucha contra los republicanos. Algunos más, en los campos de trabajos forzados. Muchos, en el maquis. Juan Jiménez Sánchez "Cazallero", antes de refugiarse al amparo cálido de su amante, había estado en todas partes. Había sido carabinero republicano y legionario fascista. Había sido guerrillero, hombre de la tierra. Ahora, mientras el alba punteaba de luz los riscos de la Sierra Bermeja, dormía en una verdadera cama.

De pronto sonaron pasos en las calles empedradas. Un lejano ruido de motores. El taconeo era sordo y monótono. Maria Teresa se incorporó en el lecho y despertó a su compañero. En medio de las algarrobas, unos sacos llenos de esta legumbre, enterrados, formaban un estrecho hueco junto a una ventana. Juan pretendió saltar al patio y encerrarse bajo el banco de piedra, en la tierra, allí donde tantas horas había pasado. Pero Maria Teresa le explicó que aquello podía ser peligroso. El patinillo estaba expuesto a las miradas de docenas de guardias apostados en los tejados. Así, pues, el hombre se deslizó entre los sacos, la novia colocó encima una tabla de madera ligera y luego lo cubrió todo con algarrobas.

Al fin golpearon la puerta de casa y la Guardia Civil exigió que se le abriera. Maria Teresa, que contaba entonces 32 años, abrió rápidamente. Eran las seis de la mañana. Entraron muchos hombres en la casa. El grupo más numeroso se dirigió al piso de arriba, con el capitán. Registraron con más minuciosidad que otras veces. Recorrieron todo el piso, miraron en todas partes. En un armario encontraron ropas de hombre e hicieron algunas preguntas, pero no hallaron lo que perseguían.

Tal vez había logrado escapar. El soplo indicaba que Juan estaba escondido en el número 18 de la calle, pero hacía tiempo que se había cambiado el número y el tiempo que perdieron buscándolo en una vivienda distinta había aplacado su interés y dado tiempo a Maria Teresa a esconder a sus novio. Por fin, al cabo de media hora, fueron saliendo todos. Solamente el capitán se quedó en la planta baja. Estaba ya seguro de que el bandido no se encontraba allí, pero el capitán deseaba realizar un registro completo.

"HECHOS DELICTIVOS. Se conocía que marchó a la sierra en marzo de 1.944, uniéndose a un hermano huido con anterioridad y autor del asesinato de un brigada del Cuerpo. Componente de las partidas El Rubio de Brecia, El Mandamás, El Carasucia, poseedor de un máuser español y de una pistola del nueve largo. En junio de 1.946, por venganza, asesinó a un vecino del pueblo de X. En 1.947 partici`´o en el secuestro de un habitante de Z, por cuyo rescate percibieron 84.500 pesetas. Exigió la cantidad de 40.000 y 115.000 pesetas por otros dos secuestros más. En 1.949 sostuvo un encuentro con fuerzas del Cuerpo. Mediante amenazas de muerte consiguió la entrega de veinte mil, ocho mil y dieciséis mil pesetas. Consumó repetidos atracos en los que lograron cuantías que oscilaban entre las mil y las cinco mil pesetas. Autor de la agresión a un campesino, causándole rotura de la dentadura postiza y abandonándolo conmocionado".

"-Eso es todo mentira – dice Juan Jiménez- Vamos, se habrán cometido todos esos hechos, no lo niego, pero yo no tengo nada que ver con ellos. Me lo han puesto todo a mí porque soy el único que queda de los hombres de la sierra. A un millonario de la estación de Cártama, que le decían Chaves, intentaron obligarle para que dijera que era yo, pero él dijo que no podía decirlo. "Los que a mí me hicieron eso eran más jóvenes que éste", dijo en la comisaría. Ése era el de las ochenta mil pesetas. Claro, como era yo el único que quedaba, me lo cargaron todo. Tenían un expediente así de grande. A mí me pegaron pero me negué a firmar aquel expediente. Estuve cuarenta y ocho horas seguidas en la comisaría y allí no había comido nadie, todos interrogándome. Luego toda la brigadilla se fue y se quedó solo es escribiente. Yo le rajé tres expedientes. Hasta que me hizo otro expediente con lo que yo quise poner".

"Se tenían noticias de que, Leonor, novia del famoso bandolero, habitaba en su pueblo natal dedicándose a la compraventa de granos y cereales. Los astutos, que nunca faltan, advirtieron que cuando alguien iba a ofrecer o comprar mercancía, mientras se discutía el trato, Leonor utilizaba un tono de voz exageradamente alto. Llegaron a la conclusión de que en el piso alto bien pudiera encontrarse el antiguo novio de Leonor que durante la época de los maquis se fue a la sierra. Enterada la Jefatura del Tercio sin pérdida de tiempo lo comunicó a la Comandancia. Miembros del SIGC convenientemente adoptaron el modo y estilo de los campesinos y entablaron negociaciones con Leonor, comprobando que en verdad la versión de la confidencia era cierta. Los mismos "tratantes" del SI, aprovechando sus visitas, levantaron un ligero croquis del edificio, viviendas limítrofes y calles adyacentes. A las cuatro horas del día D, saldría, al mando de un teniente, un Land Rover con remolque y fuerzas de la Comandancia.