Álava Souto, Luis . Fusilado (Ilegalmente): 06/05/43 In Memoriam (39)

Fascismo español (Violencia): Falange.

El falangista no fue nunca una figura popular. Hedilla desapareció de la escena política española sin que nadie protestara por su ausencia. La adoración de José Antonio, después de su muerte, fue un fenómeno artificialmente estimulado y organizado por razones de Estado, sin raíces populares. El falangista, en tanto que figura histórica, es ajeno al heroísmo. Aunque fabricáramos un falangista sintético, con la hermosa cabeza de uno, el cerebro de otro, el corazón de un tercero, y los brazos del más fuerte, y las piernas del más veloz de sus miembros del Consejo Nacional, aunque insertáramos todos esos atributos en el mismo cuerpo, no habríamos hecho un héroe, ya que el falangista, a pesar de sus reivindicaciones retóricas cara al futuro, nunca fue un hijo de este siglo, sino un pálido eco de un pasado muerto.

En el ejercicio de lo que se suele llamar valor físico, el falangista no desempeñó nunca un papel noble. Antes de la guerra, salía a la calle a matar obreros. Durante la guerra, en el frente, su papel estuvo muy por debajo del de los moros, los legionarios, las fuerzas aéreas alemanas o de la infantería italiana. Las banderas falangistas estaban formadas, en gran parte, de reclutas forzosos, raramente de “camisas viejas”, de falangistas convencidos. La falange vendió carne de cañón a Franco (en diciembre de 1.936, Millán Astray pidió, en nombre de Franco, 15.000 hombres). En general, el falangista era el hombre que llevaba a cabo la limpieza de la retaguardia matando al enemigo político sin defensa, y alimentarse de carroña no ha sido nunca tarea heroica, ni siquiera en la sociedad de los animales.

La violencia política fue uno de los principios fundamentales de la doctrina fascista desde el comienzo de su implantación en España. He aquí lo que publicaba La Conquista del Estado el 21 de marzo de 1.931: “¡Españoles jóvenes, en pie de guerra! Para salvar el destino y los intereses hispánicos, La conquista del Estado va a movilizar a juventudes. Buscamos equipos militantes, sin hipocresías frente al fusil y a la disciplina de guerra; milicias civiles que derrumben el armazón burgués y anacrónico de un militarismo pacifista. Queremos al político con sentido militar, de responsabilidad y de lucha”.

El editorial de la misma publicación del 23 de mayo de 1.931, declaraba: “ Un país a quien repugna la violencia es un país de eunucoides, de gente ilustradita, de carne de esclavo, risión del fuerte ...”. Ledesma no abogaba, sin embargo, por una violencia gratuita. La justificaba con las siguientes palabras: “He aquí la legitimidad de la violencia, a la que nos referíamos en días pasados. Sólo la fuerza absoluta puede lograr la unanimidad que se invoca. Las rutas que consigan movilizarlas son las verdaderas”:

La consagración suprema de la violencia está contenida en uno de los discursos pronunciados en el primer acto público de los falangistas, el 29 de octubre de 1º.933, cuando uno de los oradores – José Antonio – después de enunciar los anhelos de la Falange en España, declaró: “Y queremos, por último, que si esto ha de lograse en algún caso por la violencia, no nos detengamos ante la violencia. Porque, ¿quién ha dicho – al hablar de “todo menos la violencia” – que la suprema jerarquía de los valores morales reside en la amabilidad? ¿Quién que cuando insultan nuestros sentimientos, antes de reaccionar como hombres, estamos obligados a ser amables? Bien está, sí, la dialéctica como primer instrumento de comunicación. Pero no hay más dialéctica admisible que la dialéctica de los puños y de las pistolas cuando se ofende a la justicia o a la Patria?”

El hombre que pronunció estas palabras, José Antonio Primo de Rivera y Sáenz de Heredia, marqué de Estella, grande de España y caballero de Santiago, tenía 30 años de edad. Disfrutaba de todas las ventajas que su clase podía ofrecer. Había recibido una buena educación y ejercía la profesión de abogado (“enchufado” en Telefónica). Su padre había sido el dictador de España, y él hizo el servicio militar en los dragones de Santiago. La mañana de este discurso amenazador no le agobiaban las preocupaciones económicas. Hombre guapo, quizá demasiado, iba bien vestido: cuello almidonado, corbata de raya negra y traje azul marino. Y antes de tomar la palabra en la reunión política, había oído misa en un convento y las monjas habían rezado para “que Dios todopoderoso le inspirara a él y a sus amigos”.

Miles de hombres, mujeres y niños perdieron la vida en aplicación de tal doctrina. En verdad que ningún grupo político español tuvo el monopolio de la violencia; no obstante, ningún otro grupo – y hay que insistir en este punto – exaltó la violencia hasta ese grado, ningún otro grupo declamó la poesía de la violencia tan líricamente como lo hicieron los hombres, medio pistoleros, medio trovadores, de la Falange Española, al tratar de justificar sus crímenes.

Hasta aquél discurso de José Antonio, ninguna personalidad responsable de la clase conservadora española había abogado por la violencia en lo que iba de siglo, ni siquiera por una campaña de terror oficial, no ya por el tipo de gangsterismo callejero que José Antonio reivindicaba. Hasta aquél momento, la defensa filosófica de la violencia había sido, en la vida política española, dominio exclusivo de los anarquistas (y del Estado, claro). Cierto que la clase conservadora no había sentido hasta entonces una necesidad de esta índole.