Alonso García-Patrón, Domingo. Fusilado (Ilegalmente) In Memoriam (70)

Saturnino de Lucas 34 años escondido en S. Martín y Mudrián, Segovia.

Mudrián aparece tan solo en los buenos mapas de España, Es un conjunto informe de casas diseminadas en la cresta de una colina. Doscientos vecinos. Edificios en su mayoría de adobe, grandes corrales rodeados de tapias, algunas macetas mustias y una fachada con polvoriento emparrado. Calles arenosas y llanas. En Mudrián no hay ríos ni prados ni jardines; solo tierra parda bajo el sol implacable. En la pared principal de la iglesia, el inevitable recuerdo de la tragedia que asoló a España durante tres años. Bajo cruz maltesa, una lápida blanca perpetúa los nombres de quienes murieron en el bando vencedor: “Caídos por Dios y por España. José Antonio Primo de Rivera. Patricio Morales Ruanos Marcelino Sanz Santos. Teodoro de la Flor Escribano”. Otros dos nombres borrosos. Y abajo: “Presentes”. Otros pueblos salieron peor parados. Porque Mudrián siempre estuvo “del lado nacional”, desde el primer momento. Aquí no hubo lucha y los hombres afiliados a cualquiera de los partidos izquierdistas o republicanos tuvieron que luchar al lado e los sublevados, porque habían quedado en su zona de influencia. Saturnino Lucas prefirió esconderse, aunque por otras razones. Sus hermanos marcharon a la guerra cantando el “Cara al sol”.

Saturnino nació el 4 de abril de 1.911 y su historia es verdaderamente fatal, fatal y enorme. Su padre era resinero y barbero, era un obrero; tenía unos tres mil pinos para remangar hasta que se los quitaron. Y de eso se mantenían. Eran 8 hermanos y él era el segundo de los varones, así que desde los seis años empezó a trabajar. Hacía recados, iba a la botica de otros pueblos; iba en burro porque Saturnino era cojo, se quedó cojo a los quince meses pero en su casa la necesidad era grande y había que aportar lo que fuera. No tuvo Saturnino una infancia distinta a las de los demás hijos de obreros nacidos en Mudrián,

Apenas había cumplido él los nueve años cuando su padre entabló un pleito al alcalde del pueblo, don Juan Marcelo del campo. El propietario había montado una noria para regar un campo de raíz de achicoria y la noria recogía el agua que, después de llenar un abrevadero, iba a estancarse en dos lagunas, una de ellas pública y la otra privada; esta segunda charca, de la cual era arrendatario, era muy abundante en tencas y de ella sacaba el padre de Saturnino un pequeño sobresueldo. Pero la retención de aguas de la noria puso en peligro el abastecimiento de las dos charcas y el pilón del ganado. Las aguas públicas pasaban a ser aguas privadas. De ahí surgió, después de varios intentos de componenda, el pleito. Lo ganó Marcelino, quien ante el juez perdonó al alcalde a condición de que retirase la noria. Naturalmente, era un riesgo excesivo haber vencido al cacique y toda la familia hubo de padecer las consecuencias. Desde aquel momento, padres e hijos habrían de sufrir la continua venganza de los Marcelo.

Saturnino había ido a la escuela con seis años y en muy poco tiempo aprendió a leer y a sumar, por lo que el maestro le dijo a su padre que debía darle estudios. Pero el alcalde no quiso que fuera así. Claro, todos eran de derechas, los mandamases, los caciques del pueblo. No querían que la gente pobre estudiase. Y un día pasó algo muy curioso. Su padre tenía una barbería y un día fue el maestro a ella y, entre lágrimas, le dijo: “El alcalde no quiere que sigas en la escuela, ahora bien, tu no te preocupes; tu vente a mi casa y yo haré lo que pueda contigo”.

A los ocho años, Saturnino se convirtió en el recadero del pueblo, al tiempo que seguía visitando de tapadillo la casa del maestro. En sus ratos libres, ayudaba al padre en la barbería, aprendía el oficio de zapatero remendón y salía al campo con los cerdos. Por entonces, Marcelino venía ganando dos pesetas diarias y en la familia, con nueve bocas que alimentar, se necesitaba como mínimo un duro. ¿Cómo iba a atender aquel hombre el consejo del veterinario de Navas de Oro de que diera estudios a su hijo paralítico?

El Cojo, Saturnino, se aficionó muy pronto a las cuestiones jurídicas. Aún antes de cumplir los diez años tuvo ocasión de conocer a una persona que no olvidaría, como tampoco los libros que aquel hombre le prestó. Un tal Antolín tenía un pleito complicado, y como era analfabeto, llevaba su correspondencia con el abogado el padre de Saturnino. Un día se presentó en Mudrián este abogado, don Pablo Guillén, y quedó a comer en casa de Saturnino. Se sorprendió de su vivacidad y le preguntó que quería ser de mayor, a lo que el chico respondió que, abogado.

En los viajes siguientes, el abogado regaló al Cojo algunos de los libros que había utilizado en su carrera. Era el mejor presente que podían hacer a Saturnino. Y en muy poco tiempo metió éste en su mollera todos los artículos jurídicos que aquellas obran traían. Al mismo tiempo que aprendía el oficio de zapatero, oficio que comenzaba a desarrollar, estudiaba Derecho, Matemáticas y Gramática, todo con libros del abogado. Estaba empeñado éste en que el niño siguiera estudios regulares y, por fin, el cura Miguel Llorente y él mismo le solicitaron una beca. Así se hizo pero el alcalde emitió sus informes desfavorables, por lo que no consiguió la beca.