Aguilar Toro, Antonio. Fusilado (Ilegalmente): 10/07/40 In Memoriam (33)

Fascismo español (Filosofía falangista (3)): Falange.

El movimiento fascista – el falangismo – persiguió en España tres objetivos sucesivos. El fin inmediato era la organización del movimiento fascista; el fin cercano, la conquista del Estado; el fin alejado, la conquista del imperio territorial. Alcanzar cada uno de esos fines no era empresa fácil. Al contrario de lo sucedido en otros países fascistas, como Italia y Alemania, en España la organización del movimiento sólo tuvo lugar, de manera eficaz, en el curso de una guerra civil.

En sí mismo, la organización del movimiento era poca cosa. Lo importante era apoderarse del Estado. La conquista del Estado, sin embargo, no representa sino el primer paso en el cambio ineluctable que debe recorrer el movimiento fascista. No obstante, desde el momento en que el Estado cae en sus manos el movimiento dispone de una plataforma desde la cual emprender la realidad de su objetivo principal, de su sola razón de existir, de su destino: la conquista del imperio.

Para llevar a cabo la campaña que culminaría en la conquista del Estado, los movimientos fascistas españoles preveían el empleo de tres armas: la violencia y la acción directa, la propaganda nacionalista y las juventudes. Dichas armas deben imponer a España una unificación total: el estado unificado había de ser territorialmente centralizado, políticamente monolítico y social y económicamente jerárquico y sindicalista.

El fascista español de 1.936 típico fue un joven, quizás abogado o médico de provincias, raramente obrero, que vociferaba propaganda ultra-nacionalista, que estaba dispuesto a recurrir a la violencia para impedir la revolución social, y que imaginaba que su patria había sido incapaz de cualquier progreso a causa de la desunión, territorial y política, social-económica, que hacía imposible alcanzar fines nacionales.

El fascismo luchó contra la descentralización de España y por un poder rígido en manos de un gobierno central en Madrid. España era un país desunido políticamente. Los fascistas españoles exigían que se pusiera término a todas las luchas políticas. Trataron de obtener la abolición del sistema de partidos, de las elecciones y del concepto mismo de izquierda y derecha en el parlamento. Un solo partido representaría no a una facción sino a un todo; no sería un partido sino un movimiento. Los fascistas españoles fueron enemigo de todos los partidos políticos del momento.

España estaba desunida también social y económicamente. Existía una lucha de clases. Los fascistas españoles trataron, pues, de crear sindicatos de carácter nacional; trataron de convencer al trabajador español de que tenía más afinidad con el patrón español que con el trabajador extranjero. El obrero y el patrón serían representados por un sindicatos nacional y vertical.

En esta concepción de la vida económica del país, los intereses del obrero y del patrón fueron subordinados a otro: los del Estado totalitario. Pero en compensación de esta subordinación, el Estado totalitario iba a ofrecer al obrero y al patrono una participación del imperio.

La Falange se hallaba integrada, en líneas generales, por jóvenes de espíritu conservador, que consideraban su condición económica excesivamente limitada, y que no veían horizonte de mejora si no se producía un cambio profundo en España. Con frecuencia, eran lo que en el país se llama “señoritos”. Venero ofrece material para estudiar la composición provincial de la Falange en los meses de preguerra. Su condición burguesa es patente. Díaz Nereo era abogado; Joaquín Miranda dirigía una fábrica de su familia; Muchos dirigentes eran oficiales retirados. Groizard, Merino, Muro. Márquez, González Vélez eran médicos, como Aznar; todos estos médicos practicaron la violencia falangista, y Groizard y Aznar eran matones confesados. “Laporta pertenecía a la mesocracia mercantil”. Según Claude Couffon, los falangistas en Granada de antes de la Guerra civil fueron “reclutados entre los hijos de los comerciantes de la ciudad”. Entre los dirigentes falangistas Hedilla era el único obrero verdadero, si consideramos a mateo y a Gutiérrez Palma como sindicalistas profesionales. Venero informa que los falangistas de San Sebastián ejercieron “profesiones liberales en su mayoría”.

Aunque los modelos humanos inmediatos para los falangistas de la “Primera Línea” parecían ser los “squadristi” fascistas y las legiones de camisas pardas, sus modelos subconscientes habría que buscarlos en los miembros de la clase gobernante de Inglaterra y Francia, o en el deformado concepto que de ellos tenían. Soñaban con una nación española fuerte, con un imperio rico, en un mundo capitalista. No anhelaban la abolición de las clases sociales, sino una sociedad jerarquizada en un país rico y poderoso, en un imperio en que hubiera algo para cada uno, y para ellos los puestos de manso. En su defensa de José Antonio, Payne dice que aquel “tenía que tener reprimir sus sentimientos anglófilos y era un gran admirador de Kipling, y que el jefe falangista “admiraba el mundo anglosajón y particularmente del imperio británico”. Payne aduces estos hechos par probar los buenos sentimientos de José Antonio, para demostrar que “no era un fanático nacionalista”, que no era un imperialista. Pero aquellos hechos prueban lo contrario. José Antonio envidiaba al imperio inglés.

Durante la campaña electoral de febrero de 1.936, la derecha española rechazó todos los pactos electorales con la Falange, que se vio obligada a luchar y a fracasar sola, como un paria político. Había fondos disponibles para la lucha electoral; no obstante, los hombres con dinero consideraron que Gil Robles constituían una mejor inversión política que José Antonio. Pero la situación iba a cambiar en 24 horas. Con la derrota de Gil Robles, la derecha española se alejó del centro y aumentó su consideración por la Falange, y la Falange, por esa misma razón, fue más temida que la izquierda. Un indicio de este cambio de clima fue que, al tener que designar candidatos para las elecciones parciales del 5 de mayo, la derecha nombró candidato por Cuenca a José Antonio, el hombre que nadie aceptaba unas semanas antes. Por aquellos días, el líder falangista estaba en la cárcel; pero si hubiera logrado con el escaño la inmunidad parlamentaria, habría sido liberado y hubiera podido participar directamente en la conspiración militar contra la república.