Alberca Carrión, Jesús. Fusilado (Ilegalmente): 25/01/41 In Memoriam (43)

Fascismo español (La CEDA): Falange.

La sublevación de 1.934 no fue provocada por el temor de las izquierdas al fascismo español, sino a lo que entonces se llamaba fascismo clerical. El enemigo no era Primo de Rivera sino Gil Robles, agente del Vaticano en España, que buscaba más poder, a través de formas legales si era posible, pero de todas formas más poder.

El grupo más numeroso de las izquierdas, los socialistas, no estaba dispuesto a aceptar a Gil Robles, ni legalmente ni de ninguna otra forma. Para comprender esa actitud hay que mirar fuera de España.

Un fascismo de estilo germánico había tomado el poder en Alemania en 1.933, bajo una engañosa capa de legalidad. Más significativa era la situación en la católica Austria, donde en febrero de 1.934 el dirigente católico Dollfuss había destruido de forma brutal y violenta la democracia socializante de Viena, sin que hubiese habido antes previa provocación. Esta sangrienta matanza despertó en los socialistas españoles el sentido del peligro inminente que corrían de parte de los clericales. El alcalde styriano, Kolman Wallisch, ahorcado por Dollfuss, vino a ser el héroe para los socialistas.

En el avance de estos movimientos antidemocráticos en Europa, la Iglesia de Roma fue la principal o una de las más importantes ayudas. Los socialistas españoles, desconfiaron, con mucha razón, de los políticos del Vaticano. En Italia habían visto a Dom Sturzo y a Mussolini y el tratado de Letrán. En Alemania Bruening y von Papen, y después Hitler y el concordato firmado cuando Hitler destruía solamente los enemigos de la fe: masones, comunistas, socialistas, liberales y judíos. Y aquellos días, en Austria, Dollfuss y Schuschnigg.

Dibujado sobre el mapa de Austria con líneas acentuadamente sangrientas estaba el destino de España. El bombardeo, sin motivo alguno, de las viviendas de los trabajadores en Viena por la artillería católica, era para los socialistas la réplica más elocuente a aquellos profetas con pretensiones de reformas sociales que citaban diariamente las encíclicas de León XIII y Pío XI.

Así razonaban los socialistas. Comprendieron que su existencia, y la de todos los demócratas españoles, estaba amenazada no por el peligro remoto que representaban los buscadores de imperios, sino por el peligro inmediato de la empresa clerical de Gil Robles. Recordaban lo que dijo el 15 de octubre de 1.933: “Nuestro propósito es mucho más amplio, más generoso, más total ... nuestra generación tiene encomendada una gran misión. Tiene que crear un espíritu nuevo, un nuevo Estado, una Nación nueva: Dejar la patria depurada de masones, de judaizantes .. Hemos de hacer de España una gran nación; hemos de imponer una política de justicia social, a la que habrá que someter férreamente a los de arriba y a los de abajo .. Hay que ir a un Estado nuevo y para ello se imponen deberes y sacrificios. ¡Qué importa que nos cueste hasta derramar sangre!... Necesitamos el poder íntegro, y eso es lo que pedimos ... Para realizar este ideal no vamos a detenernos en formas arcaicas. La democracia no es para nosotros un fin, sino un medio para ir a la conquista de un Estado nuevo. Llegado el momento el Parlamento o se somete o lo haremos desaparecer”.

La CEDA, partido político de Gil Robles, no omitió subrayar el paralelismo de su programa con los elementos antidemocráticos de fuera de España. En la Cortes, las leyes liberales de la república fueron suprimidas o al menos ignoradas. La reforma agraria se convirtió en letra muerta, como las normas de salarios, los reglamentos contra los desahucios, los contratos de trabajo. El número de parados aumentó en proporciones catastróficas. Los oficiales del ejército que habían participado en la “sanjurjada” fueron indultados, restaurados en sus puestos e indemnizados. Los grandes de España recuperaron las tierras confiscadas. La legislación anticlerical no se puso en práctica. La Iglesia recuperó sus propiedades. El presupuesto de Instrucción Pública fue drásticamente reducido, y la Iglesia recuperó su antigua influencia en el terreno educativo.

Gil Robles comenzó a copiar en sus manifestaciones públicas el aparato que había observado en sus viajes a Alemania y a Austria. Organizó con estandartes, saludos y gritos de guerra a las juventudes de Acción Popular. Provocó el pánico incluso en áreas políticas no pertenecientes a la izquierda ortodoxas. El 22 de abril organizó una monstruosa concentración en el Escorial. El comienzo resultó violento ya que los socialistas y otros grupos de la izquierda trataron de impedir la reunión. La juventud allí reunida, que se estimó entre diez y treinta mil personas, aclamó a su líder al grito de: “¡Jefe! ¡Jefe! ¡Jefe!”

La intransigente posición de los socialistas, que encabezaron la revolución de octubre, ha sido rigurosamente comentada por Madariaga, uno de tantos intelectuales a los que la ingenua república rindió honores y que pagaron su deuda manteniéndose durante toda la guerra civil por encima de una lucha, que ellos llamaban sórdida.

Se puede ser traidor a la república sin ser fascista; la política del Vaticano era implantar en España un Estado clerical corporativo. El escritor procatólico Camille Cianfarra escribió en The Vatican and the war: “Para la Santa Sede, aquel país (Austria) representó la forma ideal de gobernar, ya que había adoptado el corporativismo cristiano, garantizado la libertad de la Iglesia en las actividades culturales y sociales, y había reprimido tanto el comunismo como el socialismo. Esta fórmula católica de institucionalizar la pobreza no era fascista, al menos no fue lo que Mussolini, Hitler y José Antonio entendieron por fascismo. Fue simplemente reacción clerical. El clericalismo amenazó a la república en 1.934, y si bien la revuelta fracasó, las consecuencias hubieran sido peores si la sublevación no hubiese tenido lugar. Gil Robles hubiera ido más lejos si no se hubiese visto contenido por la imagen de la revuelta asturiana. La diferencia entre el fascismo puro y el clerical residía en que el Estado fascista ofrecía al obrero la posibilidad de participar en la explotación de un imperio futuro. La economía de guerra que los regímenes fascistas imponían en cuanto alcanzaban el poder tenía además consecuencia inmediata para los obreros en la regresión del paro. Pero el Estado clerical condenaba para siempre a los explotados a permanecer en los confines de una sociedad inmutable e injusta.