Alonso García, Bienvenido. Fusilado (Ilegalmente): 21/10/39 In Memoriam (68)

Juan y Manuel Hidalgo España (3)

Los dos hermanos vivían, cada uno en su casa, separados por una veintena de metros y sin poder verse y así estuvieron durante 28 años. Manuel estuvo todo el tiempo en una habitación, sin tomar el sol nunca pero pasando mucho calor los días de verano mientras su mujer, Ana Cisneros Gutiérrez, se iba a buscar la vida. Jamás se le ocurrió pensar en salir. Cuando llegaran los treinta años sí, pero no antes.

Mientras Manuel permanecía encerrado en su casa, su mujer trabajaba para los dos. Lo primero que hizo, en los primeros tiempos, fue coger aceitunas, como obrera. También hacía pleitas de palma, para fabricar sombreros. En el pueblo no había pan, tan solo las raciones que daban y entonces, a Manuel, se le ocurrió amasar y hacer pan, probar primero con un poco y ver lo que pasaba ... Ana trajo unas pequeñas canastas de pan y las fue vendiendo. Después trajo harina, amasaron, y en un pequeño hornillo que había en la casa cocieron el pan. Manuel aprendió de su mujer y hacían hogazas grandes y chicas, redondas, con harina blanca. Más tarde vinieron peores tiempos y tuvieron que amasar pan negro, pan de cebada. El trigo era más caro. La gente venía a comprar el pan a la casa y Manuel estaba allí, escondido. Más de veinte años estuvieron haciendo aquello, a veces la madre de ella venía a ayudarles. El amasijo diario era de dos arrobas. Luego sacaron la matrícula y ya podían vender la ración que daban, el aceite, el azúcar. Pusieron una pequeña tienda de comestibles, muy chiquita, y vendían de “fiado” por semanas y cuando cobraban los maridos venían a pagarles.

Al principio, Ana, bajaba por la harina y la traía ella acuestas. Muchas veces dos arrobas y muchas veces un canasto de mandados también, a la espalda. Venía desde Almáchar, que estaba a una legua y cuesta arriba. A veces bajaba hasta Málaga o hasta Vélez, iba allí a comprar aceite y otras cosas de contrabando. Todo era de contrabando, de estraperlo que le decían. Luego compraron un burro; les costó ocho billetes y medio, ochocientas cincuenta pesetas y esto les sirvió para traer la harina y comprar otras cosas, como no tenían hijos, se defendían bien. Los vecinos se portaron bien con ellos, como la veían sola y estaba bien vista, la compraban a ella y no a los que venían de fuera. Manuel preparó un tabique con cañas altas por si se ponían mal las cosas y tenía que esconderse. Nunca salió de esa habitación ni tan siquiera en Navidad, trabajando solo en la madrugada haciendo la masa y luego, durante el día, sin poder hacer nada.

Para Juan y su mujer, la vida les fue más dura. Cuando él marchó para Adra les quitaron las tierras, la casa y lo que había dentro de ella: un borrico, los aperos, las herramientas, quince o veinte cajas de pasas, todo. Y ahora tenían miedo de que Juan volviese y se las reclamara. Había un señor, de Falange que había sido el alcalde del pueblo, que había hecho mucho mal y que temía que Juan regresara, por eso, avisó a la guardia civil para que le buscaran.

La cosa se complicó cuando Ana, la mujer de Juan, se quedó embarazada y en el año 42 dio a luz una niña; ella tuvo que decir que había perdido la honra para poder salvar a su marido. El alcalde era un mal hombre, para todo el pueblo y se negaba a la devolución de las tierras de Juan, a otros se la habían devuelto pero no a él. Un amigo de ellos que les llevaba las solicitudes le dijo a Ana: “Si le hicieras un ladito en la almohada a ese señor, te lo devolvería todo ...”

