Aguilar Lagos, Francisco. Fusilado (Ilegalmente): 24/06/39 In Memoriam (31)

Fascismo español (Filosofía de la falange (1)): Falange.

El fascismo es una fórmula política europea que se desarrolló rápidamente tras la primera guerra mundial. Ésta fórmula pretendía ofrecer a los Estados europeos de segundo orden (es decir, a los incluidos dentro de las coordenadas del sistema capitalista pero no disponiendo del capital suficiente para su desarrollo, y que se hallaban amenazados por competidores provistos de abundantes capitales de inversión, y debilitados también por las exigencias cada vez mayores de una población descontenta y hambrienta que se dirigía rápidamente hacia la izquierda), un método según el cual las energías de la revolución social podían ser canalizadas hacia una aventura imperialista en que el precio de las reformas sociales necesarias para el país serían pagadas por el vencido en la lucha de conquista.

Esta fórmula permitía un progreso social para las masas descontentas, pero no a expensas de las clases poseedoras del país, sino a expensas de los competidores en la arena capitalista internacional, y de las masas de esos países. La gran novedad que presentaba el fascismo consistía en la utilización de los modernos métodos psicológicos y técnicos en el dominio de la movilización de masas y de la organización social. Las técnicas utilizadas por uno u otro movimiento fascista podían variar, y variaron de hecho, de un país a otro; podían fluctuar, y fluctuaros, dentro de un mismo país, de un periodo a otro. Sin embargo, el objetivo esencial de cada movimiento fascista permaneció invariable: el imperio.

El falangismo español es simplemente la versión española del fascismo. El fascismo no fue un movimiento revolucionario sino un movimiento contrarrevolucionario. Su finalidad profunda no consistía en hacer progresar la revolución social, sino en traicionarla. El fenómeno fascista no constituye una ideología, sino una improvisación circunstancial, perfectamente limitada en el tiempo histórico. Nació tras la primera guerra mundial y empezó a morir durante la segunda. Podría haber resucitado después si la estructura del poder en el mundo no hubiese cambiado radicalmente y si otra idea más fuerte – provocada precisamente por el fascismo – el anticolonialismo, no hubiera hecho tan rápidos progresos en los últimos decenios. Su última manifestación tuvo lugar en Argelia cuando ciertos elementos franceses de éste país trataron de apoderarse del Estado francés para reconquistar el imperio.

La dificultad para dar una definición del fenómeno por cuantos han escrito sobre el fascismo está quizá en que los investigadores buscan un sistema de pensamiento global, una ideología permanente y de envergadura, allí donde no existe más que un subterfugio político efímero y primitivo, una táctica fabricada para un segundo de historia y no una gran estrategia capaz de organizar el mundo durante mil años.

El fascismo no tuvo más programa económico que el saqueo de sus vecinos. El secreto del fascismo era la organización del ataque: la fórmula que permitió a los jefes del movimiento ganar el apoyo de un lado, de la clase poseedora con la promesa de liberarla, sin gastos, de la pesadilla de la revolución social; y de otro lado, el apoyo de las masas con la promesa de una vida mejor. La vida mejor para todos – la clase poseedora, las masas y los miembros del movimiento fascista que controlaban la patente de la fórmula – se hallaba en la ilusión de las riquezas de un imperio por conquistar. Ilusión difícil de inculcar a los habitantes de una nación con el imperio ya conquistado; y por ello las tentativas para fundar movimientos fascistas en Inglaterra, Francia, Holanda y Bélgica encontraban poco éxito.

En 1.930, España se hallaba en la peligrosa frontera que separa el socialismo del capitalismo. España era un miembro de segundo orden, y recién llegado sobre todo, del mundo capitalista moderno. España disponía de poco capital de inversión. Y mientras Inglaterra. Estados Unidos de América, Francia, Bélgica y Holanda disponían de un excedente de capitales para invertir en el extranjero – incluso en España -, España carecía de capitales – y de voluntad en quienes poseían capitales – para promover su propio desarrollo. Los imperios más ricos colonizaron a España con el excedente de su riqueza. Los teléfonos, los tranvías, las minas, las empresas hidroeléctricas, pertenecían a capitales extranjeros. La índole colonial de la economía española no permitía que se formara en España una clase conservadora suficientemente numerosa para defender un statu quo. Pocos eran los españoles que tenían un interés económico en mantener las cosas como estaban.