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Alba García, Leoncio. Fusilado (Ilegalmente): 29/07/41 In Memoriam (40) |
Fascismo español (Violencia (2)): Falange.
La literatura de la Falange está plagada de accesos virulentos: fe enfermiza en la violencia que degeneró hasta llegar a la violencia por la violencia. Ximénez de Sandoval escribió en 1.941, cuando ya el falangismo se confundía con el Estado: “Su gloria (la de la Falange) la iban cantando el plomo y la sangre por la tierra de los violentos de España”.
Los jefes falangista recurrieron a todas las metáforas literarias y oratorias para describir el asesinato cono una coto heroico y la muerte en la calles como un hecho glorioso, y a presentarlos como tal a los jóvenes de la falange. El 27 de marzo de 19.34, caía herido en las calles de Madrid, un pistolero de 15 años de edad, escuadrista de la Falange, Jesús Hernández. Era uno de los jóvenes que se había incorporado a la Falange, por que “había oído vender F.E., en la calle con música de pistolas y les atraía el tambor bárbaro del plomo”.
La República perdió la guerra porque sus jefes no comprendieron en los primeros días que el solo recurso que quedaba al gobierno era dar armas al pueblo, porque los enemigos estaban decididos a hacer la guerra antes de perder sus privilegios. No puede encontrase, en los discursos de Largo Caballero y de sus correligionarios, la satisfacción enfermiza en darle al gatillo que se observa en el crisol falangista de aristocracia, pistolerismo y chulería. Tampoco puede escapar que, la violencia falangista, brotó en la cumbre de la sociedad española, en el pensamiento de hombres que eran tradicionalmente beneficiarios afortunados de lo mejor que España podía ofrecer en las esferas de la cultura, de la educación, de la enseñanza.
La violencia falangista pasó pronto de las palabras a los hechos. Al ampliarse, la Falange reunió alrededor de su núcleo original de intelectuales violentos, de aristócratas aburrido y de conspiradores idealistas, un hampa de chulos y de pistoleros. Nadie ha descrito esta simbiosis fraterna de señoritos y de pícaros con más ternura que Ximénez de Sandoval, jefe que fue del gabinete diplomático del Ministerio de Asuntos Exteriores del gobierno de Franco, que abandonó su empleo después de cierto escándalo, en un libro publicados con un prefacio de Serrano Suñer: “ A la vuelta del cementerio, que recuerdo hice a pie con Cadenas, Gaceo y Ruiz de la Fuente – nos reunimos, como de costumbre, en nuestro despacho, modestísimo, y con los cristales rotos, de la Jefatura de Prensa y Propaganda. Enseguida llamaron con los nudillos. Era un camarada joven y rubio (...) Fóster, iba siempre de mono y con boina (...) era escuadrista de primera línea (...) acariciaba la culata de sus pistola, ya devuelta a bolsillo. Así era la Hermandad de la vieja falange”.
La Falange preparó cuidadosamente un ritual para las peregrinaciones marciales del movimiento, cuando los falangistas acompañaban a sus muerto al cementerio. El 8 de marzo de 1.934, cuatro días después de una sangrienta reyerta entre falangista y izquierdistas de Valladolid, mataron a tiros en las calles de Madrid al joven falangista Ángel Montesinos.: “Nuevo entierro solemne. Nuevos juramentos interiore de lealtad y sumisión, de gallardía y silencio, de aceptación modesta de la muerte el día que es necesario morir. Otra vez José Antonio, la testa descubierta y la mirada grave, pasa entre hilera de muchachos con los brazos alzados para pronunciar una oración fúnebre escueta como un parte de guerra redactado por un poeta: -“ La muerte es un acto de servicio. Cuando muere cualquiera de nosotros, dadle piadosa tierra y decidle: hermano, para tu alma la Paz; para nosotros, por España, adelante”.
Quien recurre a la violencia política para conquistar el Estado y se detiene en esa fase, por considerar que la conquista del Estado es suficiente en sí para frenar la revolución social, no es un fascista. Caballero manifestó en su carta a Ramón Iglesia, escrita bajo la dictadura de Primo de Rivera, que era “un error decisivo considerar la situación actual de España como fascista”, porque se trataba de “una situación defensiva más que agresiva”, de un Estado de “policía severa más que de irrespetuosos condotieros”, de aventureros terribles, de infanzones ariscados”.
Reconociendo los errores de su padre, José Antonio quiso poner a España, dotándola de un movimiento fascista, en una situación “agresiva”, darle un Estado de “irrespetuosos condotieros”, y una política de “relaciones exteriores que activase fuertemente la circulación de España por el mundo”.







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