En 1.947 le quitaron de alcalde y el nuevo, Jacinto Ríos, les devolvió sus tierras. Fue entonces cuando tuvo lugar la denuncia, la guardia civil se presentó en casa y como no lo pudieron coger, cogieron a su esposa y la hartaron a palos, allí en su misma casa, para que dijera donde estaba su marido, estando la niña cuando ya tenía cuatro años. Ellos habían podido resistir gracias a unas tierrillas que tenía el suegro de Juan, pero muy malamente. El alcalde había mangoneado en todo; cuando le daba la gana prohibía recoger higos chumbos, que era lo único que mucha gente tenía para comer, los higos del municipio que eran de todos. También salía a los caminos a buscar a la gente que salía a buscar harina para venderla de estraperlo. Se la quitaba y si ellos discutían, se ponía un gorro de requeté que tenía, cogía una escopeta y decía que los iba a matar.

La guardia civil fue después, mucho después, diariamente a su casa, porque tenían interés en que Ana dijera donde se encontraba Juan. Mientras ella callaba, más veces venían, y más, y más la pegaban. Los guardias venían de Benamazar, casi todos los días, muchos años. Subían a la habitación, la registraban pero no daban con Juan. Miraban debajo de los cuadros, por todos los sitios, golpeaban las paredes con la culata de las armas esperando sonase a hueco, pero no encontraban nada, y Juan, allí dentro, a escasos metros, aguantando la respiración y el corazón encogido de miedo.

Pero aún había más; desde su escondite Juan observaba frente a su casa cómo montaban guardia par ver si lo cogían. Este mal hombre vivía en la casa del poeta, frente a la de Juan, y se pasaba la noche en el balcón, vigilando con la escopeta en la mano y la luz apagada. Eran tres hermanos y los otros vigilaban de día, en parte porque Juan había comprado las tierras que ellos querían y en parte porque ya se las habían devuelto, solo esperando verle entrar en su casa y pegarle un tiro, pero no fue así.

Pero ocurrió algo imprevisto. Este hombre, en la madrugada, tuvo que ir a la feria de Vélez a vender ganado y, mientras Juan le veía desde su ventana como comentaba esto, dejó la pistola encima de la mesa envuelta en un pañuelo, cargada y dispuesta para la ocasión. Al rato, un hijo suyo que contaba doce años, coge el pañuelo, cae la pistola al suelo, rebota se dispara y mata al niño. Se llevaron el niño a Málaga y querían darle sepultura sin dar cuenta, porque la pistola no la tenían declarada y no lo querían decir. Pero el cura, en el cementerio, se negó a ello y tuvieron que ir al juez en Vélez; allí lo arreglaron todo a favor suyo y no le pasó nada.

Lo más curioso fue que, a este señor, como era muy malo quisieron matarlo cuando la guerra y fue, precisamente Juan, el que se opuso a ello y le salvó la vida. En Benaque no mataron a nadie, luego, cuando entraron los falangistas, sí. A pesar de la desgracia del niño no dejaron la vigilancia y la guardia civil continuó con sus visitas y con las palizas de las que no se libraban ni Ana ni sus padre, a pesar de la edad de estos.

Juan había echo un escondite dentro de la habitación tan rudimentario como efectivo. Hizo un pequeño agujero en la pared, suficiente para encogerse dentro de él, cogió una criba grande y por la parte de atrás pegó un cartón pintado de mismo color que la pared; si se miraba a través de los agujeros de la criba daba la sensación de que se veía la pared cuando, en realidad, era el cartón. La criba estaba sujeta por un clavo, de forma que, al moverla para pasar al agujero. ella caía por si sola y tapaba el mismo, bajo ella y pegada a la pared, colocó una cama grande desarmada. Los tres hermanos murieron y ni ellos ni la guardia civil fueron capaces de encontrar a Juan.

La guardia civil entraba aporreando todo, tirando cuadros y armarios; a Ana la cogían del brazo, la pistola en el pecho, dando vueltas con ella. Le daban en todo el cuerpo y con las culatas en la planta de los pies y en el pecho y Juan volviéndose loco mientras que escuchaba todo lo que estaba pasando. Juan se quedó ciego tras ver como quedó Ana tras una paliza y en el año 51 decidieron salir de Benaque. Compraron una finquilla en Torre del mar y se trasladaron allí en donde pudieron vivir más tranquilos. Juan no llegó a asistir ni a la boda de su hija, y así estuvo escondido hasta el aviso de su sobrina.