Aguado Salgado, Gregorio. Fusilado (Ilegalmente): 05/09/39 In Memoriam (21)

Bienio negro. CEDA:

Los partidos de derechas pasaron el verano en un estado de férvida exaltación. Desde los sucesos de Oviedo, la Ceda, había aumentado grandemente su número de afiliados. Gil Robles se había convertido en una figura milagrosa, un führer, un maestro de la política maquiavelista de la que los jesuitas se dice que son tan partidarios y que los españoles de derechas ven a menudo como la más alta forma de un hombre de Estado. Con consumada habilidad y previsión había provocado a los rojos a un alzamiento prematura que los había arruinado. Con la misma habilidad quería conducir a la Iglesia y a los terratenientes hacia el triunfo, sin incurrir en los peligros de una guerra civil.

Entretanto, el héroe estaba muy ocupado pronunciando discurso tras discurso. En ellos exaltaba las virtudes y ventajas de la prudencia, de la paciencia, de las estratagemas y, sobre todo, de la táctica. Esta palabra, la táctica, conduciría a los que seguían a la cima anhelada desde la cual una vez más podrían poner el pie sobre el cuello de los enemigos. No se cansaba de señalar que todos los acontecimientos del año anterior, durante el cual él había hecho un enorme progreso tortuoso, habían sido previstos e incluso provocados por él. Para aumentar su popularidad entre sus partidarios, raramente hablaba ahora sin insultar y desafiar a los del lado opuesto. Los republicanos, decía, eran asesinos, ladrones y criminales de la peor especie. Eran gente que tenía las manos manchada de sangre de inocentes curas y niños.

“Dejadnos ahora – dijo en un míting monstruo en la ciudad de Valencia en el mes de junio – alzar los muros de nuestra ciudad y marchaos fuera de ellos, pues no sois dignos de deshonrar lo que estamos fortificando”. Este era el lenguaje con que un ministro español, ocupado en revisar la Constitución, se dirigía a la mitad de España.

Las izquierdas se estaban recobrando, entre tanto, de su dependencia. Largo Caballero y Companys habían comparecido ante los tribunales aquel verano. Largo caballero y Azaña fueron absueltos por no haber pruebas contra ellos. Companys fue juzgado por el Tribunal de Garantías Constitucionales y sentenciado a treinta años de prisión. Por los fusilamientos de masas en Oviedo y por las indignantes torturas empleadas contra los prisioneros, se había creado por todo el país un movimiento de simpatía a favor de ellos y la ejecución de los dirigentes resultaba imposible. Los manejos políticos de Gil Robles ya no impresionaban nada más que a sus satélites. El resultado fue un resurgir de las izquierdas. Azaña, que había organizado los grupos republicanos de izquierda en un nuevo partido, Izquierda Republicana, organizó un míting monstruo en Comillas. Fue el más grande de los mítines políticos que se había dado antes en España.

La rebelión de Asturias, que observada desde un punto de vista militar había sido un completo fracaso, gracias a la estupidez de las derechas se había convertido un gran triunfo moral y político. Todo el proletariado y los campesinos de España habían sido electrizados por el heroísmo de los mineros asturianos y rugían de indignación por la venganza tomada contra ellos.

Esta vuelta de la izquierda a la actividad no pasó desapercibida para Gil Robles. Aunque esperaba para antes de fin de año obtener el poder por medios políticos, no por eso descuidó los otros caminos. Muy significativamente había pedido y obtenido de Lerroux el ministerio de la Guerra. Con el general Franco como su mano derecha estaba reorganizando el ejercito y eliminando a todos los oficiales que pudieran tener tendencias izquierdizantes.. Por entonces fueron cavadas las trincheras de la Sierra de Guadarrama, que dominaban todo Madrid, y que tan útiles demostraron ser para las tropas del general Mola durante la guerra civil. Gil Robles se mostró también ansioso de tener el control de la guardia civil, transferida desde el ministerio de la Gobernación al ministerio de la Guerra, para tener así todas las fuerzas en sus manos. Tanto Lerroux como el presidente de la república se opusieron a ello pero tuvo la habilidad de cambiar, en el nuevo gobierno formado en septiembre, al ministro de Gobernación, Portela Valladares, un hombre de centro izquierda, por otro más adecuado a sus propósitos.

Entre tanto, un acontecimiento voló para siempre la coalición CEDA-Radical. El hijo adoptivo de Lerroux, el antiguo presidente de gobierno, Semper, y muy posiblemente el mismo Lerroux, se vieron implicados en un caso de corrupción sobornados para introducir fraudulentamente un tipo de ruleta. Al mismo tiempo salía a la luz otro escándalo relacionado con malversación de los fondos de las colonias.

Estos escándalos demostraron que en aquellos tiempos críticos y peligrosos por los que atravesaba España, un grupo de políticos se dedicaban a llenarse los bolsillos. La mayoría de los diputados del partido Radical dimitieron pero el acontecimiento que derribó al gobierno fue diferente: Chapaprieta, tuvo por fin su presupuesto preparado. Los funcionarios del gobierno verían sus salarios recortados del 10 al 15%, los gastos en educación suspendidos, incluso se atrevía a imponer a los terratenientes un pequeño impuesto. Los derechos sucesorios subirían del 1 al 3,5%. Esto dividió al gobierno, ya que la CEDA, bajo la presión de los hacendados, se negó a saber nada de esta cuestión. Esto ocurría en diciembre de 1.935.

El momento de Gil Robles parecía por fin llegado. Los radicales se habían destruido por sí mismo. Su plan era este: una vez en el poder y consolidada su posición aprobarían un decreto pidiendo al presidente que disolviera las Cortes y convocara elecciones sobre la cuestión de la reforma de la Constitución. Alcalá Zamora, como católico sincero, deseaba también una reforma de la Constitución, pero las conversaciones que había mantenido con Gil Robles le confirmaban la idea de que este quería acabar con el gobierno parlamentario y sustituirlo por un Estado corporativo. Alcalá Zamora determinó, en su fuero interno, no concederle nunca plenos poderes. Por esta razón puso las riendas del gobierno en manos de Portela Valladares con la condición de que convocara nuevas elecciones. Había olvidado que la ley de elecciones no favorecía el triunfo de los partidos de centro, sino que acentuaba la inclinación normal del péndulo de un lado al opuesto. Violentamente asaltado por las derechas y por las izquierdas (el furor de Gil Robles contra el presidente no tuvo límites) le fue imposible a Portela Valladares mantener una mayoría en las Cortes y el presidente de la República se vio obligado a firmar la orden de disolución de las mismas y convocar elecciones. Estas se fijaron para el 16 de febrero de 1.936.