Almarza Rodríguez, Casimiro. Fusilado (Ilegalmente): 26/02/43 In Memoriam (64)

Algún día, con un cambio de régimen,

el mundo se enterará abiertamente de los

crímenes que hoy solo pueden ser deducidos

por evidencias fragmentadas y

pobremente documentadas.

Gabriel Jackson, 1.965.

En octubre de 1.977 se editaba un libro, “Los Topos”, cuyos autores, Manuel Leguineche y Jesús Torbado, en sus páginas descubrían un secreto que había permanecido oculto durante muchos años y que solamente conocían muy pocos ya que estaba en juego la vida de un grupo de hombres. Unos hombres a los que la política de terror impuesta por el régimen de Franco les había ocasionado tal espanto que decidieron dejar de existir para los demás, ocultándose en los lugares más insospechados y de esta forma poder salvar sus vidas ante el temor de verse frente a un pelotón de fusilamiento, y este temor estaba bien fundado por la experiencia de lo que habían visto que les ocurría a otros.

La dictadura franquista a través, fundamentalmente, de los falangistas y de los requetés, había efectuado una cruel represión durante los años de guerra civil pero, una vez finalizada la misma, el sangriento general, en lugar de aprovechar su victoria para realizar una política de reconciliación entre los españoles, continuó ejerciendo esta represión con lo que demostraba bien a las claras que su imaginario no era de paz sino de exterminio total de aquellos a los que consideraba sus enemigos.

Tres años de guerra en los que la muerte paseó sus dominios por este país con una frialdad, una crueldad y una perfección como solo se vio en los cuentos medievales o en las sangrientas conquistas de finales del Renacimiento. Se mataba con cualquier disculpa o sin disculpa de ningún tipo, se mataba a cualquiera y se mataba de la manera más atroz. Tres años que solo terminaron en 1.975, cuando el gran culpable, el primer culpable de todo este espanto era enterrado con todos los honores imaginables – incluso el del llanto de muchos españoles – en el Valle de los Caídos, junto a los huesos de apenas setenta mil de los que murieron, casi todos en “su bando”. Según el mismo Jackson, los muertos en la retaguardia fueron: 50.000 por enfermedades y desnutrición; 10.00 por bombardeos sobre la población civil; 20.000 por represalias políticas en la zona republicana y 200.000 por represalias de los rebeldes. Si bien las represalias republicanas parecen demasiado bajas para la realidad, la cifra de 200.000 que fueron ejecutados de mil diversos modos por los vencedores después de la victoria, resulta escalofriante.

Veamos ahora las razones que llevaron el miedo a los corazones de los hombres y seamos testigos de lo que tuvieron que padecer los vencidos por las armas, nunca por la razón:

Teodomira Gallardo estaba casada con Valerio Fernández, militante comunista – en el pueblo no había organización - y alcalde de Zarza del Tajo, y que trabajaba de camarero en el casino de Santa Cruz de la Zarza. Con treinta años se incorporó a la guerra realizando la campaña completa y volviendo al pueblo con el grado de teniente y, nada más llegar, le ponen al corriente de que al alcalde de Santa Cruz un grupo de falangista lo habían detenido y le habían partido los huesos a golpes, los brazos y las piernas. Ante esta situación, él y su mujer, deciden abandonar el pueblo y, tras diversas peripecias, en 1.940 fueron detenidos los dos y conducidos , uno, a la cárcel de Santa Rita, en Carabanchel, y, otra, a la de Ventas, ambas en Madrid.

Tras cuatro años de encarcelamiento se los juzga, “por rebelión militar”, el 21 de diciembre de 1.944 acusándolos de la muerte de un sacerdote. Durante todo este tiempo, detenidos sin juicio, a él lo sacaron de la cárcel en cinco ocasiones para darle brutales palizas. Finalmente, condenados a muerte, a él lo fusilaron el 14 de marzo de 1.945. El cura que decían habían matado falleció dos años más tarde, en el 47. Lo encontraron muerto en el water de un bar de Madrid.

Teodomira permaneció en la cárcel hasta 1.947 aunque posteriormente sufrió diferentes detenciones por su militancia comunista, la última de ellas en 1.970. En su periplo carcelario – acompañada por sus dos hijos, que pasaron allí el sarampión y la varicela - fue testigo de las penosas condiciones de las reclusas, la vida era insoportable. Las funcionarias amontonaban los críos en los retretes y las madres tenían que estar de guardia para que no fueran atacados por las ratas. En una de sus detenciones, en 1.948, permaneció un mes en la brigadilla de la estación de Atocha y en nueve días la dieron veintisiete palizas, a tres diarias. Los guardias la llevaban donde estaban las porras, los vergajos, y la hacían elegir a ver con cuál quería que la pegasen. También la obligaban a hacer el gato: dar vueltas agachada alrededor de la mesa mientras todos la iban arreando. Consecuencia de ello acabó con tres costillas desviadas, las muñecas torcidas y la columna mal, aunque aún fue mucho peor para otras compañeras. A Pilar, la pasaron por encima nueve tíos seguidos, uno detrás de otro, la misma noche. Nueve policías uno detrás de otro. La pobre terminó mal de la cabeza. A otra, Gregoria, que tenía un cuerpo precioso y que se negó a desnudarse, la ataron del techo, le quemaron un brazo, la desnudaron y la violaron también. Otra amiga salió embarazada de allí.