Ahijón García, Isidro. Fusilado (Ilegalmente): 16/03/43 In Memoriam (38)

Fascismo español (Padres de la criatura): Falange.

Giménez Caballero intuía el futuro del filósofo político, Ortega, que en 1,936 no supo mantener una posición firme, ni a favor de la república ni a favor de aquellos jóvenes cuyas ideas había fomentado, que erró por las calles de Buenos Aires en el más aislado de los exilios, y que un día volvió a la España de Franco, aceptando sin realizar el más mínimo esfuerzo por repararlo, todo lo que de pobre y sucio había en el estado fascista. Aún en plena guerra civil, cuando la inclinación de Ortega no era muy clara ni por uno ni por otro bando, en una publicación falangista apareció el siguiente párrafo: “A propósito de Ortega, para mí sigue siendo nuestro primer escritor actual. Puede acusársele de ignorancia en cuanto a la realidad y posibilidades españolas – ignorancia por exceso de intelectualismo – pero el futuro habrá de considerarle como precursor del movimiento nacionalista. Los más autorizados propugnadores de este movimiento son discípulos suyos, aunque más tarde haya renegado de su fe germánica en los destinos propios del pueblo. Ahí están, por no citar más, Eugenio Montes con su cristianismo un poco paganizado, y Giménez Caballero en quien no se ha definido aún la Roma ecuménica de Augusto y la otra Roma de los Papas – sede de Jesucristo – a la que sirvió nuestro César Carlos I, Emperador”.

Ortega fue nacionalista, imperialista y liberal; cínico, satírico y mezquino cuando analizaba el espectáculo de una historia en que su país, en otro tiempo dirigente, había sido reducido a un poder de tercer orden. Le faltaba algo – quizá valor – para llevar sus propias enseñanzas a la lógica conclusión del fascismo.

Es conveniente explicar las relaciones de Ledesma con los anarcosindicalistas.

Para conseguir la estructura sindicalista de su proyectada sociedad imperialista, Ledesma buscó una base popular a partir de la cual poder construir dicha sociedad. Vio en el movimiento anarcosindicalista el grupo con ás posibilidades de éxito. El programa de Ledesma tuvo muchos puntos en común con el de los sindicalistas. Ambos se oponían a sistema electoral y al gobierno parlamentario<; ambos eran antimarxistas, directamente activistas y anticlericales. Los anarcosindicalistas se oponían también al movimiento de autonomía catalán.

Ledesma publicó sus argumentos prosindicalistas en un artículo en que elogia al dirigente sindicalista Ángel Pestaña: “ Pestaña habla en nombre de un fuerza obrera de indudable vitalidad. Y con afanes revolucionarios absolutos...Las fuerzas sindicalista revolucionarias se disponen a encarnar ese coraje hispánico de que hablamos, (...) Hay, pues que ayudarlas ...”.

Giménez Caballero manejaba también en aquella época las mismas ideas. :”La única definición política que me permito dar de mí mismo es la de “anarcosindicalista”. Y también: “Al anarcosindicalismo le falta solamente una dimensión de espacio y tiempo que es la historia. Le falta únicamente un sentido de la tradición. Dicho en otras palabras le falta – Hispanidad”.

El escritor describió el anarcosindicalismo como “ el refugio popularísimo de la tradición heroica” de los conquistadores, de los combatientes contra los sarracenos, de los guerrilleros contra Napoleón, “ de los toreros, de los chulitos castigadores y apasionados, de la gente con sangre en las venas”. Caballero propuso la regeneración de la “chulería”, a la que llamó “el heroísmo hispánico degenerado”, dándole a esta violencia “un alta meta nacional”.

El flirteo de Ledesma con los sindicalistas no duró mucho, pues aunque los dos programas tenían puntos comunes, sus diferencias eran más importantes. Los sindicalistas no aspiraban al Estado todopoderoso, ni al imperio. A pesar de esto el fascismo español se llamó “nacionalsindicalismo”, y los colores rojo y negro de los anarcosindicalistas vinieron a ser los colores de la Falange.

Es cierto que el manifiesto de las JONS declara en su tercer punto: “Máximo respeto a la tradición católica de nuestra raza. La espiritualidad y cultura de España van enlazadas al prestigio de los valores religiosos”. Pero no es menos cierto que Ledesma no fue clerical. El Estado totalitario de Ledesma tenía que ser más fuerte que la Iglesia Católica Romana. La Conquista del Estado “era todo menos clerical”, como Ledesma escribió más tarde en ¿Fascismo en España?

La publicación condenó la destrucción de conventos como esfuerzo inútil en presencia de problemas más urgentes. “El problema hondo es el problema económico, el del hambre campesina y el del paro fabril, que piden una urgente intervención revolucionaria”. Estas frases fueron citadas en La Conquista del Estado, editada por Juan Aparicio y publicada en 1.939, pero la censura había cortado lo siguiente: “En nuestro programa revolucionario hay la subordinación absoluta de todos los poderes al Poder Estatal. ¡Nada encima del Estado! Por lo tanto, ni siquiera la Iglesia, por muy Católica y Romana que sea”.

Pero Ledesma no quería destruir a la Iglesia; quería que el Estado controlase la Iglesia y la utilizase: “Cuando la sensibilidad religiosa del país, que merece todos los respetos y que debería incluso fomentarse, recobre sus funciones positivas, aparecerá como uno de los más altos valores del pueblo español”.

Las declaraciones concernientes a la Iglesia en el manifiesto de las JONS fue una concesión que Ledesma hizo a Onésimo Redondo. En una declaración de las JONS en 1.933, Ledesma declaró: “ No constituimos un partido confesional (...) pero nunca seremos anticatólicos”.